Campaña contra las evidencias en educación

Cuando uno piensa que ya lo ha visto todo en cuanto a manipulación de ciertos discursos educativos, se encuentra que los límites del despropósito son elásticos hasta el infinito. Nunca me hubiera esperado, especialmente desde personas que, supuestamente están en los lugares en los que debería investigarse sobre educación, una campaña contra las evidencias en educación.

Por lo visto las evidencias y lo que dicen las investigaciones educativas molesta a algunos. Curiosamente a los mismos a los que les molesta la experiencia docente, la realidad empírica de las aulas o, simplemente, todo lo que vaya contra su planteamiento religioso. Digo religioso porque consideran la educación como una religión. Bueno, como su religión. Siguiendo, claro está, el modelo más sectario dentro de ese mundo confesional.

Entiendo que algunos deban ir en contra de lo que dicen determinadas investigaciones educativas porque se les desmonta el chiringuito. Entiendo que los que venden inteligencias múltiples deban luchar contra todas las investigaciones que dicen que no existen. Incluso deben luchar contra aquellas que no demuestran un constructo que solo está demostrado por el propio creador del concepto. Es que es lógico. Uno no puede tener su chiringuito sin protegerlo a fuego frente a agentes externos. Y la investigación educativa, junto con la realidad de nuestras aulas, hace muchísimo daño a determinados relatos.

Entiendo que algunos no sepan investigar. Entiendo que algunos no sepan interpretar qué dicen las investigaciones sobre temas educativos. Entiendo que deban criticarse los datos porque los datos, por desgracia, los carga el diablo. Y, en ocasiones, solo permiten inferir cosas que no tienen nada que ver con lo que algunos están defendiendo o vendiendo.

¿Qué harían los defensores de una determinada visión educativa, de determinadas modas pedagógicas o, simplemente, de conceptos vacíos, si se demostrara que todo lo que están vendiendo es mentira? Pues, en caso de ser unas personas coherentes, lo lógico sería reconocer su error. El problema es que viven de ello. Viven de la mentira. Y, por eso, siempre conviene criticar lo que dicen las investigaciones o la mayoría de docentes de aula porque si no fuera así, como llevo repitiendo en todo este artículo, no habría grupúsculos destinados a hacer campaña en contra de las evidencias en educación.

Hay mucho vendedor de crecepelos en educación. El problema es que para que puedas recuperar esa maravillosa pelambrera que tenías de joven solo hay soluciones que pasan, en ocasiones, por económicos viajes a Turquía. Lo demás, un timo.

A algunos no les interesa reconocer que lo que dice la investigación educativa. Ni tampoco les interesa reconocer lo que sucede en las aulas de nuestro país. Es por eso que, en los últimos tiempos, el lobby de negacionistas (qué poco me gusta el palabro, pero qué bien define a estos personajes) va poniéndose cada vez más nervioso. Es que, a poco que alguien piense, lea o dé clase, sabe que viven en la ficción educativa. Y su único objetivo es vender trajes que no existen a emperadores tontos que, a su vez, van a ser aplaudidos por gente sin criterio o por aquellos que quieren medrar en ciertos lugares.

Nada. No me hagáis caso. Por fin es jueves. Empíricamente demostrado que queda solo el día de hoy y el de mañana para empezar el finde. A ver si no.

Como estoy haciendo en los últimos artículos, os recomiendo mi nuevo libro sobre educación para mayores de dieciocho, “Educación 6.9: fábrica de gurús”. Lo podéis adquirir aquí (en versión digital o papel) o en ese pop-up tan molesto que os sale. Y sí, me haría mucha ilusión que fuera uno de los diez libros más vendidos sobre educación este curso. 😉

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