En educación nos gusta enamorarnos de los lemas

Hay una frase que define bastante bien cómo funciona buena parte del debate educativo. Y esta frase es que «en educación nos gusta enamorarnos de los lemas».

Nos encantan. Nos seducen. Nos parecen irresistibles. Basta con que una idea llegue envuelta en un eslogan brillante, una presentación con iconos de colores y alguna palabra en inglés estratégicamente colocada para que medio sector educativo sienta que está ante algo profundamente trascendental.

Los lemas tienen algo hipnótico. Simplifican problemas complejos, prometen soluciones elegantes y, sobre todo, permiten tener opinión rápida sobre asuntos que en realidad exigirían bastante más tiempo, matices y reflexión. La educación, como cualquier otro ámbito social, está llena de frases que suenan extraordinariamente bien. «Centrar el aprendizaje en el alumno». «Transformar la escuela». «Reimaginar la educación». «Innovar en el aula». Nadie puede estar en contra de algo así. Sería como declararse públicamente a favor del aburrimiento, la rutina o el atraso pedagógico.

Por eso los lemas funcionan tan bien. El problema es que los lemas tienen una característica incómoda… cuanto mejor suenan, menos explican.

Y entonces ocurre algo bastante curioso en educación. Durante un tiempo, determinadas palabras empiezan a repetirse con una intensidad casi litúrgica. Aparecen en documentos, en artículos de opinión, en charlas educativas, en redes sociales, en proyectos de centro y en presentaciones. Se repiten tanto que terminan adquiriendo una especie de aura incuestionable. Quien las utiliza parece moderno. Quien las cuestiona parece sospechoso.

Mientras tanto, en otro rincón de internet, el algoritmo hace exactamente lo mismo con otros fenómenos.

Hace unas semanas, por ejemplo, medio internet descubrió la existencia de los therian. Adolescentes que sienten una conexión identitaria con determinados animales y que, en algunos casos, lo expresan con máscaras, movimientos o vídeos en redes sociales. El descubrimiento fue repentino, intenso y, por supuesto, dramático. De repente, parecía que el futuro de la humanidad dependía de entender qué estaba ocurriendo con ellos.

Aparecieron vídeos virales, titulares alarmistas, tertulias preocupadísimas y expertos improvisados que analizaban el fenómeno con la gravedad de quien cree estar asistiendo a un cambio antropológico histórico. Durante unos días el asunto parecía omnipresente.

Y luego pasó lo de siempre. El algoritmo se cansó. Los therian dejaron de aparecer en el feed, los debates se trasladaron a otra cosa y la conversación colectiva siguió su camino hacia la siguiente obsesión digital. No porque el fenómeno hubiera desaparecido, sino porque ya no resultaba tan excitante.

La lógica es curiosamente parecida a la que gobierna muchas discusiones educativas.

Durante un tiempo parece imprescindible hablar de determinados conceptos, repetir determinadas palabras o alinearse con determinados discursos. Las frases circulan con una facilidad pasmosa. Se comparten, se citan, se aplauden. Funcionan muy bien porque condensan ideas complejas en expresiones breves, contundentes y fácilmente compartibles.

El problema aparece cuando el lema empieza a sustituir al pensamiento, porque educar y reflexionar sobre educación es una actividad profundamente incómoda para las frases redondas. Implica contexto, contradicciones, experiencia, evidencia, ensayo y error. Implica aceptar que las soluciones simples suelen ser insuficientes y que los problemas educativos rara vez caben en una diapositiva con cuatro iconos y una flecha ascendente.

Pero claro, eso no se viraliza.

Un lema sí. Un vídeo de quince segundos también. Un titular alarmista, por supuesto.

Por eso cada cierto tiempo asistimos a pequeñas tormentas mediáticas en torno a fenómenos que, durante unos días, parecen explicar el estado del mundo. Los therian han sido uno más en esa larga lista de descubrimientos repentinos que internet hace cada pocas semanas. Durante un breve periodo de tiempo todo el mundo tiene algo que decir. Se multiplican los análisis, las opiniones rotundas y las interpretaciones apresuradas. Luego llega la siguiente distracción colectiva y el ciclo vuelve a empezar.

Mientras tanto, en las aulas, la realidad sigue siendo bastante menos espectacular. Docentes que preparan clases, alumnos que aprenden con mayor o menor entusiasmo, problemas que se resuelven a base de paciencia y experiencia, decisiones pedagógicas que rara vez caben en una frase brillante.

Porque la educación, como casi todo lo importante, funciona mal cuando se reduce a eslóganes. Y sin embargo seguimos cayendo una y otra vez en la misma tentación… seguimos enamorándonos de los lemas.

Quizá porque los lemas son cómodos. Dan sensación de claridad, de pertenencia, de estar en el lado correcto del debate. Permiten posicionarse rápido y discutir sin tener que entrar en terrenos demasiado complejos. Pero la educación nunca ha sido sencilla. Ni lo será. Por mucho que intentemos explicarla con frases bonitas. Por mucho que nos empeñemos en resumirla en un lema.

Porque al final, cuando el ruido se apaga, los algoritmos se cansan y las tendencias pasan, lo que queda no es el eslogan. Lo que queda es el aula. Y el aula, por suerte o por desgracia, nunca ha funcionado demasiado bien a base de lemas.

He escrito en otras ocasiones sobre este tema, pero creo que debemos recordarlo cada cierto tiempo. Y más cuando parece que todo (no solo) en educación va cada vez más rápido.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

¿Te ha gustado el artículo? Apoya mi trabajo invitándome a un café.

Support me on Ko-fi

Descubre más desde XarxaTIC

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *