La necesidad de elevar la pedagogía al rango de ciencia… y tres propuestas para lograrlo

Son las seis de la mañana de un lunes más. Este fin de semana he cometido de nuevo el error de echar un vistazo a determinadas revistas de (supuesta) investigación educativa que se están pergeñando en nuestro país. Sí, ha sido un error porque me ha vuelto a venir toda la mala leche que siempre experimento al leer alguna de ellas. El panorama es desolador. Tenemos artículos sobre narrativas del espacio escolar, deconstrucción emocional del currículo y toneladas de literatura autorreferencial que no resistirían el más mínimo análisis de validez empírica o replicabilidad. En este 2026, la investigación que debería salvar a la escuela está estancada en un bucle de teorías abstractas de salón que se estrellan nada más abrir la puerta de un aula con veintimuchos alumnos.

Lo que más me chirría de lo anterior es que muchas de esas revistas parecen creadas para algunos para conseguir puntos para ANECA, obviando cualquier tipo de calidad en esas publicaciones. Y ya no entro en la necesidad de justificar por puro corporativismo, para algunos de los que escriben, la existencia del Grado en Pedagogía. No necesitamos una carrera generalista de cuatro años que sobrevuele la superficie de todo sin profundizar en nada; necesitamos reconvertir la disciplina en una especialización científica dura y transversal.

Si uno analiza las guías docentes vigentes del Grado en Pedagogía en la universidad, el diagnóstico es evidente. El currículo está saturado de asignaturas teóricas de corte decimonónico -como Teoría de la Educación o Filosofía de la Educación-, mientras que los créditos (ECTS) destinados a la estadística inferencial, al diseño experimental, a la psicología cognitiva del desarrollo o a la neurobiología del aprendizaje son residuales.

Al estudiante de Pedagogía se le enseña qué opinaban los teóricos del siglo pasado sobre el niño, pero se le oculta cómo funciona la memoria de trabajo, cómo se consolida la información en el lóbulo frontal o cómo diseñar un ensayo controlado aleatorizado para medir si un método de lectura funciona mejor que otro. El resultado es una fábrica de graduados que se incorporan al sistema armados con adjetivos poéticos pero desarmados en el análisis de datos. La educación no puede ser una cuestión de opiniones o de fe metodológica; tiene que ser una ciencia basada en la evidencia.

Reconvertir el espacio que hoy ocupa el grado generalista no es dejar la educación a ciegas; es elevarla al mismo nivel de exigencia y prestigio que la psicología clínica o la medicina. Mis propuestas serían tres. Sí, hago cada vez más propuestas porque tengo claro que la crítica sin más, o el decir que esto no funciona, es lo más sencillo y poco útil. Así pues, aquí las tenéis…

En primer lugar propondría la transformación del grado en un Posgrado de Alta Especialización (el modelo Qué antes del Cómo). Para investigar sobre cómo se enseña Matemáticas, Lengua o Física, el investigador debe dominar primero la materia prima. La pedagogía del futuro no debe ser un grado de acceso directo a los 18 años, sino un posgrado estricto de metodología de investigación y didáctica avanzada al que solo se acceda tras haber obtenido un grado en una disciplina científica o humanística dura. No se puede transferir el conocimiento que no se posee.

Otra de las cosas que haría es fusionarlo con la Psicología Cognitiva y la Neurociencia Experimental. La manera en que el cerebro humano procesa, almacena y recupera la información no debería ser un debate ideológico que dependa del Gobierno de turno; es una realidad biológica. La investigación educativa debe mudarse a los laboratorios de la psicología experimental. Si una metodología o una innovación de escaparate no es capaz de demostrar su eficacia mediante grupos de control, muestras aleatorias y análisis estadísticos robustos, no es ciencia; es marketing pedagógico.

Y, finalmente, la propuesta clave sería la creación de la figura del Profesor Investigador Residente (PIR). La investigación actual sufre un divorcio criminal con la trinchera porque se hace desde despachos con aire acondicionado. Proponemos un modelo donde los docentes de Primaria y Secundaria en activo, coordinados con departamentos universitarios de ciencias puras y algunas especialidades humanísticas, lideren los estudios empíricos directamente en sus aulas. La verdadera innovación nace del barro de la tiza, medida con rigor estadístico, no de la moqueta de la facultad.

Este texto ha salido del tirón, de madrugada y con un café que me ha sabido a más bien poco. La frustración de ver cómo se despilfarran fondos públicos en financiar estudios estériles sobre innovaciones cosméticas, al menos a mí, me duele. Me duele que el dinero de todos se dedique a pagar estudios que no sirven de nada, realizado por profesionales que no tienen ni una sola base para poder hacerlos y a los que nadie, por lo visto, ha enseñado qué y cómo se tienen que medir las cosas para mejorar la educación.

Si de verdad queremos salvar la educación y dotar al país de un sistema competitivo hay que sustituir la literatura de ciencia ficción pedagógica por el rigor científico. Hay que exigir datos, métricas, biología del aprendizaje y respeto a la trinchera. Ojalá hubiera menos teorías abstractas de diseño y más ciencia dura al servicio de la tiza.

Finalmente no puedo resistirme a comentar, debido a la enésima polémica sobre el máster de Secundaria de estos últimos días, que si el grado en Pedagogía ya tiene que reformularse completamente, el impuesto revolucionario para ser docente, al menos hasta que alguien le meta mano y lo dote de utilidad (o se cambie el modelo de formación inicial), debería desaparecer. Mantener algo que solo sirve para financiar a determinados departamentos de la universidad pública e inyectar dinero en algunas privadas, con nula utilidad para los docentes que entrarán en las aulas de nuestro país, es vergonzante.

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Un comentario

  1. Ayer justo estaba diseñando un test sobre identificar inteligencias múltiples y todo esto. Ahora te leo y sí, tienes razón, hay que hacer de las trincheras un laboratorio. Y publicar desde allí; para ir desmontando los mitos de los pedagogistas. Te invito a que sigas publicando entradas como éstas, en donde das líneas de investigación y preguntas disparadoras para los que nos gusta este mundo de la investigación docente. Fui docente universitario, enseñaba en escuelas de licenciatura, y hoy estoy en una institución educativa pública de nivel primario y secundario. Hoy me doy cuenta de lo desubicado que estaba (yo) en su momento, tratando de enseñar a futuros maestros, sin haber pisado las «trincheras». Me doy cuenta también de esa incongruencia pedagógica: el maestro universitario de licenciatura, que forma futuros maestros, no tiene experiencia en colegios. Gracias por tus entradas.

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