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¿Por qué nadie protege a Amaia Montero?

Hay un espectáculo especialmente vomitivo en las redes sociales, en el resto de medios y, especialmente, en la televisión basura que se repite con la precisión de un reloj suizo. Me estoy refiriendo al descuartizamiento público en directo de alguien que se está rompiendo a pedazos frente a la cámara, seguido del aplauso burlón de una masa de cobardes parapetados tras una pantalla.

El caso de Amaia Montero, después de la vuelta a los escenarios retomando el rol de cantante de la Oreja de Van Gogh, ha superado todos los límites de la decencia mínima. Llevamos tiempo viendo cómo se escudriña cada uno de sus movimientos, cada foto fuera de sitio, cada titubeo en un escenario o cada tropiezo para convertirlo en el meme del día, en el chiste fácil de la tertulia o en el contenido viral para cuatro miserables en busca de casquería y visibilidad.

Se ríen de su imagen, de sus silencios, de sus crisis y de sus miradas perdidas. Y lo hacen con la impunidad impresentable de quien se cree que el artista no es un ser humano de carne y hueso, sino un muñeco de trapo diseñado exclusivamente para entretener a la jauría, cueste lo que cueste y caiga quien caiga.

Lo que resulta verdaderamente sangrante no es solo la crueldad de la masa. Es la pasividad cómplice del entorno y de la propia industria. ¿En qué momento exacto dejamos de cuidar a las personas para priorizar la maquinaria de hacer caja? ¿Dónde están los mecanismos de protección real cuando alguien da señales evidentes de estar en un estado emocional crítico?

Cuando una persona muestra síntomas claros de vulnerabilidad extrema, se debería actuar de oficio. Se le debería apartar de los focos, se le deberían apagar las luces del escenario, requisarle el teléfono y meterla en un entorno blindado de cuidados, reposo y tratamiento médico lejos de la mirada morbosa del público.

Pero no. Se prefiere seguir apretando la tuerca. Los promotores siguen firmando bolos mientras haya entradas que vender, las cadenas siguen enviando micrófonos y cámaras a ver si consiguen la imagen del colapso, y las redes siguen haciendo leña del árbol caído. Es el negocio de la casquería llevado hasta sus últimas consecuencias. El de explotar el morbo de la decadencia mientras la entrada siga pagándose.

Lo más hipócrita de esto es que la misma gentuza (sí, he dicho gentuza) que hoy comparte el vídeo en TikTok para hacer el chiste malo o la gracia de bar sobre su estado, es la misma que mañana se pondrá el lazo en la solapa para hablar de la importancia de la salud mental. Nos llenamos la boca publicando tuits edulcorados sobre la prevención del suicidio, la empatía y la necesidad de cuidar al de al lado. Pero en cuanto tenemos a una persona real sufriendo a plena luz del día, le tiramos piedras desde la grada para ver si se cae definitivamente.

Va siendo hora de señalar a los responsables con nombres y apellidos. Si mañana pasa algo irreparable -si un día nos despertamos con la noticia trágica que todos intuimos cuando alguien toca fondo y nadie le tiende una mano-, que no nos vengan con comunicados oficiales de duelo, ni con minutos de silencio, ni con especiales de televisión lamentando la pérdida de una estrella los mismos que, curiosamente, la están machacando.

Todos los que han usado su estado para hacer mofa, todos los que han fabricado el meme de turno, todos los que han pinchado el morbo para arañar cuatro clics y todos los que teniendo la responsabilidad de sacarla de ahí han mirado para otro lado serán cómplices directos del desenlace.

La salud mental no es una pancarta de postureo institucional ni un slogan. Es la diferencia entre la vida y la muerte. Es el límite sagrado que exige parar la máquina, apagar los amplificadores y recordar que detrás de la voz que acompañó a toda una generación hay un ser humano pidiendo auxilio a gritos en mitad de una plaza pública.

Menos aplausos de mentira, menos morbo en las redes y bastante más decencia. Si de verdad nos queda un átomo de humanidad en el cuerpo, desenchufemos los focos, echemos a los buitres y dejemos que quien lo necesita se cure en paz y lejos de esta pocilga digital.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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