Sigue chirriandome el concepto vacío de “docente innovador”. Me sigue preocupando que la única forma de definir a ese tipo de docente sea acudir, como hacen muchos, a un concepto “reyesgodiano” que ya no existía cuando yo estudié. Ni existía ese concepto de educación ni, lamentablemente para los que buscan enemigos en las aulas taxonomizándolos como profesaurios, carcas o reaccionarios, existe esa concepción basada en cómo uno da clase. Es que es tan bonito sentirse innovador cuando, al final, lo único que haces es volver a los pantalones de pitillo. ¡Ojo! que no es malo volver a los clásicos. Lo malo es creerse que lo que hacen los demás no es bueno porque tú, por desgracia, estás viviendo el día de la marmota innovando sobre conceptos que ya eran innovadores en la época de los copistas medievales.

No es sano vivir para innovar porque, sinceramente, la innovación educativa no existe. En pleno siglo XXI pueden existir herramientas que no existían en el siglo pasado, puede haber mecanismos publicitarios más allá de folletines radiados e, incluso, uno con un poco de labia y estrategias en las redes sociales, puede sacarse un buen dinero vendiendo productos educativos o discursos sectarios acerca de lo innovador que uno es. Cuando veo un docente que en su perfil pone innovador, lo único que puedo sentir es pena por esa persona. Uno no es lo que dice que es o lo que publicita (o le publicitan). Uno es lo que hace. Y hacer está muy poco valorado en educación. Más aún cuando cualquiera, mientras se toca las partes con fruición, puede hablar de innovación educativa cuando, cualquiera con dos dedos de frente, sabe que de lo que está hablando es de mecanismos educativos que ya fueron desterrados hace muchos años por ser totalmente ineficaces. No son innovadores. Son retrógrados que han sustituido visualmente los apuntes amarillentos por un lavado de cara con una herramienta muy molona pero, lamentablemente, siguen teniendo el mismo valor. Bueno, menos porque, en este caso, la mayoría de la innovación es un copia y pega de cosas que han hecho terceros de las que se apropian sin ningún pudor. Hasta los amanuenses tenían más habilidades en su profesión.

Montar un kahoot con los alumnos y venderlo como innovación es un bluf. Lo único que se sustituye es una estrategia/herramienta que ya existía (acordaos del Conector, que permitía varios papeles intercambiables y que hacía que se encendiera una luz cuando se acertaban las respuestas o, simplemente, de los juegos que hacíamos algunos en clase cuando el docente nos ponía una actividad en columnas que debíamos unir una con otra mediante flechas) por algo que se vende como moderno y no lo es. Y ya no digamos los quizzes y similares. Joder, al Trivial llevamos jugando décadas y a nadie se le ocurre decir que el Trivial es innovador. Lo mismo que hacer operaciones matemáticas en una tablet. De innovador tiene lo mismo que los cuadernos Rubio de toda la vida. Por cierto, cuadernos mucho más efectivos pedagógicamente que la inmensa mayoría de innovaciones que se están realizando para que el alumnado aprenda a hacer operaciones matemáticas o escriba bien. Es que hasta el dictado de toda la vida es lo mejor para no cometer faltas de ortografía. Da igual que se ilumine el error. Si no usamos estrategias de repetición para evitar esos errores de ortografía, por mucha lucecita y programa que haya detrás, no vamos a evitar que el alumno deje de cometer esos errores.

Podría entrar también en los mecanismos de control que supone la existencia de un aula virtual (el modelo más clásico de evaluación y control) o la sustitución de las enciclopedias por Google diciendo que se ha innovado. Pues va a ser que no porque, al igual que lo que nos decían cuando debíamos buscar en el diccionario o la enciclopedia, esa búsqueda debe obligarnos a aprender. No vale que porque esté en Google (o antaño en las enciclopedias) no debamos saber ciertas cosas. Es que ahora, en lugar de innovar, algunos lo que están vendiendo es la necesidad de ser cada vez más tontos. Bueno, a muchos que se venden como innovadores, lo único que les salva es saber que van a tener internet para responder a las preguntas de su alumnado. Un buen docente debe saber mucho de lo suyo. Y eso es algo que, por desgracia, está al margen del discurso de la innovación actual.

Podría sacar cientos de ejemplos comparando innovaciones (ya me meo con aquellos que enseñan matemáticas con un ábaco y dicen que es una innovación) pero, sinceramente, creo que hay suficiente con lo que os he contado. Al final va a resultar que los más innovadores en educación son los que, sin tanta parafernalia, consiguen que su alumnado aprenda. Eso sí, eso nunca va a ser relevante para los docentes innovadores porque, el objetivo básico de esos especímenes es innovar la propia innovación porque, a ver qué es más innovador que una clase magistral por internet. Pues va a ser que nada. Entiéndase mi ironía.

La innovación educativa son los padres. Y los innovadores (o los que venden que lo son) son más parecidos a Lucy que a un homo sapiens del siglo XXI. Eso sí, dejemos que se lo crean. Lo importante es que los demás no nos lo creamos.

(Visited 1.401 times, 1 visits today)

Etiquetado en:

Acerca del Autor

Jordi Martí

Simplemente soy alguien al que le gusta escribir. Y que disfruta haciéndolo.

Ver Artículos