Desnudo integral acerca de mis planteamientos de la profesión docente

No soy ni mejor ni peor que la mayoría de profesionales que dan clase. Ni tan siquiera, a pesar de hacer muchas bromas desde hace mucho tiempo, soy más guapo, más inteligente ni, a diferencia de algunos, tengo la verdad absoluta en la mayoría de cosas que estoy diciendo. Bueno, sin paños calientes, en ninguna. Son siempre opiniones, algunas avaladas por las evidencias y la mayoría por una experiencia que, como siempre digo, es personal e intransferible.

Soy docente porque entré de casualidad. Ni vocación, ni el mínimo interés en acabar en un aula y, aunque os parezca difícil de creer, con un odio previo a acabar, al igual que mis padres, dentro de un aula con cuatro paredes. Hay algunos que quieren seguir la tradición de sus padres. En mi caso, después de oírles durante muchos años, planteándome que jamás seguiría sus pasos. Y ahora ya veinticuatro años en esto. Montando y desmontando andamiajes pedagógicos. Probando y reprobando prácticas educativas. Haciendo de todo. No haciendo de nada. Incluso, como algunos sabéis, abandonando puntualmente el aula para irme a trabajar a la zona más gris de mi administración haciendo cosas que no os creeríais. Bueno, debo reconocer que no me las creía ni yo. Y hablo en sentido positivo de la experiencia. Al igual que de mis años de profesión.

Creé este blog porque me gusta escribir. Además, de lo poco de lo que podía hablar era de educación. Tengo muy claro que es una profesión como cualquier otra pero, por desgracia los que os dedicáis a esto sabéis que, tanto por las horas que pasamos con nuestros compañeros, como lo inmersiva que es nuestra profesión, acabamos la mayoría dándole runrún a nuestro cerebro muchas más horas de las pactadas con nuestro empleador. En mi caso, la administración pública. En el de otros compañeros, la empresa privada para la que dan clase. Y todos, estoy convencido, que pensamos en temas laborales por encima de nuestras posibilidades. Otro tema, claro está, es pensar que debemos trabajar y estar disponibles 24/7/365. Eso no es lo que estoy diciendo.

Las redes sociales, los cuatro blogs que quedan, los libros sobre educación, las cuatro investigaciones, tres de las cuales sirven de poco más que para cubrir el expediente investigador de algunos, las tarimas desde las que alguien habla mal de la clase tradicional dando una chapa del copón, los cursos de formación para amiguetes o basados en algo tan “serio” como la astrología o, simplemente, la cantidad de papeles que pululan por doquier con soluciones milagrosas para cambiar la manera en que se aprende, son pijadas sin valor. El mismo valor que debatir acerca de si Nutella o Nocilla. Debates estériles en los que estamos, por el simple hecho de ser profesionales, metidos indirectamente. Y ya, para verlo desde fuera, opinamos desde dentro.

Nuestra profesión, al igual que muchas, está sometida al escarnio público. Todo el mundo sabe qué y cómo hacer las cosas en el aula. Y va a depender de contextos, de las personas que tienes delante, de sus familias y de los recursos con los que se cuente. Hacer A un curso y que salga bien no te garantiza, ni tan siquiera, que teniendo al mismo grupo, te funcione A el curso siguiente. Y eso implica que los docentes, al igual que el resto de profesionales, debamos tener capacidad de modificar nuestra manera de hacer las cosas. Y saber. Saber mucho de lo nuestro porque, al final, si uno no sabe, no podrá hacer las cosas bien. Lo sé. Saber no es exclusivo, pero es imprescindible. Saber, tener experiencia, tener ganas de aprender y, lo que es más importante, espíritu de adaptación y supervivencia. Dar clase es algo muy complejo en el que intervienen muchos factores. Ojalá fuera de sota, caballo y rey. Pero no lo es.

