Resulta realmente curioso ver, especialmente en las redes, como algunos docentes son capaces de autoflagelarse hasta el infinito para defender su profesión como algo vocacional. Incapaces de comprender que la docencia, al igual que cualquier otra profesión y con sus especificidades concretas, es un simple medio para obtener un fin de subsistencia y poder, como es lógico, disfrutar más tiempo de las cosas importantes de la vida (la familia, las aficiones, etc.). Yo considero escribir sobre educación como un hobby y, al ser algo que hago VOLUNTARIAMENTE en mi tiempo libre, no lo englobaría dentro del concepto de obligación.

Además, son cada vez más los discursos que abogan por un proceso de selección docente que prime la vocación frente a la profesionalidad. Es que si uno no es capaz de dar su vida por su «voco» (concepto tradicionalmente ligado a recibir una llamada interior), parece que sea incapaz para algunos de ser un buen docente. Pues bien, lamento deciros a los «vocacionalistas» que, a pesar de no tener llamada interior, algunos seguramente son mejores profesionales que los que la han recibido. La educación no es un sacerdocio. La educación es, simple y llanamente, un trabajo, con sus reglas de juego y sus especificidades. A ver si nos empezamos a caer del guindo de una vez.

Seguimos con el discurso de vocación y épica educativa. Estamos inmersos en un relato en el que se nos venden hechos descontextualizados como algo habitual. Se imponen exigencias para suplir carencias del sistema. Y, cómo no, aderezado por el típico discurso de alguien que no da clase desde la extinción de los dinosaurios vendiéndonos su «vocacionómetro». Ojo, que también existen estudios sobre cómo medir esa vocación mediante diferentes análisis psicométricos (enlace). Sí, en la Universidad algunos se aburren mucho. Tan solo debemos ver la cantidad de Trabajos Final de Máster, tesis doctorales o artículos publicados a peso acerca de temas educativos. Es que publicar se ha convertido, por desgracia, en el lastre que demasiados docentes universitarios han de pagar. Es, al igual que lo es el máster del profesorado para acceder a dar clase en Secundaria. Un impuesto mafioso que se les obliga a pagar para poder ascender en su carrera profesional.

Para mí considerar que uno es buen o mal docente por haber tenido una llamada o, simplemente por ser capaz de trabajar infinitas horas para suplir lo que jamás va a suplir, no es de recibo. Soy más de plantearme que, al igual que en otras profesiones, lo importante es saber hacer bien tu trabajo. Yo no voy a echar de menos el aula cuando me jubile. Otra cuestión es que me guste más o menos mi trabajo y que lo intente hacer de la forma más profesional posible pero, de ahí a permitir que hagan ciertas cosas conmigo como trabajador va un largo trecho. Además tengo claro que cuanto mejores son las condiciones laborales de uno, mejor desempeña su trabajo. Salvo ese porcentaje ínfimo de vagos y maleantes que, como siempre sucede, algunos sacan para generalizar con esas excepciones.

Seguimos dando la turra con el tema de la vocación. A ver si empezamos a respetarnos un poco y enviamos, sin ningún pudor a escaparrar, a aquellos que quieren imponer su planteamiento de «vivir para su profesión» a los demás.. Es que, no sé a vosotros, pero a mí ya me cansa el asunto. Especialmente cuando sé que el argumento «vocación» se usa para defender ciertos postulados muy de recogedor de algodón en el sur de los Estados Unidos.

Recomiendo a todos los del discurso que, por favor, se busquen vida o la compren por Wallapop. Ahí me han dicho que se puede comprar de todo. Eso sí, si tenéis problemas para hallarla, siempre podéis acudir a la Dark Web. No hay pérdida.

Hoy vuelta al cole para algunos. Otros seguiremos disfrutando de nuestros trece meses de vacaciones. Por algo me hice docente.

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