La consagración del exhibicionismo y la decadencia de la escuela
Ayer mientras leía la noticia, además de ver el vídeo, suministrado por el algoritmo como si no hubiera un mañana, no podía sentir otra cosa que una profunda tristeza y un desánimo infinito. Ver que se le encarga el pregón de unas fiestas a alguien que ha utilizado de forma sistemática a su propio alumnado para promocionarse en redes sociales, y que representa uno de los peores ejemplos posibles del uso de la exposición digital en el aula, es la confirmación definitiva de que estamos totalmente desnortados.
A mí que alguien que ha usado a su alumnado para promocionarse y sea de los peores ejemplos del uso de las redes en el aula dé un pregón me da mucha tristeza https://t.co/u5P3FJnVgT. Hay gente más válida que hace cosas maravillosas en su vida. Estamos totalmente desnortados.
— Jordi Martí (@xarxatic) August 28, 2026
Hay miles de docentes anónimos en la escuela que hacen cosas maravillosas cada día. Profesionales que se dejan la piel a pie de pizarra sin necesidad de encender la cámara del teléfono, que cuidan la privacidad de sus alumnos con celo casi sagrado y que entienden que enseñar es un acto de responsabilidad, no un espectáculo de consumo rápido para conseguir me gustas. Pero a esos no se les llama para nada. A esos no se les premia ni se les pone un micrófono en el balcón del ayuntamiento.
Nos hemos acostumbrado a tolerar lo intolerable. Asistimos impasibles a la proliferación de un perfil de docente que concibe su aula como un plató de televisión y a sus alumnos como figurantes de su propia marca personal. Chavales menores de edad expuestos en redes, dinámicas grabadas de forma sonrojante para buscar la viralidad y una sobreexposición mediática que roza de lleno la falta de ética más elemental. En la sociedad del espectáculo, el rigor no cotiza. Lo que cotiza es el circo.
Lo verdaderamente descorazonador no es que existan estos personajes; la fauna del ego ha existido siempre. Lo trágico es que el sistema, las administraciones y parte de la sociedad los aplaudan, los encumbren y los pongan de ejemplo.
Se premia la estética sobre la sustancia. Da exactamente igual la calidad del aprendizaje real, la solidez de los contenidos o el respeto a la intimidad del menor. Si el vídeo queda bonito, si acumula miles de reproducciones y si el algoritmo sonríe, el personaje queda automáticamente consagrado como innovador y referente educativo.
Pero hay un ingrediente aún más perverso en toda esta historia que explica por qué estos perfiles son intocables y reciben el aval institucional. En el circo educativo actual existe una patente de corso ideológica muy clara… mientras no seas tildado de facha, mientras repitas el argumentario de moda, tus mensajes públicos apunten en la dirección correcta y mientras utilices el aula o las redes para adoctrinar amablemente contra unos postulados pedagógicos que alguien ha dicho que son de derechas, se te perdona absolutamente todo.
Puedes utilizar a tus alumnos como atrezo comercial, puedes descuidar la privacidad de los menores, puedes convertir la docencia en un ejercicio de vanidad ególatra… que no pasará nada. Si estás en el lado correcto de la trinchera, los mismos que se llenan la boca hablando de protección a la infancia y de ética pública mirarán hacia otro lado con una sonrisa condescendiente. Se te perdonará el exhibicionismo porque es de los nuestros.
Por el contrario, si a un docente de a pie se le ocurre señalar las miserias del sistema, exigir rigor académico, criticar las leyes de la Consejería (siempre que no esté gobernada por los que se les perdona todo) o cuestionar los dogmas pedagógicos oficiales -incluso haciéndolo desde la defensa más absoluta de la escuela pública-, a ese se le condena al ostracismo, se le tilda de reaccionario y se le fiscaliza hasta la última coma.
Es una mierda absoluta. No hay otra forma de definirlo.
Cuando los referentes que se proponen a la sociedad son aquellos que han mercantilizado la imagen de sus alumnos en beneficio propio, el mensaje que se le manda al profesorado que trabaja con seriedad es demoledor. Se le dice que la honestidad no sirve de nada, la discreción es de tontos y el rigor no paga facturas.
La educación (no solo) pública se sigue yendo por el sumidero mientras asistimos al aplauso ruidoso de la mediocridad enfundada en pancartas de diseño. Mientras sigamos premiando el postureo sobre la decencia y la propaganda ideológica sobre el respeto al alumnado, no habrá ley, ni presupuesto, ni ratio que salve a la escuela de su propia ruina moral. Estamos muy abajo, y lo peor es que algunos siguen aplaudiendo desde el balcón porque, ya sabemos, que lo de aplaudir desde el balcón es algo que nos mola mucho como sociedad.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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