Rodearse de gente bonita es la diferencia entre resistir o rendirse

Son las seis de la mañana y debo confesaros que, por desgracia, es otra de esas noches de insomnio de las que ya van cientos en los últimos años. Por suerte, aunque parezca algo extraño por otras cuestiones que me afectan a nivel físico, no lo sufro demasiado en mi devenir diario. Creo que mi cuerpo se ha acostumbrado a ello. Mi mente quizás no tanto. Pero bueno, hoy no iba a hablar de eso. Hoy me he levantado con ganas de escribir acerca de algo que, tiene quizás poco que ver con temas educativos, pero mucho con algo mucho más importante: la importancia de rodearte de gente bonita.

Con los años uno descubre que no siempre es el trabajo, las obligaciones o los problemas los que más pesan, sino la soledad. Y no hablo de estar solo físicamente, que eso a veces hasta se agradece, sino de sentirse solo aunque estés rodeado de gente. Ese vacío se llena con algo que no tiene precio. La compañía de personas bonitas.

No bonitas de cara, ni de escaparate, ni de postureo. Bonitas en lo esencial. Bonitas porque saben escucharte sin mirar el reloj, porque entienden cuando te encierras sin dar explicaciones, porque están incluso en los silencios incómodos en los que no sabes ni qué decir.

En mi vida, esas personas han sido pocas, pero han marcado más que cualquier logro profesional. He pasado épocas en las que el ruido de fuera parecía capaz de engullirlo todo, y lo único que me sostuvo fue un mensaje inesperado, una llamada a destiempo o un café compartido en el momento exacto. Nunca saldrá en ninguna red social, pero ese gesto mínimo tuvo más valor que mil likes.

A veces me pregunto por qué nos cuesta tanto reconocer la importancia de esas personas. Nos llenamos la boca con proyectos, con éxitos laborales, con objetivos cumplidos… y olvidamos que sin alguien a tu lado todo eso sabe a poco. Da igual que sea familia, amigos o alguien que llegó tarde a tu vida. Lo que importa es que esté, y que te recuerde quién eres cuando tú mismo lo olvidas.

Lo curioso es que la gente bonita no suele darse cuenta de que lo es. No necesitan ponerse medallas ni repetir que te apoyan. Simplemente lo hacen. Y cuando echas la vista atrás, ves que esas personas han sido el hilo que ha mantenido todo en pie. No los grandes titulares, no los momentos épicos, sino los detalles pequeños que a veces pasan desapercibidos.

Quizá lo escribo hoy por lo que os he dicho al principio. Quizás también porque sigo viviendo en un mundo de prisas, correos, tareas y ruido digital. Y en medio de eso, lo que me salva sigue siendo lo mismo. Tener cerca gente que me hace sentir que todo esto tiene sentido. Que no me mide (solo) por lo que produzco, sino por lo que soy.

Me gusta pensar que, en el fondo, rodearse de gente bonita es una forma de educación vital. Aprendemos de ellos sin darnos cuenta. Nos enseñan a parar, a escuchar, a acompañar. Y también nos invitan a ser, cuando toque, esa persona bonita para alguien más. Porque no se trata solo de recibir, sino de devolver.

Al final, la vida se reduce a eso. A cuidar los vínculos que importan y dejar pasar el ruido que sobra. Y si hay algo que merece la pena, es mirar alrededor y ver que no estás solo en la batalla diaria. Que, incluso cuando todo parece cuesta arriba, alguien camina contigo.

Así que sí, rodearse de gente bonita no es un lujo ni una frase cursi. Es la diferencia entre resistir o rendirse. Y eso, a ciertas alturas de la vida, se convierte en lo más valioso que uno puede tener.

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