Estos días hemos conocido, que un juzgado, ha retirado de algunos centros educativos de Castellón ciertos libros de temática LGTBI (fuente). Una retirada de la que se han hecho mucho eco en las redes sociales bastantes docentes y personas relacionadas con la educación. Una retirada en la que nadie que defienda un «¡no a la censura!» sin ambigüedades puede estar a favor de la misma. Por cierto, y haciendo un breve inciso, resulta muy curioso que algunas de las personas que más han vociferado contra esta retirada de libros, pasaran de puntillas en su momento ante la retirada de Caperucita Roja, Blancanieves y hasta 200 libros infantiles más de una escuela pública de Cataluña hace un tiempo (enlace).

Está primando el sesgo ideológico de la censura. Hay, por lo visto, censuras buenas y malas en función de lo que estén censurando o si dicha censura coincide con la ideología de uno. No olvidemos que estos últimos tiempos hemos conocido el despido de un docente de la Universidad de Michingan por poner Otelo, de Laurence Olivier a su alumnado porque «se considera que un actor teñido de negro hace que la película sea racista» (enlace) y, no hace tampoco tanto tiempo se retiró el nombre de David Hume de un edificio de la Universidad de Edimburgo por considerarlo un autor racista (enlace). Si queréis podemos seguir con la obra «Tintín en El Congo» que fue retirada en algunos países y obligada, para poder seguir vendiéndose, a cambiar sus diálogos. Censura en estado puro. Y ver solo como censura una parte de la película es un error.

Hoy en día hay algunos que abogan por prohibir determinados partidos políticos. En lugar de cuestionar los hechos que puedan ser constitutivos de delito, entre las soflamas que lanzan TODOS los partidos políticos en algún momento, se dedican al prohibicionismo. Y, curiosamente, los prohibicionistas quieren prohibir el partido político que menos acorde está con su ideología. Los mismos que querían prohibir a un partido vasco, ahora critican que se les quiera prohibir a ellos. Los mismos que quieren silenciar a un determinado partido político, con un nutrido grupo de votantes, son muy amigos de un partido que se fundó bajo las balas. Con lo fácil que sería permitir que el espectro político tuviera representación de todo el mundo. Sí, con independencia de las ideas porque, al menos para mí, las ideas no pueden prohibirse ni convertirse en guetos. Lo importante es que se debatan en un ágora abierta. Soy un gran defensor de la libertad de expresión sin censura. No me parece mal que nadie pueda decir ciertas cosas. Claro está, con los límites que marcan las leyes (ojo, se puede estar en contra de una ley y cuestionarla-que no incumplirla- abiertamente) y los derechos humanos. No se puede estar a favor de exterminios selectivos o de asesinatos en masa, ni de violaciones, ni de la pederastia, ni de… pero es que estar a favor de esas cosas públicamente ya es delito.

Leí un libro en su momento, titulado «A favor y en contra», de Debbie Newman y Ben Woolgar, en el que contraponen el poder estar a favor o en contra de ciertas cosas. En el caso que ocupa este post, tienen un apartado en el que hablan de la libertad de expresión y, por ende de la censura. Siempre son conceptos que van relacionados.

A favor de la censura

  1. La libertad de expresión nunca es un derecho absoluto, sino una aspiración. Deja de ser un derecho cuando daña algo que todos consideramos valioso. Por ejemplo, se legisla contra la incitación al odio racial. Por consiguiente, no es cierto que la censura sea mala por principio.
  2. Algunas formas de narración escrita o representaciones de imágenes se han considerado definitivamente vinculadas a actos delictivos. Se ha demostrado (concretamente por estudios en los Estados Unidos), que el exceso de sexo y violencia en las películas y en la televisión incitan a tendencias similares en la conducta del público. Existe una conexión causal directa entre tales imágenes y el daño físico.
  3. La censura actúa para preservar la libertad de expresión, pero la pone en igualdad de condiciones. Quienes apoyan la libre expresión sin reglas olvidan que no solo puede silenciar a las minorías el poder del Estado, sino también el descrédito social promovido por racistas, sexistas, homófobos y otros fanáticos. De este modo, podría resultar necesario, por ejemplo, ilegalizar epítetos raciales a fin de asegurar que la gente negra es tratada con justicia en el ámbito público y así tienen la posibilidad de expresar sus opiniones.
  4. Con la censura de los discursos somos capaces de evitar que haya nuevos seguidores del «lado oscuro» que forman el racismo y otros grupos discriminatorios. Siempre que se pueda, nos interesa «sacarlos de la circulación», de este modo son incapaces de conseguir nuevos seguidores, y ya no pueden difundirse sus perniciosas opiniones. Aunque esto podría servir de parapeto a la opinión de algunos, es poco probable que estos mismos se convenzan de ninguna otra forma, así que el mejor método son las prohibiciones rotundas.

En contra de la censura

  1. La censura está mal por principio. Por muy duramente que discrepemos del punto de vista o el modo de expresarse de una persona, esta debe ser libre de manifestarse en una sociedad civilizada y libre. Las leyes que castigan las provocaciones son distintas en tanto que la conexión causal entre el acto de expresarse y el daño físico es grande, mientras que en la mayoría de los actos de censura es mucho más distante.
  2. De hecho, la conexión entre el sexo y la violencia de las pantallas y los de la vida real está muy lejos de ser concluyente. Decir que quienes ven películas violentas son más propensos a cometer crímenes no demuestra una función causal de los filmes. Igualmente podría suceder que quienes deciden ver este tipo de material ya tengan esas tendencias, que se manifiestan a la vez en su elección de lo que ven y en su conducta. Además, la censura podría de hecho empeorar su comportamiento en el mundo real, puesto que ya no disponen de ningún alivio de tipo imaginario.
  3. No se puede confiar sin más al Estado el poder de controlar lo que la gente pueda decir, porque esto es en sí mismo una discriminación de las minorías. Si concedemos al Estado, por ejemplo, el poder de controlar los medios de comunicación, podría fácilmente usarlo mal para prohibir a las minorías expresarse contra los diversos abusos recibidos por parte del gobierno.
  4. Censuras tales como la prohibición legal de la incitación al odio racial proscriben socialmente a los racistas y similares, formando guetos y grupos marginales en un sector social, en lugar de dirigir a las personas al debate abierto y racional. Así resulta más difícil rebatir sus opiniones y convencer a los dubitativos de esos grupos de que sus líderes están equivocados.

Algunos tenemos claro con qué argumentos nos quedamos. Y, en mi caso, tal y como podéis ver en el título, estoy en contra de la censura. En contra de descontextualizar un libro, una obra musical, una película para analizarla con los valores del siglo XXI. El NODO y la Inquisición no deberían tener cabida en ningún país. El problema, por desgracia, es que es muchísimo más fácil prohibir y censurar que contraponer argumentos. No olvidemos que los defensores de la censura, en cualquiera de sus formas, siempre son las personas que, o bien no quieren que nadie piense diferente de ellos o bien consideran, al resto de la sociedad (a la que no tiene sus ideas) como personas de dudosa inteligencia, incapaces de comprender lo necesario de esa censura.