No se pueden descubrir nuevos océanos si no se tiene el valor de perder de vista la costa
Hay una cita atribuida a André Gide que me está persiguiendo durante semanas como un eco incómodo en el fondo de la mente. Me estoy refiriendo a la frase que sirve de leitmotiv del artículo de hoy, que incorporo como título al mismo… «No se pueden descubrir nuevos océanos si no se tiene el valor de perder de vista la costa».
Es una de esas frases que muchos utilizan como chapa motivacional barata para ponérsela de estado de WhatsApp o maquetar una publicación, con música pegadiza, en Instagram. Pero cuando la desnudas de todo ese postureo digital y la miras con los ojos de quien ha pasado años metido en un lugar que le quemaba la energía y la salud, la frase se convierte en un cuchillo afilado.
La costa es lo conocido. Es la rutina automática. El rol que tu entorno espera que juegues, la batalla cotidiana donde ya te sabes todos los golpes y la comodidad de aquello que, aun haciéndote daño, te da una falsa sensación de seguridad.
El problema de la costa es que nos aferramos a ella como si fuera el único suelo firme del universo, sin darnos cuenta de que nos estamos oxidando por dentro mientras vemos pasar los años desde el mismo muelle.
Durante mucho tiempo nos convencemos de que aguantar en un lugar que nos desgasta es un acto de responsabilidad o de resistencia. Nos decimos a nosotros mismos cosas como es lo que toca, a dónde voy a ir a estas alturas o al menos aquí sé a qué atenerme. Es la gran trampa de la mente humana. Preferimos una certeza miserable a la incertidumbre de un cambio.
Nos hacemos adictos al ruido de siempre. Nos acostumbramos a las mismas discusiones, a los mismos personajes, a los mismos vicios del sistema y a las mismas frustraciones. Y mientras tanto, la vida real -la que no está atrapada en un bucle ni se consume en batallas inútiles- pasa de largo al fondo del horizonte.
Perder de vista la costa no significa ser un inconsciente ni estrellar el barco contra las rocas. Significa tener la dignidad y el valor de decir que esto ya no me suma, esto ya no soy yo y el precio que estoy pagando por mantener la nave amarrada es demasiado alto.
Cuando finalmente sueltas amarras y la costa empieza a hacerse pequeña a tus espaldas, lo primero que sientes no es una libertad idílica de película. Lo primero que sientes es un pellizco en el estómago. Soltar lo que te ha definido durante quince o veinte años provoca un vértigo absoluto. De repente ya no estás protegido por tu personaje, ya no tienes el escudo de tu trinchera ni la red de tu rutina. Estás tú, el agua abierta y el horizonte limpio.
Pero es precisamente en ese espacio de silencio donde empiezas a respirar de nuevo. Donde te das cuenta de que el mundo no se acaba cuando dejas de alimentar la máquina que te consumía. Que hay otras conversaciones por tener, otros proyectos por construir, otras personas por conocer y, sobre todo, una vida mucho más ancha y tranquila por explorar.
He pasado demasiados años a bordo mirando hacia la misma playa, luchando contra las mismas tormentas y pagando peajes personales que no le desearía a nadie. Ha llegado el momento de mirar hacia adelante, de dejar que el viento me lleve hacia aguas más limpias y de disfrutar del viaje sin la obsesión de mantener el faro de la costa a la vista.
A los que estáis atrapados en una costa que ya no es la vuestra, solo os puedo decir una cosa… el vértigo pasa, la salud vuelve y el océano es infinitamente más grande de lo que os han querido hacer creer.
Soltad amarras. Vale la pena cada milla de distancia de la costa que recorráis.
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En realidad la cita original dice «On ne découvre pas de terre nouvelle sans consentir à perdre de vue, d’abord et longtemps, tout rivage.» Tiene bastante más sentido hacer referencia a nuevas tierras que a nuevos océanos.