Los docentes también somos culpables del analfabetismo funcional de nuestro alumnado

Es muy fácil echarle siempre la culpa al Gobierno, al Boletín Oficial del Estado, a los políticos o al consejero de turno. Es cómodísimo parapetarse en las leyes educativas, en la burocracia infame y en la LOMLOE para lavar nuestra conciencia colectiva como docentes.

Pero ha llegado el momento de decir lo que nadie en los claustros quiere escuchar. Me estoy refiriendo a esa verdad incómoda que escuece en nuestro colectivo. Y me refiero a que los docentes también somos responsables directos del desastre.

Que un alumno llegue a Bachillerato o a un Ciclo Formativo después de diez años de escolarización obligatoria (desde los 6 hasta los 16 años, dejando al margen Educación Infantil porque legalmente no es obligatoria) sin saber interpretar un texto simple, sin capacidad de redacción y sin dominar las operaciones matemáticas más elementales no es solo un fracaso del sistema educativo. Es una dejación de funciones colectiva.

Diez años. Diez cursos completos. Cientos de horas compartidas con decenas de maestros y profesores. ¿Dónde estamos mirando los docentes mientras se produce este naufragio a cámara lenta? Digo mirando porque me incluyo.

El mecanismo con el que el colectivo docente eludimos nuestra responsabilidad es tan perfecto como cobarde. Funciona por etapas educativas…

En Primaria… bueno, es que viene muy inmaduro de casa, no se le puede exigir tanto porque se frustra. Ya aprenderá a razonar en Secundaria. Y se le aprueba para no tener líos con la familia o con inspección. Eso obviando que, en demasiados centros educativos para mi gusto, hay equipos directivos que han implantado un modelo laissez faire basado en prácticas educativas infames.

En la ESO… es que la ley me obliga a promocionar, la burocracia nos consume y no podemos poner ceros. La culpa es de Primaria, que nos los manda sin base. Y se firma el título de Graduado en ESO con asignaturas pendientes y lagunas oceánicas.

Y, finalmente, todo se acaba trasladando a Bachillerato y a FP cuando se dice… pero cómo es posible que este chaval no sepa entender un texto de tres líneas. ¡Vaya nivel nos mandan los de la ESO! Por cierto, en muchos casos el esperpento roza lo absurdo cuando quien lo dice es el mismo que les dio clase en cuarto de ESO.

Así se completa el círculo del cinismo. Nueve o diez años regalandole la nota al chaval, firmando actas de evaluación complacientes, mirando hacia otro lado en las juntas de evaluación para evitar el conflicto con el compañero de departamento, el director o la inspección, y acatando por omisión el aprobado general.

El profesorado hemos preferido la paz social del claustro y el confort individual antes que plantar cara al deterioro del nivel académico. Es muy fácil quejarse del desastre en el café del recreo, pero a la hora de la verdad, a la hora de evaluar con rigor, de exigir contenidos sólidos y de asumir el coste de mantenerse firme frente a la mediocridad, la inmensa mayoría ha agachado la cabeza y ha firmado lo que le ponían delante. Bueno, en realidad lo hemos hecho todos porque acaba siendo lo más cómodo para sobrevivir.

Resulta frustrante ver cómo se ha instalado en las aulas la cultura del yo hago como que enseño y tú haces como que aprendes.

Muchos docentes también se han sumado con entusiasmo al circo de la pedagogía blandita porque, en el fondo, exige muchísimo menos esfuerzo. Es infinitamente más fácil poner a la clase a hacer murales, proyectitos vacíos de contenido y evaluar con rubriquitas de colores donde todo el mundo saca un notable, que sentarse a corregir cincuenta redacciones minuciosamente, exigir faltas de ortografía o enseñar a resolver problemas complejos. Además es mucho más fácil de disimular el aprobado regalado y evitarse problemas.

Aceptar que un chaval de 16 años obtenga el título de Secundaria sin saber calcular un porcentaje básico o sin comprender un editorial de periódico no es empatía. Es una traición profesional. Es estafar al alumno, engañar a la familia y entregar un papel mojado que no le servirá de nada en el mundo real.

La burocracia sofoca, sí. Las leyes son ruinosas, también. Los políticos mienten, por supuesto. Pero la puerta del aula la cierra el docente.

Cada vez que aprobamos a un alumno que no sabe leer ni sumar para quitarnos un problema de encima, estamos siendo cómplices del sistema que decimos combatir. Cada vez que un claustro valida la promoción de alumnos analfabetos funcionales a etapas superiores sin plantar batalla, está validando la devaluación de su propia profesión.

Si los docentes queremos recuperar el respeto social y la autoridad pedagógica, tenemos que empezar por hacer autocrítica sangrienta. Diez años de escolarización son más que suficientes para enseñar a un chaval a leer, escribir y pensar. Si llega a los 16 años sin saberlo, los políticos son culpables por diseñarlo, pero los docentes somos culpables por ejecutarlo.

No sabéis cuánto me remueve por dentro escribir este artículo, pero tengo claro que si no empezamos a asumir nuestra parte de culpa, no podemos revertir la situación. Y sé que no es fácil porque todos sabemos que el contexto no nos va a ayudar. Ni el contexto ni nuestro propio colectivo. Un colectivo, ni mejor ni peor que otros, con las mismas ganas de no meternos en problemas que cualquier otro.

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Un comentario

  1. Totalmente de acuerdo. Los docentes somos muy responsables, nos pagan por un trabajo que no hacemos bien. La mayoría de las veces somos conscientes pero el cansancio, la comodidad y la cobardía nos puede. Me reservo mi opinión sobre los entusiastas del sistema que legitiman al mismo y confunden a todos. Respecto a los cargos directivos o a la inspección, la responsabilidad es máxima porque actúan como la policía del sistema.

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