Quizás mi experiencia de veinte años en las trincheras y los últimos dos fuera de ellas, no me dé tanto valor como la opinión de un opinólogo de esos que, quizás desde una pantalla o, simplemente desde los micrófonos que le ponen, se pone a pontificar acerca de lo que debería hacerse en educación. Tampoco sé de otras cosas, pero hoy voy a mojarme para hablar de aquello que “no sé”. Especialmente de las razones que algunos esgrimen para volver o no a las aulas.

En primer lugar conviene recordar que el aula no es un espacio de conciliación familiar. No, no es una razón la que esgrimen los defensores de la vuelta a las aulas, justificando esa decisión bajo criterios de “quién va a atender a nuestros hijos cuando estemos trabajando”. Si queremos usar esa justificación, sustituyamos docentes por monitores (con todo mi respeto a su función) que, además de salir mucho más baratos, van a realizar las funciones de guardia y custodia de los hijos de los que defienden lo anterior. Al igual que una cama de hospital no está para que las personas sin familia y sin que nadie se haga cargo de ellos pasen meses y meses ahí (con el coste que supone), las escuelas no son un lugar para aparcar sin más a los chavales. ¡Ojo!, que acepto un cambio de las reglas del juego y que, por ley, se modifique la función pedagógica de las escuelas y que, en lugar de enseñar, se convierta en un lugar para tener a los chavales entretenidos mientras sus padres trabajan pero, a día de hoy, el aula NO es un espacio para conciliar. No es su función. Otro tema es que, de rebote, con la atención a los chavales, sirva para algunas familias en situación “normal” para ello.

En cambio, la sociabilización que se da en el aula es necesaria para muchos alumnos. Hay alumnado que no ha tenido contacto, más allá de medios electrónicos, con chavales de su edad. Y, por eso, la función socializadora de la escuela es clave. Esa sí que es una razón para volver a las aulas. También, aunque en este caso no debiera serlo, también es un lugar asistencial para muchos chavales con problemas sociofamiliares de diferente índole. Hay alumnos que solo comen caliente en el comedor escolar y, por eso, ese servicio sí que debería normalizarse o recuperarse (sea, o bien en los centros educativos o en otros espacios). Los docentes no somos asistentes sociales pero hay servicios que el sistema educativo debe ofrecer. Y vuelvo a reiterarme en que nada tiene que ver con el tema de la conciliación familiar.

También es imprescindible que abran las aulas para que no haya pérdida de aprendizajes. No todos los chavales están capacitados para el aprendizaje autónomo, ni todas las familias pueden suplir o gestionar los espacios virtuales en los que sus hijos trabajan. Puede no haber apoyo familiar y los padres no son expertos en las asignaturas que imparten sus hijos. No deben serlo porque para algo existen los docentes. Si consideramos a todo el mundo experto en enseñanza, ya directamente nos cargamos a los docentes. Y no creo que haya nadie que tenga dudas acerca de quién debe ser el profesional para hacer qué cosas. A ver, que yo quiero que me atienda legalmente un abogado, diseñe los planos de mi casa un arquitecto o, simplemente, me diagnostique un médico. Es lo lógico. Por cierto, no quiero que se me quede en el tintero algo realmente importante: esta pérdida de aprendizajes repercute principalmente en los hijos de familias más vulnerables. Así que el daño es doble porque lo padecen los que ya tienen retraso o desventajas frente al resto de sus compañeros.

Hay criterios sanitarios para no volver a las aulas. No tiene sentido que no sean de aplicación en las aulas (espacios cerrados), otras medidas que se aplican en otros lugares acerca de aforos, tiempos máximos de contacto, sanciones, etc. En educación, y más al tratar con un virus que, después de unos meses aún tenemos más preguntas que respuestas, debemos aplicar, como mínimo, las mismas medidas que en los otros ámbitos. Y eso es algo que nadie plantea porque, por motivos ignotos, a algunos les parece que, por el simple hecho de estar en el aula, el virus desaparece por arte de magia. El problema es que no hay solo el alumnado. Hay docentes, personal de administración y servicios, limpieza y, seguramente, abuelos al llegar a casa. Es por ello que, aunque el riesgo entre menores sea mínimo de desarrollar gravedad si pillan el “bicho”, hay personas que pueden verse afectadas. Compararlo con el botellón es un sinsentido porque, el botellón era ilegal y la vuelta a las aulas que se pretende, legal.

Me cuesta mucho posicionarme por el tema pero, sinceramente, creo que (“creer que” es algo muy poco científico, pero a estas alturas seguimos sin saber muchas cosas con datos) se debe volver al aula, especialmente esos alumnos más vulnerables, de forma planificada y bien diseñada. Lamentablemente, como todos sabemos, en algunos lugares se ha trabajado más y en otros menos para la vuelta a las aulas pero, a nivel global, hay más dudas que certezas. No, no soy futurólogo y espero que las decisiones que se tomen sean las correctas porque nos jugamos mucho. Eso sí, hagámoslo por las razones que tocan. No por aquellas que algunos usan, de forma errónea, para defender la vuelta o no a las aulas.

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Acerca del Autor

Jordi Martí

Simplemente soy alguien al que le gusta escribir. Y que disfruta haciéndolo.

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