Medidas que deberían tomarse en educación (al margen de la pandemia)

Dentro de una semana, concretamente el 27 de agosto, se prevé una reunión entre la Ministra de Educación y los responsables de las administraciones educativas de las Comunidades Autónomas para decidir cómo enfocar el nuevo curso escolar. Creo que se han adelantado demasiado y que, quedando aún unos días para empezar el curso, podían haber retrasado aún más dicha reunión para planificar medidas. En veinticuatro horas y con un par de gin tonics, de esos que venden baratos en el Congreso de los Diputados, hay para diseñar la educación en un pispás. Y aún les hubieran sobrado más de veintitrés horas.

Pero bueno, como siempre hago en este blog (aunque haya renacido desde julio) antes de empezar el curso escolar voy a proponer algunas medidas que, siempre según mi opinión subjetiva, deberían tomarse en educación. La ventaja de no tener ningún tipo de responsabilidad de gestión educativa hace que, por suerte, mis propuestas nunca vayan a llevarse a cabo y que muchos respiren al ver que podrán seguir haciendo lo de siempre. Hacer lo de siempre mola. Dar clase con los apuntes amarillentos o seguir jugando a cortar maderitas en Tecnología (hablo de mi asignatura) siempre está guay. Más que nada porque actualizarse uno cuesta y si puede seguir viviendo de las rentas, al final vive mejor. Vale para todo la comunidad educativa. Incluyo a esos padres que jamás se acercarán a la escuela porque “todo les va bien” o, simplemente “pasan de todo”. Haberlos haylos. Hay mucho inmovilista -que no poco innovador- en todos los que intervienen, de forma directa o indirecta, en el sistema educativo.

Vamos a las medidas concretas que plantearía. Seguro que no os van a gustar a algunos pero, por suerte, estoy en periodo “sudapollismo”. Es decir, que me la pelan vuestras críticas porque, aunque ahora ya mis vacaciones hayan desaparecido de forma oficiosa (aunque oficialmente las esté disfrutando) sigo pensando en que, al final, cada vez me importan menos las críticas. Además, seamos sinceros, ¡qué daño hace que alguien que, además está en los últimos tiempos huido del aula, proponga ciertas cosas en un blog o en su cuenta de Twitter! A ver, que hasta he cerrado la cuenta de Twitter que tenía para empezar de cero y ya no llego ni al Tato. Que de miles de seguidores he pasado a unos cientos en mi nueva cuenta. Siendo realistas, si alguien da importancia a Twitter es que tiene un problema. Bueno, un problemón.

En primer lugar lo que haría sería invertir “con cabeza” en ciertas cuestiones que, para mí, siguen siendo básicas para la mejora educativa…

La reducción de ratios (18 creo que sería un número asumible) que podría ser fácilmente asumible sin invertir ni un euro si nos dejamos de creer que debemos tener tropocientas asignaturas. Cargarse asignaturas es sano. Reducir el currículum (con sentido y no como plantean algunos), también. No hablo de la poda que haría en Primaria porque, al final no quedaría ni un contenido curricular más allá del saber leer, escribir, comprender, realizar operaciones matemáticas sencillas y asumir competencia digital. Todo ello con mucho de proyectos sobre arte, para educar en el cuerpo (léase educación física descurricularizada -no sé si existe el palabro, pero creo que se entiende-) y para saber qué está sucediendo en la actualidad. Dejémonos de cosas que, al final, hacen que empecemos a construir la casa por el tejado.

Relacionado con lo anterior, debería plantearse la necesidad de cargarnos los agrupamientos por edad fisiológica y, conforme vaya avanzando el alumnado, cada vez configurar un aprendizaje personalizado que permita, mediante módulos configurables, que cada cual vaya asumiendo contenidos y habilidades a su ritmo. ¿Por qué dos niños o niñas deben aprender lo mismo en el mismo período de tiempo? Ya entendéis que lo anterior implica cargarse el modelo de tutoría-grupo y establecer mentorización de pequeños grupos por parte de docentes a lo largo de todas las etapas educativas. Si hay, por ejemplo, cincuenta docentes en un centro de Secundaria con trescientos alumnos, tocaría mentorizar a seis alumnos por docente. Ello obligaría a mantener plantillas estables, reducir las posibilidades de movilidad del profesorado e incentivar que los docentes trabajaran en determinados centros educativos “de los que huyen”. Lo lógico sería hacer una distribución heterogénea del alumnado entre todos los centros subvencionados con dinero público. No solo debería ser lógico, debería ser obligatorio. Al igual que el sistema de acceso para los docentes.

