¿Por qué disculpamos a un mal albañil y linchamos a todo el cuerpo docente?

Este pasado domingo, mientras me tomaba un café charlando con una buena amiga que también es docente, ella soltó una genialidad en forma de desahogo que se me ha quedado clavada en el lóbulo frontal y que me ha servido de acicate para este artículo de hoy. Me preguntó por qué la sociedad generaliza de forma tan salvaje con nosotros para lincharnos y nadie se atreve a hacer lo mismo con un albañil o un fontanero. Si ellos cometen un error, la gente señala al individuo; si lo hacemos nosotros, la barra de bar tritura a todo el colectivo. Tenía toda la maldita razón del mundo.

Hagamos un ejercicio de honestidad brutal y pongamos el espejo frente a la hipocresía social. Si vas a una obra o contratas una reforma en casa y un albañil te levanta un tabique torcido o un fontanero te deja una tubería goteando, a nadie con dos dedos de frente se le ocurre salir a la calle a proclamar que todo el gremio de la construcción es una estafa, que los fontaneros son unos ladrones o que habría que disolver sus sindicatos. Se asume, con lógica elemental, que ese tipo concreto es un chapuzas o un mal profesional, y chimpún. Sigues respetando el oficio.

Sin embargo, con el colectivo docente las reglas del juego cambian de forma perversa. Si un docente se quema, comete un error en el aula o resulta ser un inepto, la sentencia de las tertulias, las redes y los comentarios de café es unánime y destructiva. Se generaliza y se dice… es que los docentes son unos vagos, trabajan cuatro horas, tienen tres meses de vacaciones y están sumamente bien pagados para lo que hacen. El error de uno se convierte mágicamente en la radiografía de todos.

Bajemos al barro de los datos y de la realidad estadística, esos que el cuñadismo nacional prefiere ignorar para no estropearse el titular. En el cuerpo docente, exactamente igual que entre los albañiles, los fontaneros, los ingenieros o los médicos, hay el mismo porcentaje exacto de trabajadores excelentes que se dejan la salud en el tajo, de currantes discretos que cumplen el expediente y de absolutos caraduras que viven de escaquearse. Ni uno más, ni uno menos. La condición humana y la picaresca no cambian porque lleves una tiza en la mano, un maletín de herramientas o una paleta de cemento.

Los docentes se ponen enfermos, sufren hernias, depresiones y ansiedad, y cogen el mismo porcentaje de bajas laborales en proporción que cualquier otro sector de la población activa. Lo hacen en proporción igual de bien e igual de mal que el resto de los mortales. La diferencia real es que la sociedad ha normalizado un tiro al blanco contra el docente que jamás se toleraría con un trabajador por cuenta propia o un obrero del metal. Se juzga el privilegio teórico del calendario escolar en lugar de evaluar el desgaste real de gestionar a cientos de adolescentes al día. Es la envidia social reconvertida en falsa crítica pedagógica.

Esta inercia nos ha llevado a una anomalía democrática insólita. El de ser la educación es la única profesión donde el criterio del especialista no vale nada ante la opinión de la masa. Nadie se sube al andamio a discutirle la mezcla de hormigón al jefe de obra, ni nadie se atreve a enmendarle la plana al fontanero sobre el diámetro de una bajante porque se asume que ellos poseen un saber técnico que el cliente ignora.

Al docente, en cambio, se le fiscaliza cada décima de la nota, se le cuestiona el método de lectura y se le rebate la autoridad en cualquier sobremesa como si la enseñanza fuera una actividad mística basada en la opinión y en el «yo también fui al colegio y sé cómo va esto». Hemos vaciado la profesión de respeto técnico para convertirla en el saco de boxeo de un país donde todo el mundo se cree con derecho a legislar desde el sofá.

Este artículo, como muchos de los que escribo, ha salido de las tripas, redactado del tirón con el café frío y después de otra noche más de insomnio. Que los guardianes de la corrección política y los tertulianos de salón se rasguen las vestiduras; el barro real de los centros educativos es este.

No somos misioneros, ni santos incorruptibles, ni una casta de privilegiados de la hamaca. Somos profesionales que ejercemos un trabajo especializado de alta responsabilidad. Trabajamos, nos lesionamos, acertamos y fallamos en la misma proporción que cualquier hijo de vecino. Menos generalizaciones baratas y más respeto al rigor, al oficio y al criterio de la tiza. Como mínimo, el mismo que se tiene por cualquier otra profesión porque, sinceramente, ¿conocéis la existencia de grupos de WhatsApp para cuestionar a albañiles o fontaneros? Yo no conozco ninguno.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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