Estoy trabajando con profesionales fantásticos en mi centro. Y no tenemos la misma manera de entender el aula. Eso sí, al igual que mis compañeros respetan mi trabajo, yo respeto el trabajo que hacen. Salvo excepciones excepcionales, el que mejor sabe de cómo dar clase es el que da clase. Y, aunque yo sepa que, en algunos cursos que doy este año estoy siendo un poco incoherente, tengo claro que voy a intentar que mi alumnado aprenda ciertas cosas. No sé si lo hago bien pero, lo que sí que tengo claro, es que la única ayuda que voy a recibir para mejorar es la que nunca va a llegar. Como mucho la mano de algún compañero. Pero, como vamos siempre a golpe de timbre, acaba siendo muy complicado establecer esas sinergias tan necesarias. Sinergias que, depende de con quién las hagas, acaban siendo contraproducentes. Es muy complicado. Los que dais clase supongo que sabréis a qué me refiero.

Mi vida empieza fuera del aula. En ocasiones compartida con gente que trabaja conmigo. En otras, con personas que no tienen nada que ver con mi profesión. Y eso no me hace mejor ni peor profesional. Al igual que querer cobrar más y trabajar menos. Eso me hace un currante de toda la vida porque, a diferencia de algunos, yo sí que tengo claro que no quiero heredar mi centro educativo. Eso sí, voy a hacer lo imposible para ser el mejor en lo mío en cada momento y echar una mano a los que me lo piden. Siempre y cuando sepa y pueda porque, al final, dar clase, aunque sean muchas horas de trabajo individual, debería ser un trabajo de equipo. Pero para eso deberían reformularse muchas cosas, especialmente desde quienes tienen poder para hacerlo.

No por tener un blog, presencia en las redes sociales o que compartáis mis artículos en vuestro Claustro, soy un mejor docente porque, al final, el mejor docente no es el que se mediatiza más. Es el que consigue que su alumnado aprenda más. Y esa es la clave de todo. Bueno, esa y el tener una opinión propia acerca de qué consiste el trabajo de uno. La mía os la he intentado explicar en el artículo de hoy. ¿Os apetece dejarme la vuestra en los comentarios?

Como estoy haciendo en los últimos artículos, os recomiendo mi nuevo libro sobre educación para mayores de dieciocho, “Educación 6.9: fábrica de gurús”. Lo podéis adquirir aquí (en versión digital o papel) o en ese pop-up tan molesto que os sale. Y sí, me haría mucha ilusión que fuera uno de los diez libros más vendidos sobre educación este curso. 😉

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2 comentarios

  1. Hola, quizás me equivoque pero simplemente percibo que estás quemado y no te gusta tu trabajo en este momento. Quizás estés dando más clases de las que tu mente puede subir en este momento o necesitas tomar una baja unas semanas. Sin embargo puedes hacer algo para cambiarlo. Te comparto mi punto de vista y lo que me ayuda. Desde mi experiencia docente, dar clase requiere una planificación y en eso consisten las programaciones y las competencias. Es poner las actividades en un calendario. Las competencias es decir que saben hacer algo con lo que aprenden, como calcular el área de una parcela de tierra, o discutir sobre el neolítico. No veo siempre nuestro papeleo como burocracia por afan de rellenar papeles administrativos. A mi parecer la ley educativa está bien pensada y es flexible para implementar diferentes formas de dar clase y que te organices. Con ella sabes qué tienes que dar pero el cómo es tuyo No estoy de acuerdo con toda la ley pero es suficientemente flexible. Los cursos busco algo que te guste y creas que te puede ser útil, o que puedes introducir en clase en una unidad. Por ejemplo el Google Docs o Excel para que hagan unos deberes con él. Por ejemplo el aprendizaje en proyectos yo lo uso para una unidad más ligerita y que la estudien por su cuenta con unos mínimos. Plantea incluir una excursión en algún momento del curso para romper la rutina. A mí me ayuda, pero cada persona es diferente.

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