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Vende más el marujeo que la educación

Con las redes sociales hemos llegado al culmen de nuestro marujeo, introducido a fuego en nuestro ADN mediante cromosomas que nadie ha sido capaz todavía de hallar. Existen, os prometo que existen, ya que todos sabemos que, a nivel global, el personal está más interesado en saber si Rosalía lleva un bañador rojo, el juicio del de Piratas del Caribe (me ha dado pereza buscar el nombre en Google para escribirlo bien) o, simplemente, si hoy Paquirrín lleva un nuevo tatuaje o Piqué presenta a su nueva novia. Nos gusta la carnaza. A los seres humanos nos va el marujeo.

A algunos docentes también les va el marujeo en su trabajo. Se habla del culo del profesor de Tecnología (o sea, por ejemplo de mi espectacular pandero), de si se ha separado la de Matemáticas o si, por ejemplo el padre o la madre de algún alumno tuvo un problema intentándose llevar cremas por la cara de un supermercado. Ya no digamos el afán de algunos docentes de conocer la vida privada de todo su alumnado y mostrar su amplísimo conocimiento de la misma en las Juntas de Evaluación. Es que, por desgracia, lo de los debates educativos es algo muy soso. A ver, levantad la mano los que estéis más interesados en debatir qué estrategias se pueden usar en el aula, que en saber si los kilos que ha echado vuestro compañero son por separación, buena vida o, simplemente porque ha evolucionado tanto la ciencia que los hombres ya pueden parir. Sed sinceros. No vale levantar la mano para quedar como un magno profesional.

Como os decía al principio, las redes sociales han permitido ampliar este marujeo no educativo que, curiosamente, se da en el ámbito educativo. Gurús más interesados en ponerse una chupa de cuero acorde con su outfit desenfadado que en impartir una charla de calidad porque quieren que se marujee de ellos. Otros diciendo barbaridades cada cierto tiempo para que se hable de ellos. Y se acuda al ad hominem. Hay personajes de la farándula educativa que solo tienen sentido por el boom del marujeo. Y la educación no va a estar al margen de lo que sucede a nivel social. Todo es permeable y, como bien sabéis, las estrategias para vender ciertas cosas están muy bien diseñadas.

No se cuestionan los libros de texto. Se marujea acerca de los libros de texto. No se cuestionan las TIC. Se marujea acerca de lo bueno o malo que es usar la última app para hacer infografías. Infografías que solo sirven para marujear en internet. Para decir lo guay que es uno. No olvidemos mis paellas dominicales en Twitter. Cuelgo las fotos por marujear. Todas las fotos que colgamos en las redes sociales son para marujear. Instagram es para marujeo top. Ya no digamos TikTok. Es que, al final, el marujeo ha desplazado cualquier otra cuestión.

Hoy, si tengo tiempo con la mudanza (¡no os mudéis jamás!), me voy a pasar a cotillear un rato por las redes sociales. Voy a ver si hoy toca marujear con las becas de Ayuso, el top de la Ministra del ramo a la que han pillado haciendo footing por las calles de Zaragoza, el peinado de la Romera o las camisas que algunos disfrutan luciendo.

Estamos en una época en el que el debate educativo, al igual que el político e incluso el sanitario, están basados en el marujeo. A algunos les importa más lo visible que lo invisible. A algunos les importa más la forma que el fondo. Y reconozco, como llevo haciendo desde el principio de este post, que a mí también. Que caigo en ello con más asiduidad de la que me gustaría. El marujeo 2.0 ha venido para quedarse. A diferencia de la educación 2.0 que, por lo visto, solo sirve para que cuatro hagan marujeo encubriéndolo bajo el concepto de pedagogía.

Nada, sigo con la mudanza. Hoy, de nuevo, esa foto dominical en mi Twitter. Con o sin salero azul (los que me seguís habitualmente en la red del pajarito ya sabéis a qué me refiero). Marujeando ando. También con este post.

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