Hoy si hay un tema de actualidad, más allá de las declaraciones de un mindundi en Twitter que, si uno tiene dos dedos de frente, no dedicaría ni un segundo de su vida a responderle, es el del ataque de ira de Will Smith en la entrega de los Óscar. Un ataque de ira que llevo a la agresión física al presentador del evento por haber hecho bromas acerca de su mujer y su caída de pelo. Y, como siempre, el posicionamiento sectario más absoluto entre los que defienden esa agresión y los que dicen que, en ningún momento debe procederse la misma.

El tema de la ira es algo muy complejo. Los enfados, normalmente puntuales, en la mayoría de ocasiones no hacen llegar la sangre al río. Hay gente que tiene un instinto agresor y quizás, en ese caso, tan solo una pequeña chispa haga que esa persona pueda cegarse por un hecho concreto. Eso sí, todos tenemos una chispa que nos haría saltar. Más o menos escondida pero siempre hay ese momento en el que «si tuvieras alguien delante tuyo» sería difícil resistirte a dejarte llevar por tus instintos más primarios. Unos instintos más o menos ocultos tras una capa de cultura. Personas con más estudios agreden menos físicamente. No por nada. Simplemente porque priorizan la racionalidad frente al instinto. Una regulación que se aprende con los años y que, en determinados ámbitos, se regula mucho mejor.

No voy a disculpar jamás una agresión física ni verbal. No me parece gracioso ni de aplauso necesario. Otra cuestión es que comprenda que a uno se le haya podido ir la pinza puntualmente. Eso sí, cada uno debe asumir las consecuencias de ese momento. Agredir no debe salir gratis. No hay excusa. La agresión, motivada o justificada, jamás debe permitirse. Ni física ni verbal. No, no hay agresión que pueda disculparse. Otro tema son sus efectos legales o las justificaciones que puedan darse de esa ira mal expresada.

Yo aprobé a la tercera el carnet de conducir. Bueno, la práctica, ya que la teórica me la saqué a la primera. En mi segundo examen suspendí por saltarme un ceda el paso que no vi. Iba muy nervioso y además, no sé qué me había pasado hace poco (creo que unas calabazas que me dieron, pero no estoy seguro) por lo que no estaba del todo concentrado. Y mi reacción, mezcla de muchas cosas, consistió en verbalizar en voz alta toda mi frustración por haber suspendido. Ciscándome, con dieciocho años, de todo y todos los relacionados con la Dirección General de Tráfico. Sin pensar. Un ataque de ira de un par de minutos ininterrumpidos frente al asombro de mi profesor de autoescuela y del examinador.

¿Gané algo habiéndome cegado por la ira en ese momento? Pues que el examinador me cogiera los papeles diciéndome que no me iba a sacar el carnet en mi vida. Al cabo de una semana, gracias a que en Lleida nos conocíamos todos, pude ir a hablar con el examinador. Le pedí disculpas. La verdad es que solo bajar del coche me arrepentí de lo que había hecho, más allá de la amenaza de no volver a sacarme el carnet de conducir. Y, al cabo de quince días volvía a examinarme. El examinador, que no era el mismo, lo primero que me dijo es que «a ver si me atrevía a decirle a él lo que le había dicho a su compañero». Creo que le sobraba lo anterior. Ya estaba suficientemente escarmentado. Acabé el examen y aprobé. Por tanto, la persona que me examinó me evaluó de forma profesional. Algo que debo agradecerle.

He contado mi experiencia personal anterior porque, quizás de mis ataques de ira, ha sido el más grave. Ahora, especialmente con la edad y el aprendizaje, intento no llevarme por la ira, pensar dos veces antes de responder y, aún así, alguna vez se me hincha la vena del cuello pero no llega la sangre al río. Debo reconocer que si no fuera por la educación que he recibido y la familia que he tenido, quizás podría haber sido alguien de arrebatos fáciles. Ahora intento controlarme. Prefiero irme antes de llegar a que la ira me posea porque, al final si te dejas gobernar por la ira has perdido. Ha perdido Will Smith, un gran actor para mí, y perdí yo en su momento. Y pierden muchos que se dejan llevar por ello.

Todo el mundo puede cegarse por la ira y tener una mala actuación. Lo importante es saber llegar al estado de razón lo más pronto posible porque, ya os digo yo que la ira es la emoción que menos vale la pena.

Cuando os digo que esto es una bitácora personal, creo que después de este post entenderéis a qué me estoy refiriendo.

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