Hoy era el mejor día para venderos, intentándome sacar unos eurillos, los libros que llevo escritos y que podéis encontrar aquí. Unos libros que, al principio, eran gratis y que ahora he puesto a un precio (in)justo. Una mierda de panfletos, redactados en cuatro tardes haciendo refritos de lo que iba publicando en el blog, que ampliaba con palabrería absurda para dotarlos de algo más de volumen. Bueno, ahora solo están en versión digital ya que, sinceramente, me apetece entre poco y nada volver a sacar otra edición. Ya está bien de ir perdiendo pasta. Sí, aunque no os lo creáis, en los dos libros he palmado pasta. Y eso que las descargas, cuando se hacían gratis, eran de miles.

El problema es que no me apetece volveros a hablar de mis libros. Ni de los libros a peso que se están publicando sobre educación. Es que ahora ya estoy en período de desintoxicación de literatura basura sin interés. Y, por desgracia, de cada cien libros que se publican sobre educación, son aprovechables, con suerte, un par. No, los míos no están en ese par. Ni de coña. Pero, como he dicho siempre, los gustos son muy personales y, seguramente cosas que me gusten leer a mí no van a gustar a otras personas.

Ahora sí, después de la parrafada interior, para ver si cae algún incauto hoy y me saco unos eurillos (trabajo por pasta y me niego, a estas alturas de la película, a hacer nada que no implique dinero o más vacaciones, aunque siempre acabo cayendo en algún renuncio que otro), voy al leitmotiv del post. A hablaros del sesgo de confirmación que tienen algunos personajes que, curiosamente, incluso que les muestres todas las pruebas documentales e investigaciones habidas y por haber, te van a sacar un hilo de alguien diciendo lo contrario de lo que dices. Su opinión es inmutable. Además, si os fijáis, hay muchos que son incapaces de bajar del burro. O están pegados con cola a su lomo o abusan del burro de alguna manera inimaginable. Y hasta aquí puedo leer.

Tu opinión no vale. Tu manera de entender la educación no vale. Eres un borde y una mala persona porque cuestionas ciertas cosas. Pero, ¿dónde hemos llegado? ¿Qué nivel de debate tenemos como docentes para que algunos, montados en su cañón soberbio, encuentren todo tipo de pegas a los argumentos de otro porque no confirman su sesgo interesado? Generalizar parece que solo es bueno para una banda. Es que de bandas, bandazos y patos hay por doquier. Especialmente en las redes sociales. En ese claustro virtual que solo ha servido para que cuatro hagan su agosto, tres busquen solo aquello que les permita dormir tranquilos y confirme lo que piensan y, algún perdido de la vida como yo, intente debatir intentando que no le lluevan hostias digitales. Bueno, por suerte son digitales. Es como las caras de envidia ante mi paella dominical. No son las fotos que publico. Es la paella que me como. Y está buena según mis parámetros «paelleriles».

Soy, como dicen algunas muy chungas de internet, un ingeniero sin vocación, odioso y repugnante. Prometo que me ducho cada día y, como aún queda un poco de olor en los alerones, procuro repasarlo con un buen desodorante. Al igual que procuro afeitarme cada cierto tiempo. Al menos toca cumplir con la gente que me rodea. Que no son las cuatro personas del sesgo, ni los gilipollas que puede haber en las redes sociales. Hay gente muy maja pero, por desgracia, creo que tengo un imán para atraer a determinados fascinerosos gilescos. Ellos rebuznan, yo los silencio. A ver, que dejarles rebuznar es sano. Según estudios, soltar la bilis en las redes sociales, hace que una persona esté más tranquila fuera de ellas. Lo mismo con los videojuegos y la violencia fuera de ellos. No lo digo yo. Lo dice la ciencia. Esa que algunos, si no les gusta lo que dice, tanto denostan. Cuando gente compara un oncólogo con uno que hace reiki ya sabes el nivel.

Hoy es mi santo. Hubo un tipo que dicen que mató a un dragón. Al morir el dragón expulsó unas rosas por el culo (no eran hemorroides, eran las espinas) y, mientras iba viendo las rosas que salían, un tipo con pluma y tintero iba escribiendo un libro. Una vez redactado, un zahorí, cansado de no encontrar agua ni vino, se hizo con el primer manuscrito y lo distribuyó entre los seres humanos. Así empezó la tradición. Bueno, al menos según mi historia. Tan fácil de confirmar o desmentir como la leyenda original.

Sed buenos. Disfrutad del día. Comprad libros para leeros y rosas para regalar (las floristerías, autores, editores y librerías lo han pasado mal en estos años de pandemia) y, por favor, intentad ser más abiertos en vuestras posturas. No siempre todo el mundo quiere joderos con una opinión diferente a la vuestra. A lo mejor es necesario empezar a abrirse a otras cosas. Yo lo he hecho. Sí se puede.

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