La verdad es que cuando empecé en esto de la docencia, el debate acerca del uso de determinados medios tecnológicos en el aula estaba en su máximo esplendor. Cientos de docentes proponiendo, miles de horas de formación a disposición del profesorado y, cómo no, desembarco masivo de elementos electrónicos, con sus complementos, en nuestras aulas. Moodle, blogs, sociedades virtuales y, un gran campo ilusionante de posibilidades inmediatas de todo lo que nos ofrecía el paso de una red, basada en una transmisión muy lenta de datos, a algo mucho más inmediato.

Más de veinte años después seguimos hablando de tecnología educativa, de herramientas para gestionar el aula y, por qué no decirlo, de cambios de modelos transmisores basados en las TIC. Sí, seguimos hablando de TIC, TAC o TEP para aquellos que les guste ir avanzando entre las siglas aunque, por desgracia, las tres se basan en la misma base tecnológica aunque se intente aplicar diferente filosofía de uso. Una concepción educativa que, al final, sigue dando los mismos frutos que antaño. Eso sí, ahora con muchos más artefactos, más posibilidades de obviar la parte creativa y, permitiendo, cada vez más el calco de los copia y pega originales que han ahorrado miles de hojas de papel. No, ni tan sólo la Wikipedia ha cambiado como web de referencia de nuestros alumnos a la hora de buscar información para esos trabajos que, con mayor o menor desgana, algunos docentes plantean a sus alumnos. Al igual que da la sensación que todas las nuevas metodologías que nos están mediatizando últimamente tienen mucho de casposo, el uso de la tecnología sigue usando los mismos modelos que llevan más de veinte años fracasando. Y erre que erre con buscar la herramienta fantástica, hablar de las bondades del asunto y, cómo no, vender la tecnología como solución a todos los problemas educativos. No lo digo yo, se deduce de cada acto que hacen algunos, proponen otros y validan terceros. Tecnología sí o sí achacando la culpa de su mala implementación a las manos que hacen dicho diseño.

Seguimos hablando de tecnología educativa en 2020 porque los docentes somos unos auténticos cafres en su uso. Seguimos hablando de tecnología en 2020 porque, al final, no es la tecnología ni lo que podemos hacer con ella, ya que nos han vendido como un fin último el uso de la misma en el aula y nos lo hemos tragado sin rechistar. Seguimos hablando de tecnología en 2020 porque da mucho dinero a algunos. Seguimos, lamentablemente, hablando de cuestiones que al final se demuestran que son sólo una cortina de humo para no plantearse que hay cosas más importantes.

Creer en la necesidad de conectividad y plantearse las posibilidades de ese desembarco tecnológico hace aún más desagradable la sensación de que algo está fallando. Y no creo que la culpa la tengan los miles de docentes que las usan y plantean actividades mediadas por esos cacharros. Creo que la culpa es que nos hemos planteado una concepción errónea de la tecnología porque, ni es sustento pedagógico ni se debería plantear como herramienta educativa. La tecnología debería ser, simple y llanamente, un mecanismo para el acceso a información porque, a nivel de creatividad, gestión o similares, donde esté un buen conjunto de herramientas analógicas, que permiten hacer lo anterior más fácil y que depende más de las capacidades/habilidades del alumno o del docente, sobran los fuegos de artificio.

Me da la sensación que, al igual que en muchas otras cosas en educación, nos hemos dejado llevar por las olas sin plantearnos, ni tan sólo si era bueno que nos llevaran a un determinado lugar porque, al final, ¿qué ha cambiado realmente en estas últimas décadas de boom tecnológico en nuestras aulas más allá de poder mediatizarlas un poco más? ¿Ha mejorado el aprendizaje de nuestros alumnos? ¿Ha facilitado nuestro trabajo? ¿Ha valido la pena la inversión a la vista de los resultados obtenidos? Y no, no me vale decir, tal y como diría yo si me preguntaran, que la tecnología es imprescindible en las aulas o que la culpa es que no sabemos bien qué hacer con ella. No, el debate es algo más complejo que lo anterior. Muchísimo más.

Al final deberíamos volver a aplicar el sentido común al aula. Algo que, quizás, dependa más bien poco de la tecnología o de cómo usarla.

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Acerca del Autor

Jordi Martí

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