Opinar sin leer también suspendería en la escuela de los 80

Hay algo que el artículo de ayer (enlace) ha demostrado con bastante eficacia. Y lo que ha demostrado es que si hoy volviéramos a la escuela de los 80, muchos suspenderían. Pero no precisamente en matemáticas.

He leído críticas muy contundentes a afirmaciones que no estaban escritas. He visto debates apasionados contra párrafos inexistentes. Incluso he descubierto intenciones ocultas que, sinceramente, desconocía tener. Y eso tiene mérito porque el texto decía exactamente lo contrario de algunas cosas que se me atribuyen. Reconocía aspectos positivos de aquella escuela -especialmente la menor presión y la mayor libertad cotidiana del alumnado- y evitaba tanto la idealización del pasado como la demonización del presente.

Pero claro, para saber eso había que hacer algo revolucionario. Algo tan revolucionario como leer.

El titular era provocador, sí. Lo era a propósito. Pero en los primeros párrafos ya se intuía que no iba a ser una crítica al modelo pasado ni tan solo al modelo presente. Es decir, que solo leyendo esos párrafos, ya había suficiente para no decir ciertas cosas y achacarme cosas que no he dicho.

El problema es que, en redes sociales, el titular no siempre funciona como puerta de entrada al contenido. Funciona como sustituto del contenido. Se lee la frase. Se interpreta en clave de debate prefabricado. Se responde desde la trinchera habitual. Y listo. Conversación resuelta en treinta segundos. El texto completo pasa a ser un detalle opcional.

Hay algo especialmente curioso en opinar sin leer. Se discute con una versión imaginaria del artículo. No con el texto real. Y eso cuando no sea algún gaznápiro de esos que por ser yo el autor ya se ponen en modo fusilamiento digital. Que de esos, colectivizados algunos, también tengo unos cuantos.

Eso permite enfadarse con comodidad. Permite atacar una postura extrema que resulta más fácil de desmontar que el matiz. Permite convertir una reflexión sobre contextos educativos en una supuesta defensa de la «bajada de nivel» o en un «ataque a la cultura del esfuerzo». El artículo, si solo te quedabas en el título, permitía cualquier posicionamiento previo y refrendar cualquier idea preconcebida.

El problema es que ese debate paralelo no aporta demasiado. Es como suspender un examen por no haber leído la pregunta completa. Y lo paradójico es que hablamos constantemente de comprensión lectora como uno de los grandes retos del sistema educativo, cuando son muchos docentes los que caen (yo también he caído en ocasiones) en ni tan solo leer lo que se les pone delante.

Exigimos al alumnado que contraste fuentes. Que no se quede en el titular. Que analice el contexto. Que identifique matices. Que no comparta sin verificar. Pero cuando el tema toca educación muchos adultos aplican justo el criterio contrario. Ya no entro en debates políticos sesgados por lo bien que caiga el «líder» y no por lo que haga. Especialmente cuando el líder va repartiendo carnets de pureza.

Se reacciona antes de entender. Se concluye antes de leer. Se juzga antes de comprobar. No es una cuestión ideológica. Es una cuestión de hábito digital. Y ese hábito tiene consecuencias en la calidad del debate público.

Las redes premian la contundencia, no la precisión. Una frase rotunda se comparte más que una reflexión equilibrada. Un posicionamiento extremo genera más interacción que una invitación al análisis. En ese contexto, leer un artículo completo parece casi un acto de resistencia. Pero sin lectura no hay discusión real. Hay proyecciones. Hay suposiciones. Hay respuestas automáticas a estímulos parciales. Y así es difícil avanzar en cualquier conversación seria sobre educación.

Nadie está obligado a estar de acuerdo con un artículo. Faltaría más. La discrepancia es saludable y necesaria. Pero hay una diferencia entre discrepar y reaccionar sin haber comprendido lo que se está diciendo.

Si el debate educativo quiere ser algo más que intercambio de consignas, el primer paso es sencillo… leer antes de opinar.

No para aplaudir. No para asentir. Simplemente para saber qué se está criticando. Porque si opinar sin leer se convirtiera en asignatura obligatoria, me temo que tampoco en los 80 habríamos aprobado muchos. Y ya estoy hablando de algunos que somos bastante talluditos.

El artículo de ayer tenía menos de 1000 palabras. No era tan complicado, antes de ponerse a compartirlo u opinar de él, habérselo leído. Que no era una investigación educativa. Era, simplemente, un artículo de esos que escribo para reflexionar acerca de ciertas cosas. Un artículo del que podían haberse compartido las tesis o no, pero como mínimo se le podía haber dado una oportunidad a todo el texto.

No todo el mundo comentó sin leer (además se ve quién lo leyó), pero sí que fueron más los que no lo hicieron y se centraron en el título que los que opinaron después de habérselo leído.

Finalmente deciros que a mí no me interesan las métricas. No vivo de ellas. Me interesaría mucho más que ciertas reflexiones que hago fueran debatidas habiéndose leído algo más que el titular. Y sé que soy un rara avis por ello pero, por desgracia a estas alturas de mi vida, ya es muy complicado que cambie.

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