Cuando la política asfixia la educación…
Si algo cansa a quienes llevamos décadas trabajando en el ámbito educativo, lidiando con la cruda realidad de las aulas y habiendo conocido, por «desgracia», la zona gris, es comprobar, año tras año, que la educación en este país no se diseña en función de las necesidades del alumnado ni del criterio técnico de los docentes. Se cocina en los comités de campaña. Se decide en despachos por parte de sectarios de partido que ven los colegios e institutos como laboratorios de ingeniería social y campos de batalla electoral.
Voy a hablar claro y sin la hipocresía habitual de algunos. Tomar decisiones ideológicas en el ámbito educativo es la mayor lacra que arrastra nuestro sistema. Una auténtica miseria política que destruye el rigor curricular, revienta la convivencia en los centros y condena a los docentes a ser meros ejecutores de la última cruzada doctrinal del gobierno de turno.
Cada vez que un nuevo equipo aterriza en el Ministerio o en las Consejerías, la prioridad nunca es arreglar las ratios salvajes, dotar de recursos reales a la inclusión o climatizar las aulas tercermundistas donde los chavales se asan en septiembre y junio. Qué va. Eso exige presupuesto, gestión y bajarse al barro de la gestión eficiente. Lo primero que hacen es sacar el rodillo ideológico para dejar su huella escrita en el Boletín Oficial, cambiando los currículos para amoldar la historia, la lengua o la filosofía a su particular cosmovisión del mundo.
¿Andan perdidos? Por supuesto. Pero les da exactamente igual. Sustituyen el conocimiento estructurado y el rigor intelectual por doctrinas de partido y debates de ingeniería social que importan un bledo en la vida diaria de un centro. Diseñan planes de estudio donde lo prioritario no es que un alumno de quince años sepa redactar un texto sin faltas o resolver una ecuación de segundo grado, sino que repita como un loro los mantras colectivos que ellos han decidido que son buenos y, en ocasiones, progresistas. Han convertido el saber en un supermercado de consignas vacías, infantilizando el aprendizaje para asegurarse una masa dócil e incapaz de ejercer la verdadera contra el poder. Esa que da el pensamiento crítico abstracto.
Lo más vomitivo de esta deriva es el absoluto desprecio que la clase política muestra hacia el profesorado, al que utilizan como escudo humano en sus guerras culturales. Si gobiernan los de un color, te obligan a rellenar informes kilométricos con perspectiva de género hasta en los problemas de física; si gobiernan los del signo contrario, borran de un plumazo términos enteros, persiguen lenguas cooficiales o te imponen censuras veladas bajo el pretexto de la libertad.
Es una dinámica enfermiza de revancha y esquizofrenia normativa. El docente se encuentra en medio de un tiroteo cruzado, fiscalizado por inspecciones de educación que actúan, en muchas ocasiones sin querer hacerlo pero conminados a ello, como comisarios políticos y por colectivos de la sociedad civil hiperventilados que entran al centro buscando el titular de prensa. Vivimos en un estado de papeleo defensivo permanente, adaptando programaciones didácticas a sabiendas de que lo que hoy es obligatorio e idílico sobre el papel será catalogado de mierda doctrinal por el siguiente inepto que ocupe el cargo y lo derogue de raíz.
La mayor perversión de meter la ideología en la escuela es la destrucción sistemática de la cultura del esfuerzo y el mérito. Bajo el dogma político de que la repetición segrega y la exigencia estigmatiza, los burócratas de partido han impuesto el aprobado por decreto y la promoción automática. Regalar los títulos no es compasión ni justicia social… es la mayor estafa perpetrada contra las clases populares.
Al devaluar el rigor académico para cumplir con las estadísticas de éxito que exige Bruselas, la escuela pública renuncia a su mayor valor histórico. Me estoy refiriendo a ser el ascensor social para los hijos de los trabajadores. El hijo de la clase media o alta que no aprenda en su centro educativo lo recuperará con academias privadas, estancias en el extranjero o recursos familiares. El alumno del barrio obrero al que el sistema le dice que no pasa nada por no esforzarse es abandonado al analfabetismo funcional con un título de la ESO que no vale ni el papel en el que está impreso. Esa es la verdadera consecuencia del buenismo ideológico.
