Casualidades laborales, recetas fáciles y debates educativos mal enfocados
Hoy podría hablar, como he amagado en X, de casualidades laborales. De esas que parecen salidas de un guion fantástico, donde todo encaja tan bien que uno se pregunta si la probabilidad posible se fue de vacaciones. Hay carreras profesionales que parecen diseñadas con tiralíneas. Plazas que se consiguen al mismo tiempo, destinos que coinciden con una precisión milimétrica, asignaturas compartidas como si fueran un traje a medida. Tan improbable que no es azar… es, simplemente, magia.
Podría recrearme en esas coincidencias improbables, en esas alineaciones de planetas que hacen que algunos trayectos profesionales parezcan un milagro permanente. Pero no lo voy a hacer. No porque no dé juego —que lo da, y mucho—, sino porque, al final, lo verdaderamente interesante no está en esas casualidades tan convenientes, sino en lo que esos mismos personajes llevan años predicando como recetas educativas.
Porque, mientras su carrera se construye a base de golpes de suerte en cadena, sus discursos suenan a fórmulas de mercadillo: etiquetar a los demás según lo que piensan, reducir la educación a bandos ideológicos, acusar de reaccionario al que osa decir que leer, escribir y esforzarse siguen siendo fundamentales. Lo preocupante no es la sucesión de casualidades en su vida profesional, sino que esas casualidades acaben legitimando a quien convierte la educación en un campo de batalla política.
Lo diré claro. Que alguien sea votante de Podemos, que parece ser, por sus publicaciones en las redes sociales, sea el caso de esta pareja que uso como leitmotiv, o lo sea de la Confederación Intergaláctica de Planetas, me importa tanto como el color de los calcetines que lleven. Pero hay quien, sin nada sólido que ofrecer en términos educativos, se dedica a dividir al gremio en buenos y malos según etiquetas ideológicas. Porque cuando no tienes propuestas que funcionen en un aula real, lo más fácil es acusar al otro de fascista, retrógrado o enemigo de la escuela pública.
Ahí es donde conviene mirar lo que sí se puede juzgar. Y lo que se puede juzgar son las publicaciones, las investigaciones, las tesis doctorales. Y en muchas de ellas lo que se encuentra es más humo que pedagogía. Eslóganes reciclados, ideas que jamás sobrevivirían a un lunes a primera hora en etapas obligatorias, conceptos vistosos que fracasan en cuanto se topan con treinta adolescentes de carne y hueso. Lo que no puedo afirmar es cómo dan clase —porque nunca lo han dicho—, pero lo que sí puedo leer es lo que han escrito. Y ahí no hay gran cosa.
Lo criticable, lo que debería debatirse en serio, está en esas recetas que no alimentan nada. En cómo llaman innovación a proyectos huecos que solo maquillan la falta de contenidos. En cómo disfrazan de progreso lo que no pasa de cartulina. En cómo venden como transformador lo que no es más que humo bien empaquetado. Eso sí afecta al alumnado. Eso sí define si aprenden o pierden el tiempo.
En cambio, entrar en lo personal, en quién vota a qué, en cómo se definen o en qué etiquetas repiten, no aporta nada. Solo sirve para mantener viva una batalla cultural que desvía la atención de lo importante… que los estudiantes aprendan. Lo demás es un ruido que beneficia precisamente a quienes no tienen nada educativo que ofrecer.
Así que sí, hay casualidades laborales que rozan un guion de Netflix. Pero lo triste es que llevemos tanto tiempo discutiendo de ideología y tan poco de educación. Que se hable más de bandos que de comprensión lectora. Más de etiquetas que de cómo enseñar matemáticas. Más de conspiraciones inventadas que de cómo ayudar a los chavales a escribir con coherencia. Eso es lo que de verdad importa. Lo otro, aunque dé para chascarrillo, solo llena el vacío de quienes jamás tuvieron una idea educativa sólida.
Manuel, Noelia, Almudena, David, Javier, Sergio, Rafael, Toni, Jordi, Pedro,… no todos somos iguales. La inmensa mayoría de personas que nos dedicamos a la educación, sea en el aula o fuera de ella, queremos lo mejor para el alumnado. Eso no incluye repartir a diario carnets de pureza pedagógica… o más bien, ideológica. Es que no le vemos ninguna utilidad. Y nos quitaría el tiempo que destinamos a lo importante.
Por cierto, creo que ya son demasiados días dándole vueltas a NADA. Me lo he pasado muy bien, pero ahora toca volver a mi TORREZNO 3PO y a escribir sobre cosas que no tienen nada que ver con vosotros.
Podéis descargaros mi último libro en formato digital, TORREZNO 3PO: un alien en educación, desde aquí.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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