Hay mucha gente que pasa por nuestra vida… y muy poca que se queda
Llevo varios días pensando en la gente que ha pasado por mi vida. No sé muy bien por qué ahora. Quizás sea por haber reorganizado la agenda de contactos de WhatsApp, o por esas noches de insomnio en las que mi cabeza empieza a rebuscar recuerdos sin que nadie se lo haya pedido.
Y entonces me empiezan a aparecer nombres. Personas que en su momento estaban en todas partes. En los recreos, en los cafés, en los lugares en los que he trabajado, en las conversaciones de cada día. Gente con la que parecía imposible perder el contacto. Gente con la que daba por hecho que seguiría cruzándome durante años.
Pero no. La mayoría ya no están. No pasó nada grave. No hubo una discusión monumental ni un portazo final. Simplemente la vida siguió su curso, que es una forma elegante de decir que cada uno acabó en una dirección distinta. Y cuando te das cuenta, han pasado años. Muchos.
Lo curioso es que las personas no desaparecen de golpe. Antes de irse del todo quedan flotando en una especie de zona intermedia. Sigues teniendo su número. A veces te sale una foto suya en redes o resulta que son conocidos de alguien que entra nuevo en tu vida. Incluso piensas alguna vez eso de «tenemos que quedar un día».
Pero casi nunca pasa. Hasta que un día cualquiera llega un mensaje. Un «¿qué tal?» o alguna fórmula parecida. Nada más.
No es incómodo. Tampoco especialmente cercano. Es simplemente un pequeño recordatorio de que esa persona existe y de que, en algún momento del pasado, compartiste algo con ella. Durante unos segundos vuelven recuerdos que llevaban tiempo dormidos. Vuelven conversaciones, anécdotas y sitios comunes.
Luego, el chat vuelve a quedarse en silencio. Y la vida sigue.
Con el tiempo uno acaba entendiendo algo que al principio cuesta aceptar. Cuesta aceptar que la mayoría de las personas que pasan por nuestra vida no están destinadas a quedarse. Durante un tiempo pensamos que sí, que algunos vínculos van a durar siempre. Pero el siempre tiene una costumbre bastante fea. La costumbre de no cumplirse casi nunca.
Lo normal es que la gente esté durante una etapa. Un curso. Un trabajo. Un proyecto. Un barrio. Un momento concreto en el que nuestras vidas coincidieron.
Después todo cambia. Las rutinas cambian, los horarios cambian, las prioridades cambian. Y cuando todo eso cambia, muchas relaciones simplemente se quedan atrás. No porque fueran falsas, sino porque pertenecían a ese momento.
A mí antes esto me parecía triste. Ahora me parece triste y lógico. La vida funciona así. Como un camino por el que vas avanzando mientras la gente entra y sale constantemente. Algunos caminan contigo durante un rato corto. Otros durante varios años. Y unos pocos -muy pocos- siguen ahí pase lo que pase.
Esos son otra historia. Son los que no necesitan un mensaje de vez en cuando para demostrar que siguen estando. Los que aparecen sin ceremonias. Los que pueden pasar meses sin hablar contigo y aun así, cuando vuelves a verlos, todo sigue en su sitio.
Esos no abundan. Pero cuando los tienes, lo sabes.
Quizá por eso ya no miro hacia atrás con nostalgia amarga cuando pienso en la gente que se fue. Prefiero verlo como parte natural del recorrido. Cada persona que estuvo dejó algo, aunque fuera pequeño. Me dejaron una forma de pensar, una conversación que todavía recuerdo, una etapa que no habría sido igual sin ella.
Incluso los que hoy solo caben en un mensaje breve formaron parte de la historia. Y eso, aunque a veces se nos olvide, también cuenta. Porque la vida no se mide solo por quienes permanecen, sino también por todos los que, durante un tiempo, caminaron a tu lado antes de seguir su propio camino.
Y sí, la mayoría se va, pero los pocos que se quedan hacen que todo lo demás tenga sentido.
Este es el artículo que había querido escribir ayer y no hice porque, por desgracia, en ocasiones me olvido de que esto, por mucho que os paséis un porrón de gente por aquí, es solo mi bitácora personal. Una bitácora personal que me permite expresar en voz alta muchas cosas porque, aunque a veces nos olvidemos de ello, lo importante no es lo que pasa en nuestro devenir profesional. Lo más importante es todo aquello que sucede fuera de ese ámbito que, en el caso de los que nos dedicamos (no solo) a la educación, también se imbrica en relaciones personales que establecemos ahí.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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