Llevo mucho tiempo planteándome qué hay tras la parafernalia entre lo que algunos envuelven algo que, al final debería ser tan poco efectista y muy efectivo, como es dar clase. No es tan difícil dar clase si uno sabe, sabe explicar y, además tiene recursos, más allá de lo que nos venden como “innovación”, para poder lidiar en su quehacer diario. Claro que va a depender de factores exógenos al docente y, principalmente del alumnado (que viene muy marcado por la coyuntura sociofamilar en la que ha nacido y se mueve) pero, ¿a estas alturas de la película alguien cree que se va a aprender más por hacer magia en el aula, montar un cajón flamenco, hacer vídeos en YouTube o montar proyectos sin sentido como si no hubiera un mañana. Va, yendo aún más lejos, ¿alguien realmente cree que va a haber un factor diferencial de aprendizaje entre dar una clase apoyada por elementos digitales como otro exclusivamente basada en productos analógicos? Y para aclarar ciertas cosas… yo sí que creo que un docente debe ser competente digitalmente y tiene que tener la mayor cantidad de recursos/estrategias a su alcance.

Eso sí, más allá de lo anterior, el mejor método (que, por desgracia no llena ni líneas en los medios ni te permite postularte al Teacher Prize) es el SFU. Un método educativo tan simple como lo es el estar basado en las tres claves que hacen que el aprendizaje en el aula pueda revolucionarse. Lo importante es que el alumnado aprenda. No es un objetivo de la educación que el docente se luzca, se mediatice o, simplemente, consiga seguidores en las redes sociales. Algo que debería ser de cajón pero para algunos no lo es. Dar clase es mucho más que hablar de cómo dar clase (ya no digamos hablar de la manera que otros tienen que dar clase). Antes de que se me despiste, SFU significa SENCILLO, FÁCIL y ÚTIL. La única metodología que funciona en el aula, que permite vivir mejor al docente (no le obliga a reinventarse a diario o salir de la zona de confort para no se sabe qué, pero sí que se sabe que nada tiene que ver con la mejora del aprendizaje de los que tiene delante) y que solo tiene un defecto: no vende. No, lamentablemente lo sencillo no vende. Lo que no tiene luces y fanfarria no vende. Lo que no complica la vida innecesariamente al docente y, de rebote al alumnado, no vende. Y ya no digamos la utilidad. Es que uno puede irse de acampada con cien mil latas de comida, envasadas con el método más moderno y con el mejor embalaje y, si no disponemos del abridor más cutre, vamos a pasar hambre. El abrefácil es un gran invento. ¿Por qué no trasladamos ese abrefácil al contexto educativo?

Creo que en educación se está vendiendo la pedagogía “de complicarse la vida”. Hagamos las cosas fáciles y, por favor, pensemos en el objetivo real de la educación. Y ese objetivo está muy alejado de lo que nos están bombardeando a diestro y siniestro. Hagamos fáciles las cosas, con elementos sencillos y dotémoslas de utilidad. Tan simple y complicado como lo anterior. Tan simple y complicado como usar el sentido común que, al final, tiene muy claro que lo que funciona realmente en el aula es el SFU.

Muchas gracias Beatriz por permitirme usufructuar el concepto. Yo hoy, aunque no esté en el aula, también voy a usar esa metodología porque, por suerte y como toda buena metodología, no se ciñe solo a un ámbito laboral.

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Acerca del Autor

Jordi Martí

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