Los «cazalikes» de la educación

Hay un nuevo nicho de mercado en la selva digital que cotiza al alza. Me refiero al de los «cazalikes» de la educación. Un perfil muy concreto de personajes -habitualmente universitarios de moqueta, asesores de innovación de garrafón o docentes en excedencia permanente, amén de todólogos de uso habitual de ChatGPT- que han descubierto en X, Instagram y TikTok la gallina de los huevos de oro.

La mecánica es tan simple como miserable. Saben que el algoritmo de las redes sociales no premia el análisis riguroso, ni la experiencia acumulada a pie de aula, ni la complejidad de la realidad de la misma. El algoritmo premia la visceralidad, el titular de trazo grueso y la indignación.

Así que han perfeccionado una fórmula infalible… soltar la soflama educativa más estrambótica y sin sentido que se les ocurra, envasarla en neolengua amigable y esperar a que el incendio les reporte el puñado de interacciones que necesitan para inflar su ego, su agenda y sus bolsillos.

El ejemplo perfecto lo hemos vivido ayer. Sale el tipo de turno a pontificar con superioridad moral que «no debería haber notas en la ESO y todos deberían titular». O sea que habría que darle el título a todo el mundo, haga lo que haga, estudie o no estudie.

Analicemos la jugada del «cazalikes» en tres pasos…

  1. La cebo-provocación. Suelta una auténtica salvajada pedagógica que atenta contra el sentido común más elemental. Sabe perfectamente que el docente real, el que se deja la piel intentando que sus alumnos aprendan algo entre el ruido y la burocracia, se va a llevar las manos a la cabeza.
  2. La captura de la indignación. El profesorado y la gente con sentido común responde indignada, criticando la falta de rigor. Esas respuestas enardecidas son el combustible que el «cazalikes» necesita. Cada cita, cada tuit de repulsa sube su tuit en el algoritmo y dispara sus métricas de visualización.
  3. El disfraz de mártir. Una vez logrado el impacto, el personaje despliega la venda antes de la herida. Pone cara de cordero degollado, se victimiza y acusa a la jauría de profesaurios, reaccionarios o nostálgicos de la EGB que no entienden la educación del siglo XXI. Añadiendo, claro está, el comodín de que no le han entendido cuando sabe que tampoco no había nada que entender.

En cuestión de horas, el provocador ha conseguido lo que buscaba. Miles de impresiones, un puñado de adláteres despistados aplaudiendo en los comentarios y la invitación asegurada a la próxima mesa redonda o jornada de innovación pagada con dinero público.

Lo verdaderamente repugnante de este circo no es la búsqueda de casquería digital, sino la colosal brecha que separa el discurso público de la vida privada del «cazalikes».

Nos conocemos todos. Mientras en las redes pontifican contra la exigencia, piden abolir los exámenes y exigen regalar títulos para no estigmatizar, en su esfera personal y profesional aplican la lógica más implacable del mérito y la selección, llevando a sus hijos a determinados modelos de centros educativos. Y además, curiosamente, lo justifican frente a quienes van a seguir aplaudiéndoles o votándoles. Tenemos casos muy conocidos de personajes así.

Ahí no hay aprobado universal ni evaluación por emociones que valga. El rigor y el esfuerzo son para su casa. Para el hijo de la clase trabajadora que acude a la escuela pública, prefieren vender la estafa del título regalado a cambio de 500 likes.

Al final, este circo de la provocación constante tiene las patas muy cortas. Se puede engañar a cuatro incautos en redes sociales y se pueden rascar un par de invitaciones a congresos pagados con dinero público a base de titulares facilones, pero la realidad del aula no se soluciona con métricas de engreimiento ni con aplausos de la parroquia.

Frente a la estafa de quienes usan la educación como trampolín personal, la verdadera resistencia sigue estando en las aulas reales. En los docentes que no necesitan cazar likes para saber lo que vale su trabajo, que miran a sus alumnos con el respeto de quien les exige porque cree en ellos y que se niegan a participar en la devaluación de la escuela pública. A los «cazalikes» les dejo la casquería digital porque, al final, es lo único que saben hacer.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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