Son tiempos convulsos para la educación más mediática. Son momentos en los que están irrumpiendo con fuerza mantras que, supuestamente, lo van a cambiar todo. Vuelve la innovación en formato de pantalones de pitillo. El trampantojo da vida a todo el discurso educativo en las redes sociales y, al final, es más importante el que pinta que lo que se pinta. Es lo que tienen los ríos revueltos… ganancia de pescadores.

Se están acuñando conceptos por encima de nuestras posibilidades de comprensión. Se inventan competencias por encima del propio concepto competencial. Se piden documentos absurdos para que acaben, con suerte, en el cajón de alguien antes de caer ardiendo en alguno de esos incendios provocados. Aparecen cientos de docentes liberados haciendo no se sabe qué. Se aumentan las ratios por detrás. Se hacen contratos para suministros de vaselina al hermano, primo o cuñado del político de turno. Miles de cintas preparadas para ser cortadas antes de las próximas elecciones. Es que todo esto es un sinvivir.

Hay mucho dinero que cambia de manos. Europa riega con millones de euros determinados proyectos educativos. La OCDE y el Banco Mundial facturan lo que no está escrito en pruebas de dudosa efectividad. Los centros de profesorado contratan a los mismos para que den formación de todo lo habido y por haber. Nos creamos un entramado basado en blockchain, de tal manera que vendemos humo a un precio disparatado. Y cientos y cientos de másters, postgrados y cursos de expertos en emociones, mindfulness e inteligencias múltiples para los que tienen muy poca inteligencia de hacerlos. Eso junto con las charlas educativas a tutiplén, los espacios de Twitter que se han convertido en la alternativa a la charla de sala de profesores o, simplemente, la gran cantidad de series y libros que se publican relacionados directa o indirectamente sobre educación, hacen que el jamón sea un mal producto para invertir.

A algunos se les acabaría el negocio dando clase en algún grupo que yo conozco. A otros se les acabarían determinados discursos defendiendo o atacando a la administración educativa si hubieran pasado por donde he pasado yo los últimos años. Si algunos leyeran y se regularan los dispositivos ópticos visibles que llevan encima de la nariz o plastificados por encima del ojo, verían de pronto una realidad bastante diferente de la que se creen que existe. Y sí, se puede vivir sin tecnología. Y con ella. Con Twitter y sin Twitter. Publicando fotos de comida en Instagram o sin publicar esas fotos de comida. Haciendo memes facilones o no haciéndolos. La vida y la educación es lo que sucede a partir del momento en el que uno sale de un lugar que, por conocido, voy a ahorrarme de mencionar.

No hay una nueva educación. Hay nuevos trinques relacionados con la educación. No hay estafas educativas. Hay estafas de toda la vida relacionadas con la educación. No hay peores ni mejores alumnos. Hay los mismos que había pero ahora toca darles clase a todos sin recursos adecuados hasta los dieciséis. No se ha reducido el aprendizaje de los chavales. Ahora saben más de algunas cosas y menos de otras. Y hay docentes buenos, malos y regulares iguales que antaño. Si hasta el currículo sigue siendo igual de lamentable que el de antes. Eso sí, ahora se habla del mismo cuando antes, por quizás tener otras cosas que hacer más importantes, se pasaba olímpicamente de él.

La escuela es un reflejo de la sociedad. Que nadie espere otra cosa. Como dijo alguien hace poco, al que por cierto pido disculpas por no acordarme de quién fue, ni las casas se caen, ni los aviones tampoco y la tasa de mortalidad, descontando lo de la pandemia, ha caído en picado en las últimas décadas. Así pues, tampoco estamos tan mal. ¿Podríamos estar mejor? Claro que sí.

Como siempre me sucede en los posts acabo mezclando muchas cosas. Hoy quería, aprovechando que es mi día horribilis a nivel laboral (no por los grupos, pero sí por la carga lectiva), hablaros de los que se aprovechan del desconcierto educativo. He acabado hablando de sensaciones y visiones no solo educativas. Pero bueno, es lo que hay. Si alguien quiere algo más coherente que lea los medios en los que escriben profesionales. Bueno, mejor no. Salvo, claro está, que a uno le guste el salseo político. Algo que, en estos últimos días, te ahorra ver El Camarote de los Hermanos Marx donde, el que gana si os fijáis bien en la foto que ilustra este post, es el que vende los ventiladores.

Finalmente, no me gustaría despedirme por hoy sin comentaros que, incluso que algunos os vendan que el río educativo está revuelto, lo único que pasa es que existe un río. Y los ríos, salvo que se hayan secado, son una fuente de agua corriente. No es que estén revueltos. Es que por ellos baja agua.

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