Los cómplices del naufragio educativo

Es reconfortante vivir instalados en la queja perpetua. El malestar docente es innegable, las administraciones educativas gestionan de pena y las leyes que afectan el aula son un insulto al sentido común. Todo eso es verdad, está tipificado y lo sufrimos a diario. Sin embargo, si de verdad pretendemos frenar la emergencia educativa que asola los centros, no podemos seguir mirando siempre hacia arriba para buscar culpables con el único objetivo de salvar nuestra propia conciencia. Toca encender los fluorescentes del claustro, que en muchas ocasiones parpadean en exceso, mirarnos fijamente al espejo y asumir una certeza incómoda que va a escocer muchísimo. Los docentes también somos cómplices de la degradación del sistema. Por acción, por omisión o por pura comodidad, hemos cedido parcelas de dignidad profesional que jamás debimos entregar.

Sé perfectamente cuál va a ser la respuesta automática de algunos. Activarán el protocolo de la autojustificación colectiva. Dirán que bastante hacemos con lo que tenemos, que somos las víctimas del engranaje, que la culpa es de las ratios, de la falta de recursos y del desinterés de las familias. Esa es la respuesta fácil. Es el escudo perfecto para evitar la rendición de cuentas. Pero utilizar las carencias del sistema como una carta blanca para legitimar la desidia o la sumisión burocrática no es defender la escuela; es ser cómplice de su demolición.

Para medir la degradación moral del colectivo no hace falta mirar las estadísticas ministeriales; basta con observar lo que se ha roto en las tripas de los propios centros en las últimas huelgas en Cataluña y la Comunidad Valenciana. El ambiente laboral en muchos centros educativos se ha vuelto directamente irrespirable, fracturado por un sectarismo y una bajeza de una minoría, pero muy envalentonada, que harían sonrojar a cualquiera. Nadie se salva en este espectáculo dantesco. Por un lado, tenemos a los piquetes morales, iluminados que decidieron que hacer huelga les otorgaba el derecho divino de amedrentar, señalar y amenazar con el ostracismo a los compañeros que, por los motivos que fuera, han decidido no secundarla. El fascismo de pasillo camuflado de lucha social.

Por el otro lado, la contrapartida es igual de lamentable. Una minoría de esquiroles silenciosos que supuestamente compartían la movilización de boquilla, que han aprovechado el caos de la jornada para no dar clase, cruzarse de brazos en el aula y mirar el móvil mientras los alumnos pierden el día. Actos profesionales nefastos en ambos bandos que han dinamitado puentes de forma irreversible. En muchos centros va a ser imposible recuperar una convivencia mínima de cara a los próximos cursos. Cuando el enemigo ya no está en la conselleria, sino en la mesa de enfrente de la sala de profesores, el sistema ha ganado por goleada. Nos hemos devorado entre nosotros.

A esta miseria moral se le suma una dejadez técnica alarmante. Vivimos instalados en el lamento por la última ley aprobada, pero la cruda realidad es que el profesorado padece un analfabetismo normativo severo. Si los docentes leyéramos más las leyes que nos afectan directamente, estaríamos muchísimo mejor. Así de claro. Conoceríamos al detalle nuestros derechos, pero también nuestras obligaciones reales (y no aquellas que, por pura inercia o mitología de pasillo, creemos que son obligatorias).

Tener la disciplina de abrir el boletín oficial nos daría las armas necesarias para que, aunque la normativa sea en ocasiones una soberana mierda, no nos colaran ciertos goles ni nos obligaran a creernos ciertas patrañas burocráticas que los equipos directivos o la inspección se sacan de la manga. El miedo al inspector no nace de la ley; nace del desconocimiento de la misma. Al negarnos a estudiar el marco jurídico de nuestro propio oficio, renunciamos a la única defensa legal que tenemos y nos convertimos en siervos voluntarios de cualquier ocurrencia de despacho.

