Toneladas de publicaciones para que la comprensión lectora siga hundiéndose
Este verano he cometido el error de dedicar parte de mi tiempo libre a repasar algunas de las publicaciones «científicas» que firma uno de esos pedagogos hiperactivos en redes sociales. De esos que pontifican a diario sobre la transformación del aula o la batalla cultural, acumulan méritos académicos a velocidad de crucero y se pasean por los congresos dando lecciones sobre cómo debemos enseñar los demás. El resultado de la lectura ha sido desolador. Cientos de páginas de retórica vacía, jerga incomprensible y sofismas de diseño que no sirven absolutamente para nada en un aula real.
Quizás va siendo hora de exigirle a este perfil de investigador que empiece a publicar cosas que sirvan de algo al docente de a pie o que aporten una sola solución tangible al sistema educativo, aunque solo sea para justificar el sueldo público que cobra a fin de mes.
Este ha sido el detonante para escribir el artículo de hoy. Porque este caso no es una excepción. Es el síntoma de una enfermedad sistémica. Hay un elefante gigantesco en el medio del sistema educativo del que casi nadie habla en voz alta. Ese elefante es el ingente volumen de literatura científica sobre educación que se produce cada año no sirve absolutamente para nada.
Miles de artículos académicos publicados en revistas de impacto, toneladas de tesis doctorales leídas con solemnidad, conferencias abarrotadas, proyectos financiados con dinero público y marcos teóricos kilométricos. Un mercado del paper que no cesa. Y sin embargo, si uno baja a un aula de cualquier centro educativo y observa lo que allí ocurre, se encuentra con la cruda realidad. La transferencia real de toda esa supuesta evidencia» al aprendizaje efectivo del alumnado es exactamente cero. Y eso cuando la publicación no vaya acerca de cuestiones ideológicas o relatos varios que, curiosamente, es algo muy extendido en las Facultades de Educación.
¿Cómo es posible que con más doctores, más proyectos de investigación y más publicaciones que en cualquier otro momento de la historia, la capacidad lectora se hunde, la atención esté destrozada y el profesorado viva sumido en el desconcierto?
La respuesta no es ningún misterio. La investigación educativa actual ha sido secuestrada por las dinámicas del ámbito universitario. Me estoy refiriendo a acumular méritos en el currículum, subir en el escalafón de la acreditación y citarse en bucle entre departamentos (o como el caso que me ha servido como inspiración para el artículo, entre la propia familia) para justificar la siguiente subvención.
No se investiga para resolver las complejidades reales de un aula con treinta niños o adolescentes, diversidad extrema y falta de recursos. Se investiga para alimentar un sistema que exige publicar a destajo.
El resultado es una producción masiva de literatura endogámica, redactada en una jerga incomprensible y plagada de angularidades metodológicas que jamás resistirían un contraste empírico serio. Se investiga sobre la deconstrucción del espacio de aprendizaje, la gamificación transmedia o las sinergias emocionales en el entorno híbrido, mientras el profesor de a pie sigue intentando averiguar cómo conseguir que un chaval de catorce años lea tres páginas seguidas sin mirar el teléfono móvil.
Son trabajos escritos por personas que, en demasiadas ocasiones, apenas han pisado la educación obligatoria en su vida para explicarles a quienes están a pie de pizarra cómo deben hacer su trabajo.
Si la investigación en medicina se gestionara igual que la investigación educativa, los cirujanos operarían con manuales redactados por teóricos que jamás han tocado un bisturí, mientras los pacientes empeoran en la mesa de operaciones.
Casi ninguna de esas investigaciones pasa el filtro elemental de la aplicabilidad. Existe una incapacidad de replicación importante, porque lo que funciona en un grupo reducido de control, con dos investigadores de apoyo y recursos infinitos, que se vende como la panacea universal, no funciona en un grupo de aula normal. También existe un sesgo de confirmación porque se investiga buscando desesperadamente validar la moda pedagógica de turno para no quedar fuera de la corriente de financiación. Y, finalmente, algunos investigadores tienen un desprecio absoluto por la práctica de aula, asumiendo implícitamente que la experiencia acumulada durante décadas por los docentes en el aula no tiene valor si no viene avalada por estar de acuerdo con los planteamientos pedagógicos e ideológicos del investigador.
El conocimiento científico es indispensable, pero solo cuando es riguroso, honesto y responde a las necesidades reales del terreno. Para dejar de tirar el dinero público y conseguir que la ciencia vuelva a servir a la escuela, bastaría, en mi opinión, con aplicar cinco reformas con sentido común:
- Exigir horas de aula real para investigar. Ningún proyecto de investigación educativa debería recibir financiación pública si el equipo investigador no pasa un porcentaje obligatorio de horas impartiendo clase directa en etapas obligatorias durante el desarrollo del estudio.
