Cómo gestionar la peste opinadora en educación

En algunas zonas del país, la sobrepoblación de jabalíes es un problema. Aparecen donde no deberían, destrozan cultivos, generan accidentes y, de cuando en cuando, se reproducen bastante más rápido que las soluciones propuestas para controlarlos. El caso es que es un fenómeno constante, difícil de frenar y muy activo al caer la tarde.

En educación tenemos algo similar con la peste opinadora.

Surge por todas partes.
No respeta fronteras pedagógicas.
Y es inmune a la evidencia científica.

La peste opinadora avanza sin necesidad de conocer el territorio que invade. Basta con un par de titulares y un vídeo de once segundos para que se abra paso como si fuera experta en ecosistemas escolares. No necesita ver el aula ni distinguir si lo que pisa es un huerto o un charco. Se lanza igual. Con alegría.

Lo más curioso es que este «jabalí del juicio rápido» no se acerca jamás al centro educativo. Prefiere la silla del bar, el sofá de casa, el teclado. Desde ahí, la perspectiva es magnífica, y todo se ve tan claro que sorprende que el profesorado no lo haya solucionado ya con una simple frase de sentido común.

El ciclo vital de la peste opinadora es fascinante…

  1. Detecta una anécdota aislada.
  2. La convierte en ley universal.
  3. Declara culpable al profesorado.
  4. Se autoproclama portadora de la solución simple.
  5. Desaparece hasta el siguiente titular.

Como los jabalíes, evita el enfrentamiento directo. A un opinador destructivo lo invitas un día a entrar en un primero de ESO en viernes y, de pronto, pierde la inspiración. Aquello está lleno de alumnado real, con historias reales, y ahí la teoría se vuelve esquiva como una pieza que ya ha oído el disparo.

La diferencia es que los jabalíes, pobrecitos ellos, no tienen mala intención.
El comportamiento opinador sí puede tenerla. Cuanto peor vaya algo, más fuerte suelta el gruñido.

¿Erradicar la peste opinadora? Imposible.
¿Controlarla? Solo con una estrategia básica… no dejarle comida.

Porque se alimenta del eco que recibe.
Y cuanto más ruido hacemos respondiéndole, más engorda.

El profesorado está para sostener aprendizajes, no para perseguir sombras por el monte digital. Si invertimos energías en demostrar que sabemos lo que hacemos, le estamos regalando exactamente lo que busca. Y lo que busca es protagonismo.

Que ladre la opinión del día. Otros seguirán cuidando el aula, que es el único hábitat que importa.

Porque, a diferencia de la peste porcina, la peste opinadora no se controla con barreras físicas o con batidas masivas. Se controla ignorando lo que no mejora nada y apoyando lo que sí hace avanzar.

Si algo ha permitido que la educación llegue tan lejos, no son los gritos de los opinadores, sino el trabajo constante dentro del campo.

Y mientras exista quien se deje las botas en el barro educativo, cualquier peste que intente arrasar acabará encontrando un muro de realidad más fuerte que todos sus gruñidos.

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