Hay vida más allá de las redes sociales. Hay decisiones educativas de calado, con afección directa y positiva, tanto a nivel de alumnado, profesorado, familias y, en definitiva, mejora social. Hay concepciones educativas que permitirían, de forma muy sencilla y sin gastar más de lo que ya se invierte (¡sí economistas, fundaciones y organizaciones que gestionáis el cotarro, sin más gasto pero sin que podáis trincar más!). Pero, por desgracia, seguimos jugando al despiste. O más bien al aterriza como puedas fuera de la pantalla.

Estos días muchos estamos cuestionando las ganas de algunos de guerras. De inversiones en defendernos, mediante pagos a una organización en la que yo no pedí estar. A ver si alguien me explica algo de democracia porque, si todos los que aprobaron algo en su momento son ahora minoría por haber nuevas generaciones, ¿por qué hemos de seguir anclados a referéndums extraños? Sé que me diréis que con tu voto ya decides pero sigo sin ver que algo que se aprobara en referéndum ahora deba mantenerse sin otro referéndum y solo pueda cambiarse por el Parlamento. Seguro que es cosa mía. Por cierto, a lo que iba, subir el PIB del Ministerio de Defensa al 2% desde el 1,4% actual implica subirlo un 0,6% y esto, haciendo unos números rápidos con el PIB del año 2020 (no creo que varíe mucho) arrojaría gastar unos 95 millones de euros más al año. Para aquellos que dicen que mejoraríamos la educación con esa cantidad, mi respuesta es DEPENDE. Depende cómo y quién lo gestione. También depende para qué.

La parte del león del presupuesto en educación se destina a salarios de sus trabajadores. Ahí deberíamos abrir el melón de la evaluación «no punitiva» de los mismos, ayuda para la mejora de la praxis docente (formación, formación y más formación) y diseño de estrategias para reducir ratios donde más interesa. Hay muchos centros educativos que optan por desdoblar asignaturas de Bachillerato para tener, en lugar de 35 alumnos, un grupo de 15 y otro de 20, mientras hay grupos de ESO en el mismo centro educativo a casi 30. Por tanto, la clave no es solo dotar de más docentes. Es gestionar esos docentes para usarlos donde se necesiten. Por cierto, ¿alguien sabe por qué mantenemos la figura del Secretario en los centros educativos cuando esa tarea la debería realizar un administrativo (y lo haría mejor)? ¿Alguien me explica qué hacen reducciones horarias inverosímiles en los centros educativos mientras hay algunos que van sobrecargados de horas y alumnado a atender? Reducción de ratios, siempre. El problema es para hacer qué y cómo gestionar esa reducción. Para mí mucho más importante tener muchos menos alumnos en los primeros cursos que en Bachillerato. Y ya no digamos la imposibilidad de hacer prácticas en ciclos formativos con más de 20 alumnos, en muchos casos con materiales del año de maricastaña.

Hablando de inversión en recursos materiales, ¿alguien entiende la necesidad de gastarse miles de millones en proyectos de digitalización sin tener un diseño del proyecto? ¿Alguien me explica cómo puede estar apostándose tanto por las aulas del futuro cuando tenemos centros sin conectividad a internet o, yendo más lejos, sin calefacción y con goteras? ¿Alguien me explica qué sentido tiene poner cada vez más asesores/mentores para ayudar en la formación cuando ni ellos saben qué han de hacer? ¿Alguien me explica tanto docente liberado del aula para hacer de administrativo? Es que no hay por dónde cogerlo. Es que el otro día me dijeron que hay un docente liberado por cada cinco. Seguro que no es así. No puede serlo.

Tampoco tiene ningún sentido que la administración educativa haga cosas porque se lo dicen sus amigos de la fundación u organización X. Es esperpéntico ver cómo se llenan determinados macrocongresos educativos de docentes, cuando ese tiempo se podría dedicar a formarlos en cosas útiles. Ya no digamos todo el tema de cambiar el currículo cada dos por tres para que, cuando uno llega a ser algo, pongan su nombre a la nueva ley. Es que ya sabéis que queda muy bien tener una ley educativa. Yo siempre he soñado en la Ley Martí. Ya que siempre es el apellido el que se usa, pues vamos a imaginarlo con ello.

La educación no puede entenderse sin que alguien haga un puzzle con todas sus piezas. Para hacer ese puzzle se necesita tiempo y gente que sepa. Si seguimos jugando a que solo mis amigos son los que tienen razón, el que más chilla o poder tiene el que sabe por dónde tienen que ir las cosas o, simplemente, a echar o poner en función de cosas que nada tienen que ver con la profesionalidad de uno, tenemos un problema. Un problema estructural. Un problema que no va de más o menos dinero. Un problema que no va de más o menos legajos legislativos. Un problema que tampoco va de ponerse o quitarse medallas. Tenemos un problema que solo se soluciona haciendo las cosas bien. Y mejorar la educación solo va a conseguirse si los políticos que la gestionan se rodean de gente que sepa (¡no solo de su gente!), se establece un proyecto a largo plazo blindado por algún referéndum de esos que tanto cuesta a algunos hacer y que, al final, se convierta en algo de futuro porque, al menos el presente es muy gris tirando a negro y se intuye que todavía va a serlo más.

Esto va de concepción de la educación. De saber hacer las cosas. De dejarse de pamplinas y trampantojos para, una vez quitada la pintura, ver qué hay tras ella. Y los que somos asiduos a ver alguno de esos programas de reformas de casas que hacen por la televisión, sabemos que tras una pared que parece maravillosa puede haber desde humedades a ratas de diferentes tamaños, pasando por amianto. Así pues, ¿manos a la obra? Una obra que, por cierto, necesita dinero, unos buenos planos diseñados por un buen arquitecto, unos capataces capaces de gestionar a sus albañiles y unos albañiles que, con buenas condiciones laborales y buenos materiales, puedan hacer el mejor edificio del mundo. Un edificio que van a habitar, durante mucho tiempo, determinados vecinos que van a tener contacto continuo con sus familias. No nos olvidemos tampoco del promotor porque, al final, todo está en la disyuntiva de querer hacer las cosas bien o hacer un revival de Los Ángeles de San Rafael.

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