Se acabó. Se acabó el discurso único y sesgado acerca de qué supone la innovación educativa. Se rompieron las costuras al invento, después de tanta ingesta calórica en los últimos años. Ya no hay nada que soporte el tinglado. Bueno, salvo algunos brindis al sol y asoleamientos anales. Más allá de lo anterior, todo ha saltado por los aires. Los congresos innovadores se quedan sin clientela. La gente empieza a ver que, tras la mayoría de metodologías innovadoras, no hay más que humo y ganas de trinque. Los conceptos como el PLE y el emotionware de juntarte con los que piensan igual que tú, se han demostrado que solo sirven para que algunos se regodeen en el concepto.

La mayoría de docentes nos empezamos a tomar ciertas innovaciones como pitorreo. Ya no digamos ciertas decisiones de la administración o, simplemente, ciertos globos sonda que lanza habitualmente Lo País. Sí, el diario en el que nunca sabes si las noticias de educación van a ir en la parte sociedad, junto con los requisitos sexuales del contrato prematrimonial de Jennifer López, o en la parte de economía junto con las OPA hostiles de determinadas multinacionales que no sabes bien qué pintan en el aula. A veces, ni fuera de ella. Es que tomarse en serio plantear que el alumnado evalúe a los docentes y darle vueltas, es perder el tiempo. O ser bastante gilipollas si se pide lo anterior. A ver, que a nadie se le ocurre evaluar ninguna profesión desde el servicio ofrecido. Es todo más serio que una encuesta. O debería serlo porque, viendo la cantidad de encuestas que publican/publicamos en Twitter acerca de cuestiones educativas, uno ya no sabe qué pensar. Bueno, piensa que todo esto de la educación es un cachondeo. Y más la vertiente, que se vende como innovadora, del asunto.

Toca empezar a tomárselo todo como un cachondeo mayúsculo. Estos últimos tiempos se han publicado miles y miles de líneas para reflexionar sobre la educación. ¿Para reflexionar sobre qué? Lo que se necesita son recursos, diseño y buena gestión. Las reflexiones de mierda que hacemos unos y otros no sirven de nada. De nada más allá que para explayarnos. Hay datos y evidencias. Hay realidad de aula. Hay, en definitiva, una realidad educativa muy alejada de las redes sociales y de los cuatro que pululamos por ahí. Especialmente alejada de los que se autodenominan innovadores y tienen la solución a todos los problemas educativos. Coaches y gurús. Líderes de opinión. Permitidme que me descojone. Esperad que no puedo parar de reírme.

Aquí muchos han hecho ositos de peluche, copia y pega de los que venden en los chinos, para difundir verdades pedagógicas. Presentados en sociedad con luces estroboscópicas y alguno de esos personajes que hoy venden el producto que quita manchas y, al siguiente, el producto que quita las manchas que ha acentuado el primer producto que han vendido. De esos conocemos bastantes. Hay algunos que viven de ello. O su ego se incrementa gracias a ello. Eso sí, vedlos en sus aulas. Bueno, a muchos es imposible verlos o haberlos visto nunca por ahí. Es lo que tiene la innovación en ceros y unos. Ese dospuntocerismo ilustrado de sargentos chusqueros queriendo ascender a generales sin haber pasado de segundo de ESO.

Lo que parecía imposible de pinchar, parece que se ha pinchado. Cada vez son menos los que creen en iluminados y cada vez son más docentes los que cuestionan ciertas cosas que les están vendiendo. Ya era hora. Eso sí, todavía queda mucho por hacer porque, al final, solo que uno compre ciertas cosas ya tenemos un problema. Y por ahora hay más de uno. Cada vez menos, pero demasiados para lo que indicaría el sentido común y la capacidad que debería otorgársele a un docente por el hecho de serlo.

Se están rompiendo las costuras, resulta que no lleva ni algodón.

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