O no me explico bien o hay personas que, por mucho que lo intentes, creen que su opinión es ciencia y no hay manera de bajarlas de su pedestal. Sí, entre esas personas hay docentes. Ser docente, como he dicho en más de una ocasión, no te otorga, ni sapiencia absoluta ni hace que tu opinión sea más o menos válida que la del cuñado después del tercer carajillo. Puedes tener una opinión con más empaque, por dedicarte a la educación, pero puedes incurrir en los mismos errores que alguien profano en el asunto.

Yo puedo opinar que existen (o no) las inteligencias múltiples. Que la segregación escolar no existe. Que hay un tipo que es capaz de transformar el agua en vino. Incluso puedo llegar a decir que el coronavirus no existe y que los bebés vienen de París. Puedo opinar acerca de cualquier cosa. Incluso puedo hablar en conversaciones de bar acerca de la resurrección de Elvis Presley sin tan siquiera inmutarme. Es que mis opiniones, al igual que mi culo, tienen un amplísimo rango de actuación. Y no pasa nada. No pasa nada por opinar acerca de todo tipo de cuestiones. Joder, si hasta somos capaces de justificar o no un fuera de juego, en función de si beneficia o no a nuestro equipo. Hasta podemos llegar a cuestionar si una bola entra o no en el tenis si el punto es para Rafa Nadal o para Djokovic. Es que sucede a diario.

El problema es cuando alguien intenta poner al mismo nivel una opinión que una evidencia. O intenta, de forma más o menos enrevesada, intentar colar su punto de vista frente a diferentes investigaciones científicas. Si todo el mundo ha analizado algo y le ha dado los mismos resultados, ¿es necesario quedarse con la única investigación de mil que dice lo contrario y que, curiosamente, acaba firmando alguien que trabaja para la Tanned Ball University? Y esto sucede habitualmente en el ámbito educativo. Especialmente por parte de aquellos que ven una agresión a sus ideas lo que dicen las investigaciones.

Siempre he dicho que mis opiniones educativas son irrelevantes. Yo hoy puedo defender el uso de las TIC, mañana la escritura cuneiforme y dentro de unas semanas, porque habré tenido un sueño en el que se mezclan unicornios y sirenas, plantearme la necesidad de dar clase en pijama. Y todo eso lo puedo hacer sin despeinarme. Bueno, con el pelo que llevo ahora, salvo en la coronilla, llevo un despeinado permanente. Incluso lo puedo denominar moda si me apetece. Es lo que tiene verse bien delante del espejo. Otra opinión, por cierto, igual de fundada que la de creer en ciertas cosas.

En educación sobran amimefuncionismos sesgados, defensas de cosas indefendibles o, simplemente, opiniones más o menos woke. Y falta mucha humildad para reconocer que, por mucho que nos cueste aceptarlo, hay cuestiones que nos indican qué está pasando realmente en el sistema educativo, qué funciona o qué no lo hace. Además, al ser algo tan sensible por estar tratando con alumnos, deberíamos intentar, a la mínima duda razonable, expulsar determinadas pseudociencias del aula. Nuestro alumnado no se merece que experimentemos más de la cuenta con ellos. Realmente no se merecería que experimentáramos nada con ellos pero, por desgracia, hay mucho agujero negro en educación. Algo que obliga, en ocasiones, a hacer ciertas cosas por fe o por tradición. Tradiciones que, claro está, en caso de tener dudas acerca de su efectividad, al igual que con ciertas «innovaciones», deberíamos desterrar inmediatamente de nuestras aulas.

Pero no me hagáis mucho caso porque seguro que vuestra opinión es mejor que la mía.

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