Si la tragedia es de los tuyos es mala suerte, si es del rival es un crimen

Ayer el país se volvió a encoger. Otra tragedia ferroviaria, otro impacto de los que te dejan el estómago encogido frente al televisor. Otra lista de vidas segadas en un segundo sobre las vías. Decenas de familias destrozadas para siempre. En un país medianamente sano, las primeras horas tras un desastre de semejante magnitud deberían estar reservadas al dolor, al respeto, a la asistencia a las víctimas y al trabajo riguroso de los técnicos para determinar exactamente qué demonios ha fallado.

Pero vivimos en un ecosistema enfermo.

Ayer, mientras los equipos de emergencia aún intentaban sacar cuerpos de entre los hierros retorcidos, abrí X para ver la última hora y me encontré con lo de siempre. Me encontré a la jauría política y sus mariachis digitales alimentando el buitreismo electoral sobre la sangre caliente. Y, reflexionando sobre lo anterior, publiqué el siguiente tuit…


No falla. La mecánica del cinismo patrio se ha convertido en un procedimiento homologado y milimétricamente calculado por los aparatos de comunicación de los partidos. Si el tren descarrila o la infraestructura colapsa bajo el mandato de «los tuyos», la consigna es el cierre de filas, la prudencia institucional, el no es momento de buscar culpables y el ataque encarnizado contra cualquiera que ose pedir explicaciones, tildándolo de carroñero. La culpa, de repente, es de la fatalidad, del destino, del clima o del técnico de mantenimiento de turno. El político de tu cuerda es una víctima más de las circunstancias.

Ah, pero si la misma desgracia ocurre cuarenta kilómetros más allá o dos años después bajo las siglas de «los otros»… entonces la cosa cambia drásticamente. El accidente se convierte de inmediato en un asesinato de Estado, la falta de inversión es criminal, el ministro o el consejero de turno tiene las manos manchadas de sangre y se exigen dimisiones en cascada antes de que la policía científica haya acordonado la zona.

Es una indecencia moral que provoca un vómito instintivo. Hemos sustituido la empatía humana por el cálculo de daños electorales. La vida de un ciudadano no vale por lo que era, sino por el rendimiento partidista que se le puede sacar a su tragedia en la rueda de prensa de las doce.

Lo verdaderamente triste es ver cómo la masa anestesiada en redes sociales compra este juego macabro sin despeinarse. Tipos que ayer justificaban el caos en un servicio público porque gobernaba su sigla preferida, hoy se rasgan las vestiduras como puritanos indignados exigiendo cabezas. Y viceversa.

Se ha perdido por completo el sentido de la dignidad. Se ha olvidado que detrás de una sigla, de un presupuesto no ejecutado, de un mantenimiento diferido o de un fallo humano hay personas reales que no van a volver a casa a cenar.

Cuestionar las negligencias de la administración -gestione quien gestione- no solo es un derecho, sino un deber ciudadano. Exigir que las infraestructuras funcionen y que los responsables políticos rindan cuentas cuando las cosas se hacen mal es la base de la democracia. Lo que es una miseria indigna eaplicar un filtro ideológico a la exigencia de responsabilidades.

He decidido alejarme un tiempo del monotema educativo para mirar alrededor y hablar de la vida, de lo que nos pasa como sociedad y de las contradicciones que nos corroen. Y lo que vi ayer sobre las vías y, sobre todo, en las pantallas, es el reflejo de un país que necesita mirarse al espejo urgentemente.

Si para condenar una negligencia o para compadecerte de una víctima necesitas mirar primero qué carné tiene el gestor de turno, no eres un ciudadano preocupado por lo público… eres un peón servil al servicio de una trinchera. A las víctimas se les debe respeto, verdad y justicia. A los gestores irresponsables, venga de donde venga su pancarta, se les exige explicaciones y dimisiones. Todo lo demás es estiércol político.

Un abrazo muy fuerte a aquellos que perdieron a alguien querido ayer. Ellos son los que de verdad me importan hoy.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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Un comentario

  1. Muchas noticias deberían publicarse sin decir quién es el protagonista ni dónde ocurrieron, para ver las reacciones. Y tres días después, dar los nombres y el lugar. A los que estuvieran callados esos tres días, ya sabríamos que trabajan para alguien.

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