Los analfabetos de la tiza

El circo de las oposiciones docentes siempre deja perlas para el recuerdo, pero lo que se está difundiendo (en los últimos años) sobre los motivos de las escabechinas en los tribunales roza el esperpento. Quienes me leéis por aquí sabéis perfectamente que no suelo comprar el discurso de la administración, pero es que esta vez el enemigo no está ahí. El enemigo está en la capacidad y en el nivel cultural de los propios aspirantes. Que se haya suspendido a una cantidad ingente de futuros maestros por cometer faltas de ortografía sangrantes en las pruebas escritas no es una conspiración de los tribunales. Es el síntoma definitivo de la putrefacción del sistema.

Y aquí abro un paréntesis obligatorio antes de que salten los de siempre. Ya sé que el método de oposición actual no es el mejor del mundo, ni el más justo, ni el más moderno. Tiene lagunas absurdas y fallos estructurales evidentes, pero es infinitamente mejor que no tener ningún sistema de acceso. Al menos pone una barrera de control frente a la incompetencia. Si eliminamos el filtro del examen, ¿qué nos queda? ¿El dedazo del político de turno, la selección por simpatía o el aprobado general? Quitar las pruebas y regalar el acceso no arregla nada. Solo abre las puertas del gallinero a los zorros de la mediocridad.

Lo verdaderamente bochornoso, lo que me provoca una mezcla de risa floja y cabreo interior, es escuchar las justificaciones de los apóstoles del buenismo pedagógico. Han salido en tromba a decir que evaluar la ortografía en un examen de oposición es una antigualla, que lo importante es la empatía, saber diseñar una situación de aprendizaje o la vocación. Siguiendo esa lógica de barra de bar, mañana podríamos decir que es absolutamente innecesario que un futuro cirujano sepa dónde está París o que es la capital de Francia. Total, él solo tiene que rajar y coser, ¿verdad? ¿Para qué necesita cultura general un médico? Es una reducción al absurdo tan bestia que asusta comprobar cómo la compran quienes se supone que deben formar a las próximas generaciones. Bueno, es una reducción al absurdo tan bestia que he visto justificar en las redes sociales, bajo el mantra de que todo está en Google o que el conocimiento básico es irrelevante en el siglo XXI.

La realidad que muchos intentan tapar bajo la alfombra es que el problema no es un error puntual por los nervios del examen. El problema es estructural. Tenemos las aulas inundadas de docentes -tanto en centros públicos como en privados- que arrastran un nivel cultural sencillamente ínfimo. Y no hablo de interinos novatos o funcionarios productos de la LOGSE. Hablo de gente que lleva años pisando la tarima y cuyos cuadernos de notas, correos electrónicos a las familias y mensajes en la pizarra son un atentado diario contra la lengua.

Estamos rodeados de docentes que no abren un maldito diario ni por error, que viven en una desconexión absoluta de la actualidad y que ignoran los debates geopolíticos, científicos o culturales más elementales de nuestro tiempo. Hace nada, sin ir más lejos, hablé con una compañera de profesión que me dijo que no le interesa lo que está sucediendo y que vive mejor sin saber qué está pasando. Si no se está al tanto de las noticias del mundo en el que vivimos, ¿qué demonios vamos a transmitir a los chavales más allá de repetir como loros el libro de texto o la infografía que nos ha hecho nuestra herramienta de IA? La figura del maestro como referente intelectual de la comunidad ha muerto, sustituida por un personal de la enseñanza que consume el mismo contenido basura en redes sociales que sus alumnos de doce años. Y no. Por desgracia, lo que era una situación excepcional, ha dejado de serlo aunque, para tranquilizar un poco mi estado de ánimo, sigue siendo de las profesiones donde hay todavía un cierto bagaje cultural.

Lo más sangrante de este analfabetismo funcional consentido es el cinismo de los gurús que lo defienden. Nos dicen que exigir ortografía discrimina, que penalizar las tildes es segregador y que hay que evaluar por competencias emocionales. Esta devaluación del rigor académico es la mayor estafa perpetrada contra las familias vulnerables. Al hijo de clase alta le da igual que su maestro escriba «haber» en lugar de «a ver». Su familia ya se encargará de pagarle el capital cultural en casa o, simplemente, lo colocará en un sitio en el que el acceso es diferenciado. Pero para los hijos de determinadas familias la escuela es el único lugar donde adquirir esa cultura. Si el docente que tiene delante es incapaz de redactar tres frases sin cometer un crimen lingüístico o saber que hace nada ha habido un terremoto, con consecuencias gravísimas en Venezuela, el ascensor social se gripa definitivamente.

Algunos han salido en tromba a llorar porque los criterios de los tribunales son demasiado duros. Me la repampimfla. Un maestro que no sabe escribir correctamente su propia lengua no es una víctima del sistema. Es un intruso profesional que invalida la dignidad de la profesión. Si no se es capaz de dominar la herramienta básica de la comunicación humana, no se está capacitado para enseñar a nadie.

La escuela no se defiende bajando el listón hasta el subsuelo para que entre cualquiera. Se defiende exigiendo la excelencia a los que se van a poner delante de una pizarra. Menos pedagogía de la ignorancia.

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