Encerrados en un instituto: el reality educativo que nadie se atreve a producir
Hay programas que no se explican, se padecen. La Casa de los Gemelos es uno de ellos. Un programa para internet donde se demuestra que, si juntas a un grupo de adultos sin nada que hacer, acabarán discutiendo por la leche, el turno del baño y quién ha mirado mal a quién. Un espectáculo innecesario, ruidoso y perfectamente prescindible. Como muchas cosas últimamente. Y sí, hablo de este programa porque tuve la mala suerte de tener veinte minutos sin nada que hacer hace un par de días y abrí Tiktok. Lo sé, podía haberme ido a ver en X los perfiles de «los de las capturitas», pero eso ya ha dejado de parecerme gracioso ni interesante.
Se trata de un programa, muy parecido a Gran Hermano, con un rango todavía mayor de «basura». No estoy hablando de las personas que hay ahí, aunque participar voluntariamente en estas cosas es (…). Hablo de la calidad del contenido. Pero, como bien sabéis, ver «basura» engancha (a diferencia de los programas culturales) y, por desgracia, esos veinte minutos se convirtieron en más del doble. Eso sí, no voy a volver a caer. Ya he hecho suficiente enganchando al programa a alguien que lo desconocía. Ahora que él decida si quiere seguir dedicando tiempo a la Isla de las Tentaciones o a esto.
Y viendo ese despropósito, no podía dejar de pensar en una idea aún mejor: la versión educativa.
El formato sería sencillo y barato. Nada de casas con jacuzzis. Nada de pruebas absurdas. Se encierra a un grupo representativo del ecosistema educativo actual en un centro real. De esos con goteras, timbres que no funcionan y alumnado que llega con sueño. Cada mañana, a las ocho y media, clase. Obligatoria. Sin excusas. Sin discursos. Sin PowerPoint motivacional.
El casting sería oro puro.
Un par de pedagogos de verbo infinito y contacto nulo con aulas reales. Gente que habla de aprendizaje significativo sin haber tenido nunca delante a un grupo de primero de ESO un lunes lluvioso. Un puñado de docentes de aula, los únicos que saben dónde se han metido, mirando al techo y preguntándose en qué momento aceptaron participar. Varios opinadores educativos de medios, expertos en solucionar la escuela desde una columna de opinión y una foto en blanco y negro. Y, por supuesto, influencers educativos, de esos que escriben con faltas mientras dan lecciones sobre pensamiento crítico y transformación pedagógica.
El primer día sería maravilloso.
Los pedagogos intentarían reorganizar el aula en círculos mientras el alumnado les pregunta si pueden sentarse ya. Descubrirían, con horror, que nadie aprende solo porque tú lo declares en voz alta. Que el conflicto no se disuelve con una infografía. Que el silencio no aparece porque lo pidas con palabras bonitas.
Los influencers buscarían desesperadamente el mejor ángulo para grabar contenido. Hasta que alguien les explicara que aquí no hay tiempo para repetir tomas, que no se puede parar la clase porque el mensaje no ha quedado inspirador y que el alumnado no está para hacer de figurante de nadie. El trauma sería profundo.
Los opinadores de tertulia durarían poco. En cuanto el alumnado les hiciera la primera pregunta incómoda, empezarían a hablar de contexto, de matices, de que esto no era exactamente lo que querían decir en su artículo. Al tercer recreo ya estarían pidiendo poder salir para hacer la tertulia en el plató.
Y los docentes de aula… esos aguantarían. Cansados, irónicos, sin ganas de espectáculo. Harían lo que llevan años haciendo… sostener el chiringuito mientras el resto teoriza, graba o sentencia desde fuera.
Por la noche, como en todo reality, llegarían las discusiones. No sobre educación, claro. Sobre egos. Sobre quién sabe más. Sobre quién tiene más seguidores. Sobre quién está siendo atacado. Porque en este programa, como en la vida real, nadie soporta verse reflejado en un aula cuando no controla el relato. Especialmente aquellos que solo hablan sobre ella y nunca la han pisado más allá de cuando fueron alumnos.
El experimento terminaría pronto. No por falta de audiencia, sino porque la realidad no es un formato amable. La escuela no admite postureo prolongado. Y dar clase cada mañana es un filtro infalible. Separa en días lo que años de discurso han sido incapaces de distinguir.
Al final, la gran lección del programa sería evidente para cualquiera con dos neuronas activas… hablar de educación es fácil… vivirla cada día, no tanto.
Pero tranquilos. Nunca veremos este programa. La mayoría de los participantes potenciales, siendo optimistas, no sobrevivirían a las primeras cuarenta y ocho horas. Y algunos descubrirían algo muy importante… que sin cámaras, sin titulares y sin seguidores, no tienen absolutamente nada que decir.
Demasiado real para emitirse en prime time. Demasiado real para compartirse por las redes sociales.
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