¿Debemos no hacer ciertas cosas porque haya parte del alumnado que no pueda hacerlas?

Llevo muchísimo tiempo leyendo determinados argumentos, procedentes especialmente de las Facultades de Ciencias de la Educación (no por todo su profesorado, pero sí por el más mediatizado) y por parte de algunos compañeros (también, curiosamente, los que más se ven en los medios), en los que defienden que, por ejemplo, “no pueden mandarse deberes porque hay alumnado que no tiene el apoyo en casa para hacerlos”. Y, sinceramente, me parece un mal argumento. Y ahora os explico, siempre desde mi punto de vista, el porqué.

Si tenemos que restringirnos a la situación del alumnado más vulnerable, estamos atentando contra el derecho de que el alumnado que pueda llegar a más lo haga. Mandar tareas para casa no es una afrenta al alumnado más vulnerable. La afrenta al alumnado más vulnerable es el no disponer de más recursos en los centros educativos, establecer un sistema de apoyo para esas familias o, simplemente, dejarles fuera de determinadas cuestiones curriculares por motivos económicos. Eso sí que sería segregación. Otra cuestión muy diferente es que se impida hacer algo porque haya alumnado que no pueda hacerlo. ¿Os imagináis que no se pudiera hacer ningún tipo de actividad en un centro educativo porque esa actividad exige una determinada situación externa e imposible de controlar por parte de los docentes? Lo sé. Es una putada pero, ¿veis lógico que debamos restringir la educación solo al alumnado más vulnerable? Y no, no estoy diciendo, como algunos tergiversarán… ¡qué se jodan! No estoy diciendo eso.

En las aulas tenemos alumnado con diferente tipo de mochilas de partida. Y debemos trabajar para que todo el alumnado llegue a su máximo potencial de aprendizaje. Si entendemos la inclusión como la personalización del aprendizaje, ¿por qué nos rasgamos las vestiduras cuando planificamos actividades educativas diferentes para cada tipo de alumnado? No todo el alumnado llega a los mismos aprendizajes al mismo tiempo. No pasa nada. Lo que debemos hacer es suministrar inputs para que todo el alumnado consiga llegar al máximo de aprendizajes que pueda llegar. Algo que incluye, en ocasiones, hacer eso tan políticamente incorrecto como es ayudar por arriba y por abajo. Sin olvidarnos de ese nutrido grupo de alumnado que, por culpa de determinadas ensoñaciones pedagógicas, siempre quedan al margen de todo porque les cortamos las alas para que lleguen mucho más allá de lo que el sistema les permite de partida. Mucho alumnado que, curiosamente, viene de entornos muy vulnerables.

Estos días se ha criticado el modelo de la escuela Michaela que ha vuelto a salir en los medios (enlace). Una escuela a la que va alumnado de familias muy vulnerables y que, mediante un modelo de trabajo muy rígido, ha conseguido ser una de las escuelas cuyo alumnado saca mejores calificaciones. Algo que me lleva a preguntarles a esos que lo critican una cosa muy simple… ¿qué pasaría con ese alumnado si fuera a una escuela sin esa metodología? No, no me escondáis la respuesta. Decídmelo. Ya os lo digo yo. Ese alumnado más vulnerable, con otro tipo de metodología y estrategias, no hubiera tirado para adelante. En nuestro país hubiera acabado en una FP Básica y, con suerte, habrían continuado en un Ciclo Formativo. Algo que algunos hubieran denominado éxito. Pues no. Eso es un fracaso. Lo que es un éxito para ese alumnado es que acabaran siendo titulados universitarios y su estatus social mejorara respecto al punto de partida. Algo que haría que sus hijos ya tuvieran unas expectativas mucho más altas de partida que ellos. ¿Es inclusión? Para mí, sí. Con matices, claro está.

¿A qué venía lo de meter Michaela aquí? Pues a que tenemos alumnado muy diverso en las aulas y, por desgracia, esa diversidad en ocasiones no puede trabajarse tal y como plantean algunos. Menos aún cuando los recursos son limitados o, en caso de que existan, el modelo de uso de los mismos solo se dirige a un determinado modelo de alumnado. Alumnado que, por desgracia, lo va a tener muchísimo más difícil. Pero, ¿debemos de dejar de hacer cosas en el aula porque todo nuestro alumnado no llegue a ellas? ¿Debemos de dejar de exigir? ¿Debemos dejar de mandar deberes porque habrá alumnado que no los haga? ¿Debemos tolerar más o menos ciertas cosas en función del contexto en el que ha tenido la (mala) suerte de nacer nuestro alumnado? Creo que esto debería hablarse de forma mucho más seria que este artículo incoherente porque, al final aunque algunos estén en contra de usar la educación como ascensor social, es la única forma que tenemos de evitar que se perpetúe el contexto social en el que vive parte de nuestro alumnado.

Sé que me vais a decir que “lo importante son los padres, los dineros y la casa en la que nazca uno”. El problema es que si nos quedamos con eso y pasamos del alumnado más vulnerable, falsificando burocráticamente sus resultados de aprendizaje, estamos perpetuando el modelo social que, curiosamente, deberíamos romper desde el aula. O, al menos, dentro de nuestras posibilidades, intentar que los hijos vivan mucho mejor que sus padres, teniendo más oportunidades y den más oportunidades a sus hijos.

No sé si me he explicado. Espero que sí. Pero no me hagáis mucho caso. Seguro que algunos van a entender lo que les dé la gana.

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