No pido permiso para pensar, ni para escribir… y menos para no hacerlo de lo que otros esperan que haga

Uno de los mayores placeres que tiene escribir, cuando no lo haces por encargo, cuando no hay un nadie respirándote en la nuca o un algoritmo exigiendo rendimiento por palabra clave, es precisamente eso… que nadie puede decirte de qué tienes que hablar.

O bueno, sí pueden. De hecho, lo hacen bastante.

Hay una fauna maravillosa de personas que no escriben, no leen del todo, pero sí opinan mucho sobre lo que deberías estar escribiendo. Una especie curiosa, con el superpoder de detectarte temas pendientes. Gente con una lista invisible de asuntos que, por alguna razón cósmica, creen que tú tienes la obligación de abordar. Porque si no lo haces, claro, estás fallando. A ellos. Al sistema. A la causa. A la humanidad, incluso.

Pero aquí sigo. Escribiendo acerca de lo que me da la gana. A veces desde la rabia. A veces desde el sofá. A veces desde el más puro aburrimiento. Porque escribir, cuando no está condicionado, es muchas cosas. Desahogo, capricho, ajuste de cuentas, juego, vómito emocional o puro ruido disfrazado de reflexión profunda.

Y eso está bien.

No todo lo que se escribe tiene que resolver el mundo. Ni mucho menos cumplir las expectativas de quien se siente con derecho a esperar algo. De alguien. Por algún motivo. Que nunca se explica del todo, pero ahí está.

Es curioso. Hay personas que se preocupan más por lo que no has escrito que por lo que has escrito. Es como si cada palabra que no has dicho fuera una traición. Como si el hecho de escribir sobre un tema y no sobre otro implicara automáticamente que estás ignorando lo realmente importante. Que, casualmente, coincide con lo que ellos consideran importante.

Y no. No hay una agenda. No hay una estrategia. No hay un plan basado en omisiones deliberadas para fastidiar a nadie.
Simplemente hay días en los que me apetece hablar del color del cielo, de la horchata o de cómo se hace una buena paella.
Y otros en los que no me apetece hablar en absoluto.

Escribir debería ser eso. Libertad sin fiscalización. Pero parece que algunos solo toleran tu voz si dice lo que ellos dirían. O lo que ellos creen que tú deberías decir. Y si no, pues a preguntar. A exigir. A tirar la indirecta pasivo-agresiva envuelta en tono cordial. A ver si cuela.

Y lo mejor es que lo hacen como si no te dieras cuenta.

En fin.

Mientras tanto, aquí estoy. Escribiendo lo que sale. No lo que toca. No lo que esperan. No lo que les gustaría.
Y si a alguien le molesta, quizá lo mejor sea que empiece su propio blog. O un hilo. O se vaya a un bar a relacionarse con gente. Lo que quiera. Porque para eso está la libertad de expresión. Y para eso está internet. Para llenarlo de lo que cada uno considere valioso.

Eso sí, que no esperen que todos lo hagan por encargo.

No todo el mundo debe escribir de todo. No todo el mundo debe posicionarse en todo. A veces se debería dejar que la gente haga lo que le dé la gana y permitirles ser libres, sin dedos señalando ni obligando a que se mojen. Sería todo mucho más sencillo.

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2 comentarios

  1. Estoy de acuerdo en que los puntos de vistas tienen que ser auténticos, y así, no podemos disfrutar de compartir lo que está bien o mal, que es nada, si podemos hacer nuestro camino con los demás, que es compartir.

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