Los quintacolumnistas de la educación
Existe una narrativa tan cómoda como falsa que circula estos días por los pasillos de los centros educativos y las redes sociales que consultan los docentes. Me refiero a la que dice que el desastre actual de la enseñanza es culpa única y exclusiva de los politiquillos de turno. Según este mito, los docentes seríamos víctimas inocentes de un engranaje burocrático diseñado en un despacho de la Consejería o del Ministerio mientras nosotros, abnegados héroes, estaríamos intentando resistir a pie de aula.
Siento aguar la fiesta del victimismo, pero la realidad es mucho menos amable con el colectivo docente.
Las leyes aberrantes y los currículos vaciados no se aplican solos en el aula. Para que el virus del adoctrinamiento pedagógico, la devaluación del conocimiento y la pedagogía del bienestar hayan destruido la escuela pública, ha hecho falta algo imprescindible… colaboracionistas a pie de aula. Ha hecho falta una tupida red de colectivos, fundaciones, plataformas y grupos de renovación pedagógica que, camuflados bajo un aura de romanticismo de la transición o de modernidad vanguardista, han actuado como la quinta columna de la pedagogía de laboratorio.
Hablemos de ellos. Repasemos cómo operan y destapemos el gigantesco entramado de subvenciones, difusión mediática afín e ideología de trinchera sobre el que han levantado su imperio de miseria intelectual. No les pongo nombres, pero seguramente seréis capaces, si tenéis un poco de conocimiento de la situación, de saber a quienes me estoy refiriendo.
Tenemos aquel movimiento que en los años 60 y 70 nació como un movimiento necesario de resistencia pedagógica y renovación metodológica bajo el franquismo. Un movimiento que ha terminado convirtiéndose con las décadas en una vicaría ideológica fosilizada. Pasaron de defender la escuela pública a convertirse en la guardia de corps de la desestructuración de los temarios. Su influencia en el ámbito catalán y su capacidad para dictar la «línea correcta» a generaciones de maestros ha sido devastadora. Han sustituido el aprendizaje riguroso por la autoindulgencia, elevando la espontaneidad del niño a dogma religioso y convirtiendo cualquier atisbo de exigencia, examen o memoria en un pecado capital contra su particular evangelio pedagógico.
Después tenemos a ese laboratorio privado que ha devorado, con su experimento, a la pública y a la privada-concertada. Se trata experimento de ingeniería pedagógica masiva de la última década. Nacido al calor de una determinada Fundación, la UNESCO y el apoyo de una Universidad online, este proyecto logró lo que parecía imposible. Persuadió a cientos de centros públicos para que dinamitaran voluntariamente sus estructuras, sus asignaturas y sus horarios para sustituirlos por el trabajo por proyectos sin base, las aulas sin paredes y el caos organizativo. Vendiéndose como la panacea de la innovación del siglo XXI, convirtieron las aulas y a sus alumnos en cobayas de laboratorio mientras las escuelas privadas de élite seguían enseñando matemáticas, lengua y ciencias con rigor a los hijos de quienes financiaban el invento.
No se puede entender el hundimiento conceptual de la educación sin seguir la pista del dinero. Hay Fundaciones que han sido el auténtico think tank de la devaluación educativa. Con un presupuesto envidiable, la cobertura de los grandes medios de comunicación y una capacidad de influencia directa sobre las Consejerías, llevan años emitiendo informes a la carta para justificar la rebaja de la exigencia, el regalar las promociones y la eliminación del valor de la nota académica. La paradoja es de un cinismo absoluto. En nombre de la equidad, han destruido el único instrumento que permitía al hijo de la clase trabajadora competir en igualdad de condiciones. Me estoy refiriendo al conocimiento.
También ha surgido en las redes los colectivos y asociaciones de «la militancia del mínimo esfuerzo». Aparecidos al calor de las redes sociales y del activismo de asamblea imperial, estos colectivos llevan la bandera de la inclusión y la emancipación para justificar el vaciamiento absoluto de los contenidos. Para esta rama del colaboracionismo, exigir que un chaval aprenda a redactar o a resolver una ecuación es una forma de violencia sistémica y de exclusión. Han logrado que la mediocridad se vista de progresismo y que el docente que intenta enseñar algo con rigor sea tachado de fascista, racista o, directamente, nazi.
Y, finalmente, existen esas plataformas que funcionan como correa de transmisión de los partidos de la órbita de la izquierda burocrática y de los sindicatos afines. Su papel nunca ha sido mejorar el aprendizaje de los alumnos, sino garantizar que la hegemonía cultural del pedagogismo no se mueva un milímetro del boletín oficial cuando mandan los suyos. Tienen sus cuotas de poder garantizadas en las comisiones de expertos, colocan a sus cuadros en las Direcciones Generales de Educación y reciben jugosas subvenciones públicas para organizar jornadas, publicar revistas ininteligibles y repartirse carnés de pureza metodológica.
Hay un patrón común que une a todos estos colectivos. Tienen el mismo sesgo ideológico, la misma fijación por el postureo y las mismas puertas giratorias.
Cuando el partido afín llega al gobierno autonómico o estatal, los miembros de estos grupos pasan mágicamente de firmar manifiestos a redactar decretos de currículum. Se adjudican contratos de formación del profesorado, monopolizan los Centros de Profesores y llenan las salas de actos vendiendo sus libros y sus aplicaciones de evaluación. Cuentan, además, con la complicidad absoluta de los grandes medios de comunicación, que abren sus portadas y sus programas de radio a sus portavoces para que nos vendan la educación del futuro mientras las estadísticas de comprensión lectora se hunden en la miseria.
Pero lo más sangrante no es el dinero público que absorben ni el espacio mediático que ocupan. Lo verdaderamente intolerable es que, en esos quintacolumnistas, hay docentes que traicionan a sus propios compañeros y, lo que es más sangrante, a sus propios alumnos.
Han actuado como comisarios políticos en las salas de profesores, señalando al docente tradicional, ridiculizando la lección magistral y presionando a los claustros para que se apunten a la última moda pedagógica subvencionada. Han vendido la ilusión de que se puede aprender sin esfuerzo, saber sin estudiar y progresar sin exigencia.
Las leyes cambian con las legislaturas, pero el entramado de estos colectivos permanece. Son el virus latente en el sistema. Y hasta que la resistencia (que, en este caso es mayoría) no señale sin complejos a estos colaboracionistas, seguiremos viendo cómo devoran la escuela desde dentro con la complacencia de quienes cobran por destruirla.
Finalmente deciros que, aunque el sesgo ideológico que os he comentado de estos quintacolumnistas sea siempre el mismo, no debemos olvidar que también existe su némesis en el otro lado. Una némesis menos interesada en experimentos pedagógicos y más interesada en meter cucharada en otros ámbitos.
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