Los docentes de antes eran mejores que los de ahora… o quizás no…

Sé que es muy peligroso hacer un ciertas preguntas en voz alta. Sé que lo fácil sería escribir en un tono neutro que contentase a todo el mundo. Especialmente si lo que pretendiera es un número abultado de lectores o, simplemente poder tener un modelo de reacción más calmado a las líneas que escribo. Pero no va con mi manera de ser. Nunca lo ha ido. Así que, como a estas alturas de la vida de uno lo único que se puede hacer es cambiar ligeramente, manteniendo lo que se ha hecho a nivel de evolución personal, voy a ponerme, de nuevo, en camisa de once varas hablando de un tema controvertido… el de si los docentes de antes eran mejores que las nuevas hornadas de docentes que van poblando, de una forma cada vez más masiva, los centros educativos.

En conversaciones informales, redes sociales, artículos de opinión e, incluso dentro de los propios centros educativos, son muchas las veces que puede llegarse a oír, especialmente en el grupo de «dinosaurios» (entre los que me encuentro, aunque temporalmente no esté en un centro educativo), la frase de que «los docentes de antes eran mejores». Frase que viene acompañada de ese tono entre nostálgico y condescendiente que sugiere que, en algún momento del pasado, todo funcionaba mejor.

Pero claro, cuando uno rasca un poco más allá de la superficie, la pregunta deja de ser tan simple como parece porque, al final, la respuesta es imposible de obtener, ya que los docentes de antes trabajaban en un contexto radicalmente distinto. Un contexto que, visto desde hoy, les facilitaba enormemente muchas cosas que ahora se han vuelto extraordinariamente complejas.

No es que los docentes de antes fueran mejores, es que tenían muchos menos obstáculos. Y si queréis, ya podéis acabar la lectura aquí porque lo que viene a continuación es solo un desarrollo de la propia respuesta.

Durante mucho tiempo, los docentes no tenían que construir su autoridad dentro del aula. Le venía dada. Era algo casi implícito en el rol, respaldado por familias, por la institución y por una sociedad que no contemplaba, ni de lejos, la posibilidad de cuestionar sistemáticamente a quien estaba al frente de la clase. El alumnado obedecía, en la mayoría de los casos, no tanto por convencimiento como por una mezcla de hábito, presión social y ausencia de alternativas.

Eso no significa que no hubiera docentes excelentes y con una capacidad enorme para enseñar. Pero también implica reconocer algo que rara vez se dice en voz alta… el sistema protegía incluso a quienes no lo eran tanto. Hoy esa red de protección prácticamente ha desaparecido. Y no, no es una exageración.

El docente actual no solo transmite conocimientos. De hecho, esa es probablemente la parte más sencilla de su trabajo. Bueno, sencilla hasta un cierto punto ya que, aunque algunos lo denosten, solo se puede enseñar cosas que uno sabe. Y que sabe muy bien.

Hoy tiene que gestionar conflictos, interpretar realidades familiares complejas, atender a una diversidad cada vez más amplia, integrar herramientas digitales que cambian constantemente, diseñar experiencias de aprendizaje que compitan con estímulos externos infinitamente más atractivos y, además, hacerlo todo bajo la lupa permanente de familias y opinión pública. Y todo esto ocurre en un contexto donde el aula ya no es el centro del mundo del alumnado.

Ahora el docente compite con plataformas, algoritmos, pantallas y dinámicas de consumo inmediato que hacen que cualquier explicación tradicional parta, de entrada, en clara desventaja. Por tanto, comparar esto con lo que ocurría hace décadas no es solo injusto. Es, directamente, irrelevante.

Hay algo también especialmente paradójico en el momento actual que rara vez se aborda con la suficiente claridad. Nunca se le ha pedido tanto al profesorado como ahora. Se le exige innovación constante, atención individualizada real, inclusión efectiva, desarrollo competencial, educación emocional, integración tecnológica y resultados medibles que, además, deben ser visibles casi de inmediato.

Sin embargo, al mismo tiempo, se ha erosionado de forma notable su capacidad de decisión y su reconocimiento social. Se cuestionan metodologías sin haber pisado un aula en años, se opinan decisiones profesionales desde la barra de un bar o desde un hilo de Twitter y, en demasiadas ocasiones, se convierte al docente en el chivo expiatorio perfecto de todo lo que no funciona. Es una especie de ecuación imposible. Cada vez más responsabilidades con cada vez menos margen real de actuación.

Cuando alguien afirma que «antes se enseñaba mejor», conviene detenerse un momento y preguntarse exactamente a qué se refiere. Porque ese pasado que se idealiza también incluía metodologías rígidas, escasa atención a la diversidad, un peso enorme de la memorización, altas tasas de abandono escolar y modelos disciplinarios basados más en el control que en el aprendizaje significativo.

¿Funcionaba? Sí, para algunos. ¿Era mejor? Depende de lo que entendamos por “mejor”.

Si lo que se busca es silencio, orden y cumplimiento, probablemente aquel modelo resulte más atractivo. Pero si hablamos de equidad, desarrollo de competencias o adaptación a realidades diversas, la comparación empieza a hacer aguas. Y ojo, que para parte del alumnado ese modelo funcionaba muy bien. Incluso funcionaba bien para la propia sociedad a la hora de incorporar esos perfiles profesionales a determinados puestos de trabajo.

El verdadero problema no es si los docentes de antes eran mejores o peores. El problema es que seguimos analizando la educación actual con parámetros que pertenecen a otra época, como si nada hubiera cambiado, como si el contexto social, tecnológico y cultural fuera el mismo. Y claro, desde ahí, todo parece ir a peor.

Pero quizá la realidad sea otra. Quizás no es que el profesorado haya empeorado, es que el entorno se ha vuelto mucho más complejo y exigente, y seguimos sin ajustar ni las expectativas ni las condiciones a esa nueva realidad.

Tal vez la pregunta que deberíamos hacernos no es quién lo hace o hacía mejor. Tal vez la cuestión de fondo sea mucho más incómoda. Tal vez la pregunta que deberíamos plantearnos es si estamos dando a los docentes actuales las herramientas, el respaldo y las condiciones necesarias para poder hacer bien su trabajo. Algo que tiene mucho que ver con la concepción de la educación y la propia sociedad en su conjunto. Una sociedad que nada tiene que ver con la sociedad de los ochenta. Una sociedad que ha mejorado en cosas y también ha empeorado en otras.

Idealizar el pasado siempre es tentador, sobre todo cuando el presente resulta complejo. Pero en educación, esa idealización no solo es simplista, sino que puede ser profundamente injusta. No, los docentes de antes no eran mejores. Simplemente enseñaban en un mundo que ya no existe.

Quizá lo realmente incómodo no es aceptar que el mundo ha cambiado, sino asumir que seguimos exigiendo resultados de otro siglo a profesionales que trabajan en este.

Finalmente, para que nadie malinterprete este artículo voy a hacer alguna aclaración importante. No se dice en ningún momento del mismo que el modelo de aula de antaño fuera maravilloso o nefasto. No se dice en ningún momento que no se deba hacer una crítica de lo de ahora. Es que, por desgracia, sé que algunos irán a lo fácil y entenderán lo que les dé la gana cuando, simplemente, hoy lo único que digo es que no se pueden comparar dos contextos diferentes, especialmente en ciencias humanas, sin adecuar los parámetros de medida.

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