Menos milongas pedagógicas y más respeto por los que pisan el aula

Últimamente, si no usas términos en inglés para hablar de lo que pasa en un aula, parece que no tienes ni idea. Que si A, que si B, que si el último palabro que se ha inventado un tipo en una oficina de Silicon Valley para vendernos una moto sin ruedas. Estamos viviendo la era del marketing educativo, donde lo que menos importa, curiosamente, es lo que de verdad sucede entre cuatro paredes.

Se nos llena la boca diciendo que el alumno es el centro del sistema, pero lo tratamos como a un consumidor de experiencias. Nos obsesionamos con que no se aburra, con que todo sea divertido y motivador, como si aprender a derivar o entender la Generación del 27 tuviera que ser equivalente a una partida de Fortnite.

Lo más importante del sistema, nos pongamos como nos pongamos, son ellos. Son los chavales. Pero ojo, que querer al alumnado no es regalarles el oído ni bajar el listón hasta que desaparezca. Querer al alumnado es darles las herramientas intelectuales para que no los engañe el primer gurú que pase por la calle. Y eso, señores, requiere esfuerzo. El suyo y el de los docentes, con el apoyo de familias y administración. Todo lo demás son cuentos chinos para quedar bien en las redes sociales.

El alumnado, y conviene recordarlo, no es un cliente… ¡es el futuro!

Pero claro, para que el alumno aprenda, hace falta alguien que sepa. Y aquí entra la inmensa mayoría de los docentes de este país. Gente que hace una labor titánica, muchas veces a pesar del propio sistema y de las modas de turno.

Existen los docentes que aguantan el chaparrón. Hablo de esa mayoría silenciosa que llega a casa con la cabeza como un bombo, no por enseñar, sino por gestionar el drama social en el que se ha convertido la escuela. Y además reivindico de forma clara al docente que sabe de su materia. Al que no necesita una app para explicar el ciclo de Krebs porque tiene la pasión y el conocimiento para contarlo. Esa es la verdadera innovación, y no la que viene en un PDF de no se sabe dónde. Bueno, ahora de cualquier IA.

A ver si nos enteramos de una vez. La educación aguanta porque hay miles de docentes que se dejan la piel cada día. Profesionales que, mientras otros se dedican a teorizar en congresos con catering pagado, están resolviendo conflictos en el pasillo o buscando la manera de que ese chaval que no tiene ni un libro en casa pueda sacarse el título. Por cierto, que nadie se olvide, aunque en ocasiones se me despiste la aclaración, que una cosa es la teoría sin sentido que sueltan cuatro chamanes y la otra esa formación imprescindible para la mejora profesional.

¿Puntos fuertes de la educación actual? La resiliencia de los docentes y las ganas del alumnado que, a pesar de todo el ruido, quieren aprender. ¿Puntos débiles? La soberbia de quienes piensan que se puede mejorar la educación a base de aplicaciones de colores y de menospreciar el conocimiento.

Menos experimentos con gaseosa y más apoyo real al que está al pie del cañón. Porque al final, la educación es algo tan sencillo (y tan complejo) como un docente que sabe, un alumno que quiere y un entorno que no moleste a ninguno de los dos.

Tened cuidado con los que os venden la revolución educativa en tres cómodos pasos. Normalmente, solo quieren vuestros datos o vuestro presupuesto.

Ya sabéis que todo lo que escribo es opinable. Especialmente cuando redacto este tipo de artículos. Y ya no digamos cuando tardo menos de doce minutos en perpetrarlos y alguno más en buscar una imagen que los ilustre.

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