Sé que esta reflexión caerá, como tantas otras, en saco roto. No pretendo que nadie me haga caso pero, no por ello debo dejar de llamar a la puerta para que, al igual que algunas personas compran ciertas cosas en educación, puedan llegar a plantearse racionalizar su compra. O hacerla de forma más inteligente. Y no, no vendo recetas mágicas. Ni soluciones milagrosas para desenvolverte en el aula. Ni tan solo tengo claro si incorporar ciertas cosas en educación es positivo o negativo. No te voy a hablar de debates absurdos acerca de reglas de tres, esfuerzos y felicidades exacerbadas. Tampoco voy a apelar a tus emociones. Es algo mucho más simple que lo anterior.

Hoy me dirijo a todos aquellos que participáis en premios organizados por entidades bancarias, postulándose autónomamente o refrendando dicho postulamiento efectuado por parte de terceros pasando tardes y más tardes buscando papeles para enviar. También a los que compráis pseudopedagogías. Incluyo a los que las venden, aunque sé que es complicado dejar de hacer caja o plantearse que algo en lo que uno cree es nocivo. Beber cloro no cura el cáncer, ni el VIH, ni el COVID. Es que es de cajón. Y aún así hay gente que sigue comprando cloro y creyéndose a los que les venden cloro. O plantas cuyo nombre es totalmente impronunciable.

Ya puestos, añado como receptores del artículo a todos aquellos que creéis en las bondades de fundaciones y organizaciones cuya máxima es el beneficio propio. A los que veis siempre mal que otros vivan mejor que ellos. A los que, en lugar de luchar por vuestros derechos, os ponéis de perfil o buscáis que el de al lado viva peor. A los que caísteis o habéis caído en las redes de proyectos innovadores que acabaron o están siendo peor que remar en galeras. A los que habéis construido galeras, con tiempo y esfuerzo detraído de vuestra familia o de otras cosas, para descubrir que siempre se tiene que hacer más para cumplir lo que les mandan unos que jamás han pisado el aula. También les dirijo esta carta a los Bonas, Vallorys, Cambrays, Alegrías y «Pepitos/Pepitas». Es que tampoco es cuestión de personalizar aunque a estas alturas nos acabemos conociendo todos.

Dejémonos de justificar lo injustificable en educación. Dejemos trabajar a los profesionales. Evaluemos el sistema. Dotemos de recursos a los que más lo necesitan. Planteemos la educación como un servicio global que permita mantener, como mínimo, el mismo atisbo de equidad que había cuando Paco se murió. En la cama, claro está. Con los mismos que ahora le denostan lamiéndole los pies. Las hemerotecas siempre han sido muy perversas. Por mucho que el relato intente cambiarse y las realidades mutilarse. O, directamente, cambiarse.

¿Puedes dormir por la noche? ¿Duermes bien? ¿Crees que estás haciendo lo correcto haciendo, participando o avalando ciertas cosas? Pues si es así, yo ya no puedo decirte nada. Si hay algún momento en que te cuestionas qué estás haciendo y los porqués, quizás todavía hay esperanza. Al menos para ti. Para mí, como persona ya mayor que chochea y que tiene, por desgracia, demasiados traumas con muchas cosas que ve que suceden en la educación, ya no hay solución. Bueno, sí la hay pero no es agradable.

Disculpad el tono de la carta pero entre el susto que me llevé ayer y el tiempo de hoy, no ayuda a que pueda tener otro. Prometo mejorar en próximos artículos. Hoy creo que me quedo, con suerte, en el «no progresa adecuadamente». Nada que una rúbrica y un poco de sangre de unicornio no solucione.

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