- Priorizar la replicabilidad en la escuela pública. Condicionar las subvenciones a que los ensayos se realicen en aulas ordinarias de centros públicos con ratios reales, sin apoyos extraordinarios ni sesgo de selección del alumnado.
- Coautoría obligatoria con docentes en activo. Que no se pueda publicar una investigación sobre didáctica o gestión del aula sin que al menos la mitad de los firmantes sean docentes de a pie que hayan participado en el diseño y probado la intervención sobre el terreno.
- Evaluar el impacto real a largo plazo. Sustituir la métrica del número de citas en revistas académicas por indicadores de impacto real a tres y cinco años en el alumnado (mejora en comprensión lectora, razonamiento matemático o reducción del abandono).
- Divulgación sin jerga. Obligar a que todo proyecto financiado incluya un documento de transferencia directa, redactado en castellano claro y accesible, con herramientas prácticas que cualquier departamento de instituto pueda aplicar al día siguiente sin necesitar un máster previo.
La investigación educativa se ha convertido en una torre de marfil que produce papel para autofinanciarse mientras la escuela real se sostiene con la intuición, la paciencia y el esfuerzo diario del profesorado. Va siendo hora de exigir que cada euro invertido demuestre una utilidad directa en la pizarra. Todo lo demás no es ciencia. Es burocracia académica, postureo editorial y una colosal pérdida de tiempo que la educación no se puede seguir permitiendo.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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Pues aquí en Uruguay estamos igual. Gracias por ponerlo en palabras.
Gracias a ti por pasarte por aquí.
Una vez más tu artículo me relaja tristemente. Me explico: he trabajado en institutos, en escuela de idiomas y en la universidad; donde -como apuntas- se escriben montoooooones de papers sobre educación.En concreto, en departamentos de lenguas extranjeras se investiga mucho la adauisición de segundas y terceras lenguas desde marcos teóricos distintos. En mi corto pasaje por un departamento de lingüística adorador de la gramática universal de Chomsky, vi toda esa avalancha de investigaciones sobre gamificación ,flipped classriom y ocurrencias sobre si hablar un poquito en la lengua materna es realmente un problema o ayuda un poquito. Lo increible es que los experimentos estaban totalmente desvinculados del sistema educativo tanto en su desarrollo como aplicación. Ni la escuela pública ni la privada, q están a 10 metros de la facultad se enterarán jamás del conocimiento puntero -vamos a suponer q lo es- q acumula la universidad.Yo me daba de cabezazos contra la pared preguntándome porqué no se unían ambos entornos, que además están cercanos y no solo facilitarían el trabajo de campo de la tarea investigadora sino q revertiría en el estado q la financia, y promovería una educación basada en la evidencia científica. Nadie me ha escuchado nunca, Tampoco desde, por ejemplo, escuelas de idiomas, que por cierto son otro melón de negligencias desoladoras -al menos las que yo conozco.
Como bien dices, otro gallo cantaría si el perfil de docente se elevase a docente investigador y pudiesen aportar su experiencia a los investigadores.
Y como decía al principio, me tranquiliza saber q al menos no soy la única persona que ve este triste y ridículo panorama.
Yo siempre he sido más partidario de una coexistencia entre «academia» y «aula». Creo que ambas partes nos necesitamos y que, por desgracia, nunca hemos sabido coexistir en condiciones para que la investigación de campo, bien realizada desde el ámbito universitario en colaboración con docentes de etapas obligatorias, se trasladara a las aulas. Un saludo.
Jordi, el problema es el que vienes denunciando en tus escritos desde hace tiempo. El sistema está viciado «per se», un enfermo no puede curarse si cree que no está enfermo y no acude al médico y si acude y ese médico cree que no está enfermo y no le receta nada, el enfermo cada vez estará peor. Eso mismo sucede con la educación. No hay más ciego que quien no quiere ver. Ánimo con tus escritos
Por desgracia, es la sociedad la que ha abandonado a la educación, el respeto y el conocimiento desde hace demasiadas décadas, por lo que no existe una solución a corto plazo. El alumnado que ha tenido la suerte de nacer en un ambiente familiar sano, estructurado y en el que se enseñe a respetar el conocimiento, la cultura y a los demás siempre tendrá ventajas. El resto, ocupará los sillones de los futuros políticos, si tiene suerte y medios económicos. Si no, serán padres de futuros alumnos todavía más insensibles y salvajes.