Reflexiones personales de mi vuelta al aula

Ya está todo el pescado vendido. A estas alturas de curso, tanto alumnado como profesorado, ya nos podemos permitir el lujo de hacer una valoración global acerca de cómo ha ido nuestro curso 2021-2022. Algunos, entre los que me encuentro, empezar a tener cosquilleo orgásmico al ver tan cercanas las vacaciones y la nómina con la extra. Sí, de esas nóminas que la mayoría, debido a la coyuntura actual, ya tenemos hipotecada antes de cobrarla.

En los créditos de la película ya puedo permitirme hacer una reflexión personal, después de unos años de deserción de la tiza, de mi vuelta al aula. Cuatro grupos de primero de ESO, dos optativas en tercero (una de robótica), un grupo de PMAR y un segundo de Bachillerato de Tecnología Industrial. Horario completo a tutiplén con cero reducciones. Ha sido volver por todo lo alto. Ya si me estrellaba, lo hubiera hecho en condiciones. Pero, la verdad es que, salvo algunas cuestiones, creo que me he adaptado bastante bien a la idiosincrasia del centro. Algo que ha sido muy fácil gracias a los excelentes compañeros y compañeras, amén de tener un buen Departamento. Eso sí, tengo una queja formal: ¿por qué los tres miembros del Departamento van mejor vestidos que yo? Eso es algo que deberé rectificar para el próximo curso.

Me ha tocado adaptarme a los grupos. Cada grupo he trabajado de una manera diferente. Es un centro con gran cantidad de absentistas. Un centro con mala fama pero que, curiosamente, también es el que tiene las mejores notas en Selectividad. Debe ser que los que sobreviven salen curtidos. O va a ser que, al tener de todo, acaba siendo lo mejor para el alumnado. Quién sabe. O quizás es que tienen profesores fantásticos. Vaya usted a saber. Dos mil y pico alumnos, doscientos profesores, un montón de primeros de ESO, ciclos formativos de grado medio y superior para aburrir,… es que lo tiene todo.

He recuperado la visión in situ de un centro educativo. Necesidades no cubiertas. Falta de recursos endémica. Falta de formación en condiciones. Y mucha burocracia para los equipos directivos que, a su vez, trasladan en parte al resto del claustro. No por ganas. Por necesidad. Es que o remamos todos o nada sale bien. Como crítica, al ser tan grande, falta saber qué cosas se hacen en el centro. Y tener FP en el mismo centro que ESO y Bachillerato es un error. No por los profesionales de esas etapas. Más bien porque no es lo mismo gestionar un centro para FP que para enseñanzas obligatorias. Es de cajón. Y eso rechina en ocasiones.

La verdad es que ha sido un curso más fácil de lo que me temía. He pasado muchas horas en el bar. He intentado digitalizar hasta el vecino del cuarto. Se me ha ayudado muchísimo, tanto por parte del ED como, especialmente por los compañeros. Bueno, a lo mejor tampoco se me ha ayudado tanto pero se me ha dejado hacer. Dejar hacer es la clave. Imponer lo menos posible, también. Al final es la profesionalidad, la experiencia y la adaptación lo que te lleva a obtener mejores resultados.

Hay días en los que he sobrevivido a determinados grupos. Hay días en los que he intentado que aprendan algo y no lo he conseguido. He tenido que cambiar de proyectos sobre la marcha para poder intentar motivarles. Hay alumnado que no se motiva ni que vengas en gallumbos. Hay alumnado que no quiere aprender por mucho interés que pongan en que aprendan. Hay alumnado más tímido, otro más extrovertido, ese que necesita recursos que no tenemos y, finalmente un grupo que han llegado sin competencias básicas. Saberes muy limitados en cuanto a cuestiones básicas. Repito, es muy complicado arreglar una situación académica a los doce años. Por eso creo que habría de haber un mayor apoyo en los colegios y muchísimos más recursos, sistemas de evaluación y control estricto en ciertas cuestiones (que tienen más que ver con temas familiares que con otra cosa). Hay alumnado que no tiene para comer. Sí, yo tengo de esos.

Creo que mi reflexión personal se puede parecer a la de muchos de mis compañeros. Tanto a los de mi centro como a los de cualquiera. Ha sido un curso duro, con una pandemia que se ha liquidado, al igual que empezó, a golpe de decreto. Con una gestión nefasta por parte de la administración educativa. Con un descontrol absoluto, y esto sí que ha sucedido en mi centro, acerca de si se iba a abrir o no un nuevo IES que haría que el profesorado de ESO y Bachillerato nos fuéramos al nuevo. A finales de mayo nos han confirmado que no lo abren el curso que viene después de habernos mareado todo el curso.

Me lo he pasado bien dando clase. Me lo pasaría mejor no teniéndolas que dar. Eso sí, ya que toca ganarme el sueldo, mejor hacerlo en un trabajo que me gusta. Y a mí me gusta dar clase. Dentro de las profesiones que veo a mi alrededor es de las que más me gusta. Así que no puedo menos que agradecer esta vuelta al aula al que me echo, un año antes que tuviera previsto irme y volver al centro, de mi tarea como responsable de una determinada aplicación educativa. Solo guardo que cariño a mis compañeros de la DGTIC. Es que no hay para menos.

No hay mucho más que contar. Ha habido anécdotas de muchos tipos pero, como involucran a alumnado, no voy a difundirlas ni por aquí y aún menos por las redes sociales. Les respeto demasiado. A ellos y a sus familias.

Ya queda nada. Un último sprint. Y lo siento por si algunos os esperabais más “sangre”. No hay “sangre” ni historias maravillosas, salvo que se edulcoren. Hay muchos días en los que he intentado hacer, con mejor o peor fortuna, mi trabajo como un docente más.

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