Estamos normalizando ciertas cosas en educación por encima de nuestras posibilidades. Intentamos debatir al mismo nivel con alguien que defiende las inteligencias múltiples. También lo hacemos con gurús que nunca han pisado un aula de determinadas etapas educativas y se dedican a pontificar, desde su soberbia, acerca de cómo se debería trabajar en ellas. No puede ser que compañeros nuestros, de esos de pico y pala, compren libros de determinados autores cuyo máximo contacto, o bien con la investigación educativa o con el aula, haya consistido, con suerte, en unos pocos días. Hay gente que sigue llenando aforos diciendo siempre las mismas frases vacías. Y lo que me preocupa es que haya profesionales, de esos de tiza y rotulador, que les aplaudan por decir ciertas cosas. O por un simple contar la misma anécdota en la que, curiosamente, un cajón flamenco se convierte en veinte.

Hay mucho humo en educación. Mucho humo que mueve muchísimo dinero. Hay muchos que, gracias a tener una cierta visibilidad mediática, están consiguiendo hacer su agosto vendiendo crecepelos hechos de boñiga de vaca, a incautos docentes o administraciones que están comprando, sin ningún tamiz, ciertas cosas. A ver, repito, que hay docentes que compraron y siguen comprando lo que les dicen determinadas fundaciones, organizaciones económicas o personajes envueltos en chupa de cuero. Y sin ningún tipo de rubor. Es que los mismos siguen llenando eventos diciendo las mismas cosas absurdas que decían hace una década. ¿Por qué digo hace una década? Porque, quizás el boom de todo esto, envuelto bajo el paraguas de «mejora» educativa, empezó a darse en el momento de la proliferación de las redes sociales. Redes sociales que amplifican discursos, crean fieles y magnifican algoritmos.

Yo estoy a favor de un cordón pedagógico en educación. No todo vale. No todo discurso debería permitirse. Matizo, sí que estoy a favor de la libertad de expresión, pero jamás de potenciar, desde medios o políticos, ciertas aberraciones educativas. Tampoco estoy a favor de la apisonadora para aplastar a quienes, teniendo evidencias y basándose en datos, opinen diferente del mainstream. Un mainstream en el que se potencian determinadas estrategias, herramientas e incluso ideas acerca de qué y cómo debe ser un profesional de la educación. No creo que haga falta que os enumere todo lo que se nos está vendiendo. Solo debemos acudir a los medios más tradicionales. Solo debemos leer los últimos articulados legislativos. Solo tenemos que ver dónde está invirtiendo la administración educativa. Es que es solo querer verlo.

Al igual que no puede haber debate con los que defienden y adaptan su discurso para intentar evadirse de las críticas que existen a ciertas cosas, tampoco puede haberlo con aquellos que se cierran en sus amimefuncionismos. La educación es algo mucho más complejo. Eso sí, uno puede decir qué le funciona en su aula y exponerlo como «su verdad». Una verdad relativa porque siempre va a ser subjetiva. Otra cuestión es que uno venda cosas que no pasan en su aula, edulcore sus prácticas e intente extrapolar algo, que depende mucho del contexto, como verdad absoluta. Algo que deberíamos poner en barbecho. Algo que debería estar sometido a ser acordonado hasta que se demuestre fehacientemente si funciona o no en todos los contextos o en cuáles puede hacerlo.

No hay ciencia exacta que pueda definir qué y cómo hacer las cosas en educación. Lo que sí que hay son aproximaciones e investigaciones que validan, de forma general y con todas sus limitaciones, ciertas cosas. Eso sí, es más complicado acudir a lo anterior que hacer un debate desde el trono de cristal de uno. Especialmente si ese trono de cristal permite obtener determinados réditos o aumentar los datos que arroja el «egómetro». Por eso estoy a favor de que se creara una entidad independiente para analizar y evaluar qué sucede en el ámbito educativo, cómo puede mejorarse y qué investigaciones están diciendo qué. Y que, ya pidiendo mucho, realizara investigaciones de calidad por su cuenta. Eso sí, investigaciones entrando en el aula y no pidiendo la respuesta a tristes encuestas o se hicieran desde un sillón que, en muchos casos, tiene más la forma del propietario que la forma inicial.

Hoy toca, como bien sabéis los que me seguís por las redes sociales, sesión de paella. Y esa paella, al igual que mi vida personal fuera del trabajo, es lo mejor de la misma. Algo que no obsta a que me guste hablar -que no pontificar- sobre temas que me afectan profesionalmente. Disfrutad del domingo.

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