Mientras nos despedazamos por ver quién es más puro, el primer gran error del colectivo sigue ahí. Estoy hablando de la sumisión burocrática voluntaria. Nos quejamos amargamente del papeleo estéril, de las rúbricas infinitas y de los informes defensivos, pero a la hora de la verdad, las salas de profesores se llenan de opositores ejemplares que compiten por ver quién entrega el documento más vistoso y quién cuadra antes las casillas de la aplicación informática de turno. Hemos sustituido el orgullo de dominar una materia por el orgullo de tener la documentación en regla. Al acatar sin rechistar normativas absurdamente complejas por el simple miedo a buscarse problemas, el propio docente ha legitimado la farsa. La burocracia se alimenta de nuestra docilidad; si el papeleo entierra la enseñanza, es porque nosotros sostenemos la pala.

La autocrítica debe ir al hueso de la práctica diaria, por mucho que levante ampollas. Parte del profesorado ha abdicado del rigor intelectual para abrazar con entusiasmo el postureo metodológico más plano. Para evitar el conflicto con unas familias hiperprotectoras o con alumnos adictos a la pantalla, se ha optado por la vía del mínimo esfuerzo. Se han rebajado los niveles, inflado las notas y convertido la clase en una timba de juegos cooperativos donde nadie se frustra pero nadie aprende. Pasar el examen por imperativo estadístico y mirar hacia otro lado para no complicarse la vida con reclamaciones no es empatía; es cobardía laboral y desprecio hacia el futuro de los chavales.

Todos los que pisamos o hemos pisado durante décadas un centro, especialmente si hemos tenido la (mala) suerte de haber vagabundeado por varios, sabemos perfectamente que existen perfiles que arrastran los pies, que entran al aula a cubrir el expediente con apuntes amarillentos de hace tres décadas y cuya incompetencia técnica o desidia cronificada es un secreto a voces en el claustro. El silencio cómplice ante el compañero que no trabaja o que trata el aula como un trámite administrativo es una falta de respeto hacia los miles de docentes que se dejan la salud en la tarima. Defender al colectivo no significa defender al vago; significa exigir que la permanencia en la docencia esté vinculada a un desempeño laboral y mental impecable.

No podemos exigir respeto a la sociedad si nosotros mismos tratamos nuestro oficio como una mera gestoría de aprobados y nuestros centros como campos de batalla tribales. La dignidad de la tarima no se mendiga solo en los despachos de la conselleria; se conquista dentro del centro plantando cara a las ocurrencias pedagógicas, manteniendo el listón del conocimiento alto y desterrando el miedo al conflicto. Si la escuela se está convirtiendo en un parque de atracciones burocrático y cínico, la culpa no es solo del político que firma el decreto. Es hora de asumir nuestra parte de responsabilidad, romper el corporativismo cobarde y recuperar el orgullo de ser docentes, no meros tramitadores de la nada.

Ya sé que, como siempre sucede cuando hablo de temas cuestionando ciertas cosas, que más de uno me va a responder realizando ataques personales o, simplemente, diciendo que ahora no estoy en el aula (aunque haya estado mucho más tiempo en ellas que muchos de los que me lo dicen). Ya estoy curado de ciertas cosas y, al igual que he hecho a lo largo de toda mi vida, he opinado siempre dando la cara, con nombre y apellidos. Jamás me amedrentado ni he dejado que me amedrenten. Jamás me han comprado ni he dejado que me compren. Algo que me ha permitido dormir muy bien (mi insomnio nada tiene que ver con cuestiones profesionales), conocer cómo funcionan las cosas y haber sufrido algunas cosas en mi propia piel que me han hecho mucho más fuerte y sabiendo a quién quiero a mi lado y a quién no. He aprendido a hostias que el tiempo es finito y no hay que malgastarlo.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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5 comentarios

