Resulta curiosa la facilidad de hilvanar un discurso, e incluso tomar medidas, en función de creencias, esperanzas o fe. Cada uno es libre de decidir en qué creer pero, lo que jamás debería darse, es el uso de dichas creencias con el fin de tomar medidas por parte de los gestores de cualquier ámbito de la vida pública.

No es lógico suponer que el alumnado no se va a contagiar en las aulas, la ventilación de las mismas va a evitar que el virus circule, ni tan solo tener fe en una vacuna que, por cierto, yo no voy a ser de los primeros en experimentar en mis carnes. Me quiero mucho y, salvo que no haya alternativa y esté a punto de espicharla, confío más en la ciencia que en las creencias, en las suposiciones o en la fe. Incluso me sorprende la mediatización de suposiciones sesgadas o de determinados puntos de vista subjetivos, intentando reírse del que no “sigue la línea marcada por unos argumentos basados en el aire que intentan hacerse únicos”. Además, ¿soy al único que le chirría el concepto de “negacionista” que se aplica a todos los que no ven/vemos claro cómo se está gestionando la pandemia, tanto a nivel de nuestro país como a nivel mundial? ¿Realmente hay tanto ciudadano acrítico, incapaz de cuestionarse nada? ¿De verdad puede tanto un discurso, mediatizado hasta el infinito, en el que el único argumento es considerar “malos ciudadanos”, “terraplanistas”, “antivacunas” o, el concepto más perverso de “negacionista”, a quien no comulgue con ciertas medidas o apoye las medidas que están tomando la mayoría de gobiernos “por el bien común”?

Hoy en Berlín hay manifestación de terraplanistas, personajes con gorro de papel de plata o, simplemente, gente con ganas de gresca. Eso es lo que dicen los medios cuando no la silencian. Es sorprendente cómo se está gestionando la pandemia y las críticas a las medidas tomadas. Por cierto, ¿alguien sabe que se ha hecho de Lorenzo Milá? Es que uno ya ve cosas muy raras, medidas que científicamente no tienen justificación ninguna y un amplio recorte de libertades por el bien común. Claro que sí. Recortar libertades es necesario por la salud pública. El problema es que jamás a nadie se le había ocurrido recortar libertades en otras epidemias (ni con la gripe A que, por cierto, se le suponía una tasa de letalidad más alta que este coronavirus -no lo digo yo, lo dicen los científicos-) bajo pretextos de proteger a las personas mayores y, en caso de no querer ver tus libertades recortadas, ser un insolidario, una mala persona o un asesino en ciernes.

Aquí todos toman medidas sanitarias y educativas “suponiendo que…”. Yo debo de ser de los pocos que están hartos de lo anterior porque, curiosamente, desde un bar sin mascarillas o gente que tiene la nariz y los mofletes fuera, se está criticando abiertamente que no nos restrinjan más libertades. Eso sí, la cañita que no nos la quiten. O si lo hacen, como mínimo, que nos den una “paguita” para que, desde casa, podamos disfrutar de nuestro abono a Netflix mientras en la televisión nos machacan diciendo que el gobierno está trabajando para nuestra seguridad. ¡Y cómo no vamos a creérnoslo! Si lo dicen todos los medios y, cuando alguien se mueve un milímetro de ese discurso (que está calcado en muchos países) le equiparan a un negacionista del Holocausto. Es que no nos queda otra.

No me gustaría finalizar el post sin comentar una frase que, el otro día y ante el previsible cierre de los centros educativos (alentados por unos, potenciados por otros y sin medidas tomadas por los terceros en discordia) me dijo mi hija de once años: “nos quieren cada vez más tontos”. Y eso es algo que debería hacernos reflexionar. A mí, al menos, me hace hacerlo ante cada noticia con la que nos bombardean a todas horas.

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Acerca del Autor

Jordi Martí

Simplemente soy alguien al que le gusta escribir. Y que disfruta haciéndolo.

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