Las métricas de 2025: cuando los números crecen y el ruido, también

Aprovechando que se acaba el año me apetece, al igual que hice más o menos por estas fechas el curso pasado (enlace), hablaros de las métricas del blog y de mis redes sociales. No por vanidad ni por obsesión con los números, sino porque cuesta comprender qué hay realmente detrás de ellos. Casi dos millones de visitas al blog (1.906.402 según awstats), cerca de nueve mil suscriptores al mismo a los que llega cada artículo que publico, veintidós mil seguidores en X (antaño Twitter) y unos ocho mil en Facebook, hace que a uno le entren mareos. Artículos que se comparten miles de veces. Textos que llegan a centros, claustros, universidades y conversaciones que nunca veré, pero que sé que existen.

No es poco. Y tampoco es algo que se viva con indiferencia.

Durante mucho tiempo escribí sin mirar estadísticas. Lo sigo haciendo, en realidad. Pero llega un punto en el que los números te miran a ti. Te interpelan. Te obligan a preguntarte qué estás haciendo, por qué llega a tanta gente y qué responsabilidad implica que tantos ojos se detengan en lo que escribes, aunque sea unos segundos.

Porque detrás de casi dos millones de visitas no hay solo clics. Hay docentes cansados leyendo de madrugada. Hay familias intentando entender qué pasa en las aulas. Hay alumnado que llegan de rebote. Hay personas que no están de acuerdo conmigo y aun así leen. Y también hay quien solo entra para buscar la frase exacta que confirme que merece la pena atacarte.

Eso también forma parte del paquete.

A medida que el alcance crece, algo curioso sucede: el ruido se concentra. No crece de forma proporcional. No se reparte. Se agrupa. Se vuelve más insistente. Más obsesivo. Más repetitivo. Un grupúsculo muy concreto, englobado en un determinado colectivo, ha decidido que su papel en todo esto no es debatir, ni argumentar, ni construir nada parecido a una conversación. Su rol es otro. Señalar, capturar, reinterpretar, caricaturizar y amedrentar.

Da igual que no se les nombre. Da igual que no se les responda. Da igual que no se les dé escenario.

Cuando alguien convierte el acoso en identidad, el silencio ajeno no le frena… lo enfurece.

Y no voy a fingir que no afecta. Sería mentir. Afecta porque detrás de una pantalla sigue habiendo una persona. Una que escribe sola, sin equipo, sin filtro previo, sin una red de protección más allá de su criterio y sus convicciones. Una persona que duda, que se equivoca, que rectifica y que, aun así, sigue escribiendo porque cree que merece la pena.

Hay días en los que los números pesan. Y no precisamente por orgullo.

Pesan porque te recuerdan que, cuanto más llegas, más expuesto estás. Que siempre habrá quien confunda influencia con permiso para hacer daño. Que algunos no leen para entender, sino para encontrar munición. Que hay gente que necesita enemigos para justificar su propia falta de contenido.

Lo paradójico es que, cuando uno mira el conjunto, ese ruido es mínimo. Ridículamente pequeño frente a todo lo demás. Frente a los mensajes privados agradeciendo un texto. Frente a los correos largos contando experiencias de aula. Frente a los «me ha ayudado» que no salen en ningún ranking. Frente a las personas que leen, piensan y siguen con su vida.

Pero el ruido existe. Y negarlo no lo hace desaparecer.

Así que escribo esto no como queja, sino como reflexión en voz alta. Porque quizá también forma parte de la honestidad reconocer que el llegar a mucha gente tiene un coste emocional. Y que ignorar no siempre significa que no duela. Solo significa que decides no convertir ese dolor en espectáculo.

Seguiré escribiendo. Seguiré pensando en voz alta. Seguiré equivocándome cuando toque y rectificando cuando sea necesario. No por los números. No por las visitas. No por las redes.

Voy a seguir escribiendo porque, a pesar del ruido, lo importante sigue siendo infinitamente más grande. Y porque si algo he aprendido en 2025 es que cuando lo que haces llega a tanta gente, parar por miedo sería conceder demasiado poder a quien no ha construido absolutamente nada.

Los números pasan. El ruido también. Lo que queda es lo que se escribe con sentido. Y ahí pienso quedarme.

Quería escribir olvidándome de los que, a toda costa, llevan muchos años intentando hacer(me) daño. No me apetece darles ni un minutos de gloria pero, si quiero ser totalmente sincero con los que os pasáis por aquí, debo hablar de ellos. De esa minoría de personajes cuya máxima es destruir, amenazar y señalar. Algo que es lo único que saben hacer… y solo en redes sociales porque, cuando coincides con ellos por determinados motivos, sus actuaciones en las redes desaparecen. Algo, por cierto, digno de estudio.

Nada. Simplemente comentaros que muchísimas gracias a todos los que os pasáis por aquí. Que vuelvo a tener insomnio (ya veis la hora de la publicación). Y que, como siempre digo, escribir me relaja más allá de las métricas aunque hoy, como hago cada fin de año, me apetece compartirlas con vosotros. Eso sí, ya os digo yo que no me vais a ver en ningunos premios de esos raros a los que a algunos les gusta mucho ir salvo, claro está, que incluyan spa, hotel y mucho dinero.

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Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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Un comentario

  1. Hola, querido Jordi. Es bueno revisar métricas cada en tanto, aprovechemos el fin de año para leer estos números nuestros, tuyos y de tus lectores. ¡Felicitaciones para ti y para TORREZNO 3PO! Gracias por el aporte a la docencia 2025. Abrazos cariñosos y mucha salud.

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