Hoy me he desvinculado totalmente de ciertas cuestiones relacionadas con las TIC que llevaba en mi centro, a cambio de dos míseras horas menos de guardia. Dieciocho horas lectivas, unos ciento ochenta alumnos y horas interminables intentando dinamizar y gestionar ciertas cosas relacionadas con la tecnología educativa no compensaba. Hay en mi instituto, al igual que en la mayoría, gente que vive muy bien y gente que vive muy mal. Yo es que el tema de las reducciones horarias jamás las he entendido. Menos aún el desfase que hay entre algunas y la carga laboral que conllevan. Pero, sinceramente, si uno puede vivir bien y se lo permiten, me parece perfecto. Siempre y cuando lo anterior no me repercuta negativamente a mí. Sí, ya estoy hablando de lo personal porque, nos guste o no, la docencia es una profesión que, salvo excepciones, realiza uno de forma autónoma. Algo que no me gusta, pero es lo que hay. Y a estas alturas de la película es difícil que cambie el modelo educativo de ir por libre.

Organizar excursiones con tu alumnado no compensa. Montar actividades o charlas más allá de tu horario lectivo, intentando involucrar a todo el mundo no compensa. No compensa intentar ayudar a todo el mundo porque, cuando necesitas ayuda ves que solo puedes contar con cuatro. Y, curiosamente, siempre acaban siendo los cuatro que nunca te han pedido ayuda o si te la han pedido, te han dado las gracias. No se felicita el trabajo bien hecho. No hay mejor trato por hacer más o menos cosas para el centro educativo en el que trabajas. Y no estoy refiriéndome a ciertas cosas que se hacen porque, al final, lo de hacer mucho pinta y colorea, es algo que no tiene ninguna afección sobre el aprendizaje del alumnado ni por la mejora educativa. Creo que me estoy explicando bien. O quizás no. Pero seguro que alguno de los que os pasáis por aquí me entenderéis. Y añado, normalmente los que más intentan echar una mano o hacer cosas extra, son a los que más hostias les caen de no se sabe bien qué lugar ni los porqués.

Mi trabajo como docente es investigar y encontrar, dentro de los recursos que hay disponibles, las mejores estrategias y recursos para que mi alumnado aprenda. Mi obligación no es la de dinamizar las TIC, ni hacer páginas web, ni formar a mis compañeros en horas extra. Lo siento, lo anterior son errores de juventud. Ahora, como profesional, toca centrarme en cuál es mi tarea profesional. Y es cumplir mi horario, entregar lo que la administración me pide (puedo quejarme por ver absurdas ciertas cosas pero, como profesional, voy a acatarlo) y, lo que es más importante que me gustaría reiterar, intentar que mi alumnado aprenda con las posibilidades que tengo. Ello incluye formarme para ello y dedicar tiempo a buscar cosas. Mucho tiempo en mi caso. No he aprendido a gestionar determinadas herramientas ni su parte pedagógica por ciencia infusa. Ni por simple experiencia. He tenido que aprender a un determinado coste. No hablo solo de tiempo. Hablo también de cuestiones económicas porque, como todo hijo de vecino que nos dedicamos a esto, siempre acabamos pagando de nuestro bolsillo ciertas cosas. Bueno, hasta que dices basta. Y aún así, siempre hay alguna vez que se te escapa.

Ser un buen profesional es saber decir basta. Ser un buen profesional es no intentar arreglar lo que no puede arreglarse. Ser un buen profesional es saber qué te compensa y qué no, tanto profesional como personalmente. Y, al menos en mi caso, lo que me compensa cada vez más es hacer lo que me toca sin intentar cambiar el mundo porque, suficiente tiene el mundo con ir girando, para tener que preocuparse por mindundis como yo.

Los dos momentos que más me gustan de mi profesión es cuando suena el timbre de salida y cuando me llega la nómina cada mes. En el interludio entre esos dos momentos intento hacerlo lo mejor posible, intentado preocuparme por la gente que me rodea y a la que me debo por mi trabajo. O eso quiero creer que hago.

Como ya sabéis esto no deja de ser una bitácora personal que comparto en abierto. Una bitácora que oscila, al igual que lo hace mi estado de ánimo, entre el estado zen y el estado chof. Soy mucho, como ya podéis intuir, de efervescencia descontrolada en momentos puntuales. Un abrazo a los que os pasáis por aquí. Un lugar en el que, por ahora, me compensa escribir.

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