  1. Esto de acuerdo contigo y tristemente me puedo reconocer en algunos señalamientos:
    «Para evitar el conflicto con unas familias hiperprotectoras o con alumnos adictos a la pantalla, se ha optado por la vía del mínimo esfuerzo. Se han rebajado los niveles, inflado las notas….» «…..nadie se frustra pero nadie aprende. Pasar el examen por imperativo estadístico y mirar hacia otro lado para no complicarse la vida con reclamaciones…»
    Llevo 30 años en la enseñanza secundaria de la escuela pública, siempre en el aula. He luchado por que sea mejor, movilizándome cuando es atacada por políticos, peleando con familias y alumnos por exigir unos mínimos, formándome sin parar, buscando la cooperación con compañer@s y la creación de redes y grupos que nos hagan mas fuertes frente a una deriva social que la degrada cada vez más. Creo en la educación pública, en su valor e importancia. Mis hijos han estudiado en la escuela pública en todos sus niveles desde infantil a la Universidad.
    Pero todo tiene un límite, por experiencia propia y de personas cercanas, mantenerse totalmente coherente te puede llevar al martirio. En mi comunidad autónoma y en mi provincia mantenerse en los valores por los que abogas (y que yo también defiendo) te lleva a convertirte en una Juana de Arco de la enseñanza. Conocer las leyes no es suficiente, el servicio provincial aprueba a todo alumno de bachillerato que reclame, nadie ha sido capaz de superar el filtro burocrático según el cual no saber matemáticas o ser incapaz de comprender un texto (en personas que pretenden ser maestros) es menos importante que una nimiedad burocrática o una disquisición bizantina sobre la evaluación LOMLOE.
    Me temo que sucede como con las denuncias de corrupción en otros estamentos de la administración. Cuando se destapa un caso por muy gordo que sea, fijaos en el destino de la persona denunciante, nunca es a mejor. Es cierto, no denunciar es en cierta forma ser un poco cómplice. Pero a nivel personal y concreto la elección es sencilla: ¿un poco cómplice o mártir en la hoguera?. Yo ya he probado un poco de chamusquina en mi piel, no tengo vocación de figurar en el martirologio.

  2. Yo soy uno de esos cómplices del naufragio educativo. Me considero un mercenario de la educación: estoy por la nómina y sobre todo por las vacaciones.
    Fuera del aula no hago absolutamente nada o como mucho lo imprescindible de lo que no me puedo escapar. Estar en un centro saturado y muy grande me ayuda a pasar más desapercibido.
    Nunca mando deberes. No preparo clases. Está todo en mi cabeza y me gusta improvisar ( se me da muy bien). Soy de la vieja escuela, de clases magistrales. Salgo del instituto y desconecto hasta el día siguiente. Las tardes son para mi disfrute. Es mi tiempo libre.
    A pesar de lo que pudiera parecer, creo que soy un gran profesor, y así me lo hacen ver año tras año mis alumnos. Dentro del aula soy honesto conmigo mismo y con ellos, y los alumnos se dan cuenta. Pero todo lo que hay de la puerta del aula hacia fuera, me resbala completamente.
    Pero esto tiene un precio. Despierta los celos y las envidias de otros compañeros que no paran de escuchar mi nombre en boca de numerosos alumnos. Hay bastantes compañeros que deben tener vidas muy tristes ya que están más pendientes de lo que les rodea que de lo suyo propio.
    Llevo trabajando en la educación más de 20 años y este año por primera vez siento que ya no quiero seguir. Quiero cambiar de aires, quiero sentir que sirvo para hacer otras cosas. Pero es muy difícil dejarlo después de estar enganchado tantos años a una droga más dura que la cocaína: la nómina.

  3. No eres el único que lo ve así, pero no somos suficientes quienes lo vemos así. Aún así, no podemos dejar de acusar a los que juegan con las leyes (que de políticos tienen poco) porque si al claustro le cuesta asumir responsabilidades, andar cambiando las reglas del juego cada dos por tres solo sirve para darle excusas. Además, para que una ley funcione necesita tiempo y así es que no hemos visto aún qué puede dar ninguna de las reformas sufridas.

  4. Es algo que he dicho siempre: los médicos dicen que la sanidad está mal pero no es culpa suya, los maestros dicen que la enseñanza está mal pero no es culpa suya, los jueces dicen que la justicia está mal pero no es culpa suya, etc.

    Al final, todos han encontrado una excusa muy fácil para eludir sus responsabilidades: «los políticos» y como este es un colectivo absolutamente desprestigiado, nadie se atreve a negarles la razón.

  5. Gracias Jordi, excelente análisis de nuestra situación docente. Cuídate mucho y sigue cerca. Abrazos cariñosos.

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