La vida es demasiado corta para regalarle tu energía a parásitos emocionales
Si algo te enseña acumular cicatrices en la espalda y kilómetros en el cuentakilómetros es que el tiempo es un recurso con fecha de caducidad imprevista. No se aplaza, no se financia y no hay ventanilla de reclamaciones donde te devuelvan los años perdidos.
Durante una buena parte de nuestra trayectoria actuamos como si fuéramos inmortales, regalando minutos, mañanas de fines de semana y tardes enteras a compromisos absurdos, a convencionalismos sociales de compromiso y a aguantar a tipos y tipas cuya única aportación a la humanidad es agriarle el café al que tienen al lado.
Pero llega un momento en el que el cuerpo te manda un aviso serio, la salud pasa al primer plano y el ruido de fondo empieza a resultar insoportable. Y es justo en ese punto cuando desarrollas una alergia fulminante hacia una especie peligrosísima que abunda en los claustros, en las oficinas, en las reuniones de vecinos y en los grupos de WhatsApp… el plasta energético profesional.
Todos los tenemos fichados. Tienen una habilidad magistral para convertir cualquier conversación de dos minutos en un monólogo destructivo sobre sus tragedias cotidianas, la injusticia del universo contra su persona o el rajar encarnizadamente contra todo lo que se mueve porque, curiosamente, todo es siempre culpa de los demás. No buscan una solución, ni un consejo inteligente, ni una charla de bar constructiva. Lo que buscan es un vertedero humano donde depositar su basura emocional. Vienen, te sueltan la descarga de toxicidad, se quedan tan anchos y se van a su casa descansados mientras a ti te dejan con el estómago revuelto, las cervicales contracturadas y la batería baja.
Durante años, por pura educación mal entendida, por vergüenza ajena o por esa falacia de conocerlo de toda la vida, hemos ejercido de psiquiatras gratuitos de personas que no quieren curarse; solo quieren público para su teatro. Nos hemos comido horas de victimismo para no parecer fríos o bordes.
¿Y para qué? Para descubrir que el día que eres tú quien necesita un poco de aire, un minuto de calma o una mano, esa misma persona ni está, ni se la espera, ni tiene la menor capacidad de mirar más allá de la punta de su propia nariz.
Hacer limpieza de trastos en el trastero está bien, pero hacer una poda drástica de brasas en tu vida diaria es una prescripción médica.
A estas alturas de la película no se trata de volverse un cínico ni un misántropo encerrado en una cueva. Se trata simplemente de aplicar una regla de tres elemental… la reciprocidad. Si quedar con alguien te deja exhausto, si ver su nombre en la pantalla del teléfono te provoca un suspiro de pereza infinita antes de descolgar, o si sus llamadas son un peaje que pagas con dolor de cabeza, el diagnóstico es clarísimo.
Hay gente que no aporta nada, solo chupa recursos. Y regalarle tu tiempo a personas que te quitan el oxígeno es un lujo absurdo que no nos podemos permitir.
Además, la poda no exige montar numeritos, ni enviar cartas de ruptura dramáticas, ni montar un pollo en redes. Requiere algo mucho más elegante y definitivo. Me estoy refiriendo a distancia, silencio y desatención. Dejar de estar disponible para el drama ajeno. Poner el cartel de cerrado por reformas internas a cualquiera que solo se acerque a tu vida para usar la manguera de su frustración.
La vida discurre a un ritmo endemoniado como para malgastar una sola tarde aguantando a gente que emponzoña tu tranquilidad, que no se alegra jamás de lo bueno que te pasa o que ha hecho del lamento su forma de vida. Guarda la energía para quien te saca una carcajada limpia. Para las conversaciones donde hay ida y vuelta, para los proyectos que te encienden la mirada, para el placer de dar un paseo en silencio o para los cuatro amigos contados que, cuando se van de tu lado, te dejan con las pilas cargadas y el alma en paz.
Yo he optado en este momento de mi vida por menos compromisos por quedar bien, menos tolerancia con los pesados con carné y mucha más higiene mental. Mi tiempo es mío, mi salud es sagrada y la vida va demasiado rápida como para dejar que cualquier indeseable me arruine la función.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
Descubre más desde XarxaTIC
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
