Hoy no he comido paella y, a pesar de ello y el anuncio previo en Twitter, no voy a escribir nada incendiario. Bueno, sé que escriba lo que escriba, siempre va a haber alguien que se lo va a tomar a mal porque, como ya sabéis, unos se llevan la fama y otros cardan la lana. Y, curiosamente, resulta que siempre se acaba culpabilizando al menos culpable de todo el asunto. No lo digo solo por mí. Lo digo por ser la tónica habitual en las redes sociales, especialmente cuando se debate acerca de temas educativos. Docentes con muy buena fe a los que se les echan determinadas jaurías, alentadas siempre por aquel que «va de bueno» y es un hijoputa de los más gordos. No doy nombres porque, al final, cada uno entiende lo que quiere entender.

Mi currículum no es quién soy. Tampoco lo son mis múltiples fiascos en mi profesión, mis limitados aciertos o mi incapacidad de callarme ciertas cosas. Lo anterior no me hace mejor profesional y, muchísimo menos, mejor persona. Tampoco peor. Eso debería quedar claro a más de uno de los que se pasan por aquí buscando no se sabe qué. Quizás ese sparring con el que jamás se atreverían en espacios abiertos frente a frente. Es que, como dijo alguien hace unos pocos días, verse fuera de los focos o las redes, acobarda a más de uno. Y no estoy hablando de repartir mamporros. Estoy hablando de otra cosa.

Nunca he manipulado una noticia. Me han colado bulos. He intentado, una vez me he dado cuenta de algunos, intentar revertir el daño que había colaborado a hacer. No ha sido posible. Además, en mi caso, la opinión de un simple docente con blog y Twitter no debería tener un mayor recorrido. El problema es que algunos sacan recorrido a lo anterior o le dan un valor que no tiene. Tiene más valor lo que puede hacer alguien sin redes sociales que ejerce un cargo político que lo que pueda decir, por ejemplo, alguien con un millón de seguidores. Si se da importancia a lo que dice esa persona por tener el número de seguidores que tiene es que, quizás y solo quizás, se esté valorando lo que no toca. Vale para educación o para cualquier ámbito profesional. Ni el que más grita, ni el que más acólitos tiene, ni los que van más de bolos, son ejemplos de nada. Trincan pero no pintan. Trincar sin pintar, por suerte es lo que nos salva de la hecatombe educativa.

A veces hablo de mi lugar de trabajo. Lo hago en muy pocas ocasiones y, salvo un caso concreto de hace cuatro cursos, intento hablar de cosas más generales. De cosas que sé, de cosas que intuyo, de cosas que, al fin y al cabo, están relacionadas con mi forma de entender la profesión. Una forma, como he dicho en más de una ocasión, tan acertada o equivocada como la de cualquiera. Lo que sí que no voy a hacer es hacer gala de hipocresía diciendo A y después haciendo B. Es que me parece de una sinvergonzonería absoluta. Bueno, de mala persona. Ya no entro en la profesionalidad pero es que lo de vender hacer una cosa, mientras que fuera de las redes sociales haces otra, es algo que me disgusta profundamente. Y hace que deje de creer en ciertas personas. Algo que me está sucediendo últimamente con demasiada asiduidad.

Cuando os explico algo de mí, lo estoy diciendo porque me apetece contároslo. Cuando hablo/reflexiono en voz alta es porque me apetece reflexionar en voz alta. Cuando envío a alguien a la mierda es porque, lamentablemente, estoy harto de servir de saco de boxeo de algunos sin argumentos. Pero, al final, no tiene un mayor recorrido el asunto porque, por suerte, mi vida empieza (o más bien sigue) tras el teclado. Una vida que, salvo la pequeña mentirijilla acerca de mi fabuloso aspecto físico, tiene cosas que cuento y cosas que no. Pero tened por seguro que lo que os cuento es verdad. O al menos son las cosas tal y como las veo en cada momento. Momentos de foto finish y por tanto contaminadas por el tiempo. Momentos y reflexiones que evolucionan porque, por suerte, todos evolucionamos. Bueno, algunos involucionan pero tampoco tengo que aguantarlos cerca.

Estoy es lo que hay. Un docente que mañana, con todas las limitaciones que tengo, va a intentar hacer bien su trabajo. Un padre que intenta hacerlo lo mejor que puede/sabe. Una persona como tantas otras que, en definitiva, podría escribir o no y tener o no cuenta en las redes sociales. Así pues ya sabéis qué hay. Bueno, algunos ya lo sabíais. Tampoco me escondo mucho.

Por cierto, os he puesto en el post para ilustrarlo, la foto de un gatito. So cute, como dirían en inglés. Así ya habréis empezado a leerlo de otra manera. 😉