El miedo a la Gestapo pedagogista
El título no es ninguna metáfora exagerada para hacer clickbait o conseguir viralizar una mierda. Es la puta realidad de lo que se respira en las salas de profesores y en los claustros, tanto presenciales como virtuales. Quienes me leéis por aquí sabéis perfectamente que he visto de todo en educación, pero lo que estamos viviendo estas últimas décadas, especialmente desde la irrupción de las redes sociales, ya no es censura administrativa… es puro terrorismo intelectual tolerado. Hay que escupir la verdad sin paños calientes. El sistema educativo actual está infestado de cobardes con plaza en propiedad y de psicópatas del dogma pedagógico dedicados a cazar al disidente.
Lo que me provoca un cabreo interior que me revuelve las tripas es la sumisión ovejuna de la masa funcionarial. Entiendo que un interino que depende de una vacante para pagar la hipoteca se la coja con papel de fumar antes de opinar. Pero ver a tipos y tipas con la plaza ganada, con la normativa blindándoles el culo hasta la jubilación y el sueldo del Grupo A asegurado, temblando como conejos ante la última circular infame de su administración educativa, me produce un asco soberano. Tenéis la vida resuelta por el Estado, pero os comportáis como siervos feudales por puro pánico a perder no se sabe qué. Y no, esto no tiene nada que ver con colectivos haciendo huelga en los que, como masa, todo el mundo es capaz de integrarse.
¿Andan perdidos? Por supuesto. ¿Y a qué le tienen tanto miedo estos corderos con oposición aprobada? A la Gestapo pedagogista que patrulla los despachos y las redes sociales. Hablo de esa piara de personajillos de tres al cuarto, que huyeron hace eones del aula porque la tiza les daba alergia y aspirantes a formar parte de un pelotón de fusilamiento o a quemar en la pira a las brujas que justifican su sumisión haciendo campaña en X o Instagram. Tienen montada una red de vigilancia y linchamiento moral que ríete tú de los peores regímenes totalitarios.
Si un docente real, de los que se dejan la voz a las ocho de la mañana en un centro educativo, se le ocurre denunciar que el aprobado por decreto es una mierda que condena al hijo del más vulnerable al analfabetismo, la Gestapo digital activa la trituradora. Como sus cerebros lavados son incapaces de procesar un argumento técnico o un dato empírico, van directos a la yugular del mensajero. Te lanzan a su horda de palmeros hiperventilados para llamarte maltratador, rancio, cavernario o enemigo de la inclusión. Buscan tu crucifixión pública, tu nombre de lugar de trabajo y tu dirección para que cunda el pánico y el resto del rebaño aprenda la lección… o callas o te destruimos la vida. Son así de hijos de puta.
Lo verdaderamente asqueroso de estos linchadores profesionales (tanto en redes como fuera de ellas) es su absoluta falta de escrúpulos. Cuando topan con una docente con un par de ovarios (iba a escribir un docente con un par de cojones, pero sé que también puede ser usado por esos personajes) que argumenta con rigor, que no les deja ni un resquicio legal y que les humilla dialécticamente con la realidad del aula, no se frenan. Al contrario. Sacan el ventilador de la mierda.
Si no encuentran una grieta en tu discurso, se la inventan. Recurren a la difamación más rastrera, a la manipulación burda de capturas de pantalla, a sacar frases de contexto y a la mentira descarada. Son capaces de distorsionar una queja sobre la falta de recursos en inclusión low cost para colgarte el cartel de nazi segregador de niños con necesidades especiales. Es el colmo del cinismo. Los mismos miserables que se pasan el día redactando protocolos en sus centros contra el ciberacoso y dando lecciones de bienestar emocional actúan como acosadores de manual amparados por el silencio cómplice de su grupo ideológico.
Pero aquí es donde nos estamos equivocando de cabo a rabo. El mayor triunfo de esta Gestapo de salón no es su fuerza -que es nula cuando les quitas el teclado o ves qué poco te pueden hacer-, sino nuestra retirada. No debemos achantarnos. Grabaos esto a fuego en la cabeza. Cada vez que un docente con plaza calla, cada vez que borráis un tuit por miedo a que los cuatro sospechosos habituales del Twitter educativo os monten un hilo de denuncia, les estáis regalando un metro más de trinchera. Les estáis diciendo que su matonismo virtual funciona.
¿Para qué cojones os sacrificasteis estudiando una oposición infernal si ibais a terminar actuando con la misma cobardía que un esclavo? La plaza en propiedad no se inventó para que os apalancarais en el silencio cobarde del pesebre. Se inventó precisamente para blindar vuestra libertad de cátedra y vuestra independencia intelectual frente a los caprichos del cacique político de turno. Achantarse ante la demolición de la escuela por miedo a que cuatro vagos de internet o alguien que tiene muy poco trabajo en la administración os digan cosas feas es una traición miserable a la profesión y a los alumnos que dependen de vuestro rigor. Si ladran, que ladren; es señal de que estamos pisando el callo correcto.
A los comisarios políticos que están leyendo esto salivando de rabia, buscando el párrafo exacto para capturarlo y llorar en sus cuentas de X… ¡que os den! Seguid difamando, seguid inventando y seguid lamiendo a los que pertenecen a vuestra secta educativa. Vuestra bilis solo demuestra que estáis muertos de miedo porque sabéis que la realidad de las aulas os desprecia.
Y a los docentes que seguís mudos tragando saliva os pido que dejéis de ser cómplices de vuestra propia degradación. El silencio no os va a salvar de la quema. Demos un paso al frente. La dignidad se recupera hablando claro, mordiendo cuando hace falta, manteniéndose firmes y mandando a la mierda a los mercaderes del humo. No hay costes… solo beneficios y tranquilidad de dormir muy bien. Salvo, claro está, que seáis insomnes como yo.
Este artículo está inspirado en un mensaje directo que recibí ayer por X (ya no sé cómo llamarlo a veces y en este post ya habréis visto que sigo poniendo Twitter y lo mezclo) en el que me decían que «tienes toda la razón, pero yo no me atrevo a decirlo en mi centro (en Cataluña) por miedo a las represalias del director». Y son ya demasiados los mensajes recibidos en el tiempo en el que tengo este blog.
Ostras… me había olvidado (y me he dado cuenta antes de darle a publicar) que el término pedagogista no es una crítica a la pedagogía. Es una crítica a los mamarrachos que confunden una buena paella con ingredientes de calidad a comprar ese plato precocinado en el Mercadona.
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