Hablando del sistema de acceso a docentes, la pandemia nos ha hecho descubrir (o quizás aflorar), que hay un porcentaje importante de los mismos (tanto en centros públicos como privados concertados) que se han escaqueado hasta el infinito. Sí, son los mismos que se escaquean de las guardias, que pasan de su alumnado mientras sueltan cuatro cosas de sus apuntes que repiten cada año o, simplemente, llegan siempre tarde a dar clase. Ya no digamos que han pasado olímpicamente de actualizarse una vez asumido su objetivo de conseguir el máximo número de sexenios o el traslado “al lado de su casa”. Pues bien, ello implica que más allá del sistema de acceso que debería revisarse, también debería hacerse con el desempeño profesional. Siempre dando ayuda al que lo necesite y, en caso de no querer esa ayuda o seguir escaqueándose, empezar a sancionar de una vez a los docentes. Nunca se ha sancionado a un docente por no prepararse las clases ni, ahora en la pandemia, por desaparecer. Quizás empieza a ser hora. Eso sí, de forma objetiva y siempre pensando en el bien de la comunidad educativa. Hay docentes que se han dejado la piel y otros a los que se ha lustrado la piel. Creo que ni es bueno lo primero, ni lo es lo segundo. Es un trabajo y debe hacerse de la mejor manera posible. No hay otra manera de entenderlo.

Ya si eso, nos cargamos la posibilidad de que los centros hagan compras de materiales, cobren al alumnado las salidas o gestionen determinados contratos. Lo lógico sería establecer un área de gestión (incluyendo compras) que agrupara determinados centros donde hubiera “gente que sabe de contabilidad y gestión” para llevar a cabo todas esas tareas que asumen los docentes. Los docentes deben dar clase. No deberían hacer otra cosa. Algo que incluye a los coordinadores TIC o a los que saben un poco de informática y que arreglan ordenadores en sus centros. No es su función. Reducir horas de “gestión” y “reparación” hace que dispongamos de más horas de docente para dar clase.

Mejorar las infraestructuras también es clave. Eliminar las aulas de informática (habiendo que todas dispongan de equipos informáticos para poder usarse puntualmente) es algo lógico en pleno siglo XXI. No podemos restringir la competencia digital ni a una asignatura ni a un solo espacio. Menos aún con los dispositivos con los que contamos actualmente y la concepción de la educación que deberíamos tener. Retomando el tema de las infraestructuras no es de recibo tener edificios que se están cayendo a trozos, calefacción que no funciona y tener que dar clase a cuarenta grados. Y no son pocos los edificios que se hallan en estas condiciones. No se ha invertido en edificios, salvo algunas Comunidades y casos muy concretos, en las últimas décadas.

También propongo que se dote al docente de herramientas informáticas que funcionen para que pueda realizar su función de la mejor manera posible, que haya un modelo de formación que forme (capacite y mejore la praxis profesional) y no solo sirva para que cuatro los impartan y otros simplemente busquen el certificado y, yendo aún más lejos, que sea la administración la que dote de un material educativo básico para impartir clase. Incluyo que la administración debería dotar a los docentes y alumnado de todas las herramientas que necesiten para su labor educativa (como docente o alumnado).

Seguiría con la necesidad de reformular la función inspectora (que podría mejorar también si se establece un sistema de dirección profesional, entre profesionales que pasen una determinada prueba y sean sometidos periódicamente a evaluación), los objetivos básicos de la educación, la relación entre etapas educativas, los horarios, la Formación Profesional y, como gran avance, asumir todo el sistema educativo por parte del mismo Ministerio. ¿Nadie encuentra un sinsentido a tener un Ministerio de Educación y FP, mientras que hay otro de Universidades). ¿No debería haber coordinación entre todas las etapas educativas? Y compro la necesidad de establecer Direcciones Generales independientes pero, sinceramente, las medidas educativas deben ser globales porque, al final, hay tanta diferencia entre la Universidad y la ESO, como entre Primaria y FP. Y FP no tiene un Ministerio propio.

Unas ideas inconexas, totalmente matizables, que quizás mejorarían -o no- la educación. Lo que sí que está claro y nos ha confirmado la pandemia, es que nuestro sistema educativo se aguanta de milagro. Milagros que, como todos sabemos, no existen y se deben al trabajo de muchos docentes, alumnado que se lo ha currado y familias que han estado detrás. Y también al trabajo de algunas administraciones. Eso sí, el porcentaje de estos “que aguantan” el sistema educativo cada vez es menor, más que nada porque, al final, nadie controla que uno haga o no haga.

Estas medidas las he pensado mientras daba un paseo matutino por la playa. Así que no me hagáis mucho caso 😉

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