¿Por qué nos da alergia contrastar la información que recibimos?
Contrastar información es como ordenar ese cajón que tenemos en nuestras casas con cosas variopintas. Todos sabemos que habría que hacerlo, pero siempre encontramos una excusa para dejarlo para otro día. El problema es que, en este caso, no hablamos de trastos polvorientos, sino de noticias que compartimos sin pestañear… aunque huelan a chamusquina desde el primer párrafo.
Hoy tenemos la información a un clic. El problema es que también tenemos una oferta infinita de distracciones y un instinto muy humano. Y ese instinto es el de quedarnos con lo que confirma lo que ya pensamos. Nos encanta hablar de libertad de pensamiento, siempre que sea para pensar lo mismo que ya pensábamos.
La tecnología nos lo pone fácil. Los algoritmos trabajan día y noche para servirnos titulares que nos den la razón, como si fueran camareros empeñados en rellenarnos la copa de gin-tonic a catorce euros. Ellos saben que dudar genera menos clics que asentir. Y nosotros, encantados, aceptamos el brindis sin mirar la botella de garrafón que nos están poniendo.
Claro que podríamos hacer algo tan radical como leer la noticia entera, comprobar quién la publica, buscar otras fuentes… pero ¿y si al hacerlo descubrimos que no era tan cierta? Ese es el verdadero drama. Imaginaos la posibilidad de que nos desmonten el teatrillo mental. Y como el orgullo siempre manda, preferimos seguir en nuestra película.
Luego está la prisa. No podemos permitirnos llegar los últimos al debate del día. Si esperamos a verificar, cuando vayamos a opinar ya será viejo y no tendrá la misma gracia. Así que compartimos ya, aunque sea con datos que parecen sacados de un manual de ficción barata. Total, mañana habrá otra polémica.
Y no nos engañemos. Hay un componente de pereza pura. Contrastarlo bien implica leer más de un texto, verificar fechas, buscar contextos. Vamos, un trabajo sucio que no se puede resumir en un meme ni en un titular ingenioso. No contrastamos por pereza, pero lo disfrazamos de criterio propio para que suene más elegante.
A eso súmale que reconocer un error es un deporte de riesgo. Admitir que hemos caído en un bulo nos duele en el ego. Así que, cuando alguien nos lo señala, usamos el comodín estrella: “Bueno, aunque no sea exacto, refleja una verdad”. La traducción es que me da igual que sea falso, porque me gusta lo que dice.
Todo esto crea un cóctel perfecto. Algoritmos que nos alimentan, prisa por opinar, pereza por investigar y un orgullo que nos impide rectificar. La consecuencia es que vivimos en burbujas informativas, rodeados de gente que piensa igual y consume las mismas fuentes, mientras creemos que tenemos una visión amplia del mundo.
Lo más irónico es que todos sabemos que contrastar es importante. No es un secreto. Lo repetimos como un mantra cuando criticamos a los otros por creerse cualquier cosa. Pero cuando el bulo confirma nuestra postura, de repente se nos olvida el mantra. La coherencia, para otro día.
Y aquí viene lo divertido. En el fondo, no es que no podamos contrastar. Es que no queremos. Porque contrastar implica tiempo, implica aceptar que no siempre tenemos razón, e incluso cambiar de opinión. La verdad nos incomoda; la mentira, en cambio, nos da likes. Y eso, para la mayoría, es como pedirle a un adolescente que se duche a diario. ¿Posible? Sí, pero harto complicado.
Así que seguiremos sirviendo y consumiendo titulares precocinados, listos para ser tragados sin masticar. Con la barriga llena de verdades a medias y la conciencia tranquila… hasta que nos toque ser la víctima del próximo bulo viral. Y ahí, como siempre, será culpa de los demás.
Finalmente deciros que, como ya sabéis, nunca escribo alejándome de la realidad (salvo en las aventuras de Torrezno 3PO que, en breve, van a ver la luz en formato ebook). Así que, por favor, pensad que es tan nocivo el crear un bulo como darle difusión. Lo sé. Publicaríais muchos menos mensajes en las redes sociales y tendríais menos seguidores pero, sinceramente, ¿os vale la pena?
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho. 😉
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En realidad ese debería ser un nicho de mercado, pero antes de empezar a imaginarte de curador de contenidos, piensa esto:
¿Para quien trabajarían? ¿Quién tendría incentivos para contratarte?
Saludos.