A los comisarios políticos de la máquina de café y a los que escriben estas mierdas ideológicas les escocerá este artículo. Saldrán rápidamente en las redes a rasgarse las vestiduras y a acusar de reaccionario o insolidario a cualquiera que denuncie el sectarismo de las leyes. O, en algún otro caso que ya he sufrido, me conminarán a que me calle. Me da exactamente igual. Vuestra ideología de salón está destruyendo la escuela, especialmente la pública, desde dentro mientras vuestros propios hijos estudian en centros privados blindados contra vuestras propias ocurrencias normativas.
La pública no necesita consignas, ni banderas, ni discursos de ingeniería social en el aula. Necesita exigencia, recursos de verdad, respeto a la autoridad del profesor y un currículo basado en la ciencia y el conocimiento. Vosotros sois un cáncer para el sistema educativo y para los hijos de muchísima gente. Y cuando digo vosotros, me estoy refiriendo a todos aquellos que escribís leyes o tomáis decisiones ideológicas porque, sinceramente, algún día me gustaría saber para qué sirve o cómo mejora la educación una «situación de aprendizaje», la «perspectiva de género», «los estilos de aprendizaje», «Bad Bunny», «el DUA» o una «ley de plurilingüismo» en el aprendizaje del alumnado.
Hace calor y sé que no es excusa para haber sido tan duro. Lo que pasa es que este artículo debería escribirse por parte de la mayoría de docentes y familias para denunciar que están hurtando la educación, por priorizar la ideología, a las futuras generaciones.
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Nuevamente, una fantástica crítica al sistema. No podemos cambiarlo pero por lo menos que si nos mean en la cabeza no digamos que está lloviendo. Todo está orquestado y dirigido por entidades supranacionales con el objetivo de destruir la educación, España y finalmente a las personas. Por eso participan todos los signos políticos. Porque es impuesto, no es optativo. Y si intentan salirse del guión, van fuera de múltiples maneras. Los políticos son ejecutores de las órdenes globalistas y por lo tanto traidores a España y sus gentes, porque gobiernan contra nosotros. A cambio reciben una vida cómoda, dinero y poder sin mediar el tan cacareado igualdad, mérito y capacidad.
Aprovecho para apostillar otra puñalada a la educación que olvidé el otro día. El bilingüismo. Chavales que les cuesta en su mayoría manejarse bien en castellano, aprendiendo matemáticas, física y química o música en inglés… qué puede salir mal? Un desastre, ni comprenden lo que estudian, ni aprenden inglés. Por otro lado, los docentes encantados sacándose como locos el nivel C en las escuelas de idiomas con dos objetivos: quedarse los mejores grupos ( bilingües), es decir, los menos problemáticos. Y en el caso de los interinos, hacen puntos para superar a sus compañeros/rivales en la siguiente rebaremación que les permita elegir mejor destino o trabajar más cerca de casa. Además de tener más opciones de trabajar gracias a la moda de que cada vez más centros se sumen al despropósito del bilingüismo. En lo que concierne a las directivas, también encantadas con el bilingüismo porque se ha convertido en un arma muy efectiva para o bien blindar a ciertos interinos amigos, dóciles y afines sacando vacantes perfiladas y personalizadas. O bien para sacarse de encima interinos con muchos años y que son incómodos, como fue mi caso en un centro. Perfilas esa vacante en bilingüe sabiendo que ese profesor no tiene la habilitación y problema resuelto.
Respecto al ascensor social, está completamente roto hace ya bastantes años. Sirvió como mecanismo de ascenso social real en los años 80 y 90 del siglo pasado. Hace unos meses leí en el periódico la denuncia amarga de un maestro de Madrid que acababa de sacarse la plaza con 25 años. Lo primero que hizo fue ir al banco para pedir una hipoteca para comprarse un piso. Y el banco se la denegó. Él ponía el grito de en el cielo…ya no hay ascensor.
Y sobre regalar notas dos anécdotas que he vivido en dos centros de secundaria en los que he trabajado en los últimos años. En uno, un alumno mío de 3 ESO, sus padres se lo llevaron a Senegal en diciembre para que estudiara el corán. Volvió a mediados de junio, con el curso recién terminado. En la sesión de evaluación final se escuchó:»promociona por imperativo legal».
Este curso. Un alumno mío de 1ESO de etnia gitana, absentista. A mis clases habrá venido unas 3 veces en todo el curso. Los pocos días que venía al centro era para liarla y reventar las clases y acababa expulsado de todas. Ha terminado el curso con todas las materias suspensas. En la evaluación final se escuchó: «promociona por imperativo legal». Demoledor. Qué pensarán sus compañeros de clase cuando en septiembre se lo encuentren en 2ESO? Se llama apocalipsis.